A Fer físicamente se le podría describir en pocas líneas: no era ni muy alto ni muy bajo, tenía la estatura justa para ver por encima de la mayoría así como para no ir teniendo que vigilar con qué chocaba su cabeza. Su complexión ni muy grande ni muy pequeña, la justa para poder comprar ropa sin problemas y no ser pequeño. En cuanto a su pelo era moreno y lacio. En cuanto al resto de facciones eran bastante anodinas, la gente le recordaba, pero era, generalmente incapaz de dar una descripción precisa. Sus ojos eran marrones claro, pero siempre denotaban que tras ellos había una mente en pensamiento continuo. Aunque esto no siempre había sido así ya que antes de operarse de la miopía casi siempre estaban ocultos sus ojos tras unos cristales que impedían ver su verdadero brillo.
Era una tarde de verano sorprendentemente fresca. Fer se encontraba sentado en los escalones de una escalinata a la sombra que le permitían controlar desde lejos el lugar donde había quedado con sus amigos para ir a echar un partidillo de fútbol o, como a el le gustaba decir, “pegarle patadas a una pelota”, ya que eso de que jugaran al fútbol no lo tenía tan claro. La mochila que llevaba reposaba entre sus pies en el escalón siguiente. Sus manos descendieron a uno de los bolsillos y tocaron un bulto rectangular de unos 12 cm. de largo, 5cm de ancho y 3 cm. de alto. Abrió la cremallera del bolsillo y sacó una funda de gafas de color azul oscuro. Aún llevaba consigo las gafas que, si bien aquellas exactamente no, le habían acompañado toda su vida. Aquel objeto ajeno a su cuerpo era una parte de su persona por mucho que quisiera pensar que no. A él le pasaba con las gafas como les sucedía a muchas personas que se acostumbraban a llevar una pulsera, un collar, un reloj, o cualquier otro objeto en contacto con su cuerpo y les costaba trabajo no llevar nada de eso puesto y, a él, le ocurría con las gafas. Y no era solo cuestión del acomodamiento físico a llevar las gafas sino también del mental. Miró a lo lejos y se perdió en los soportales de la plazoleta. Distinguía perfectamente los colores, las formas de los objetos a lo lejos, incluso podía ver bien las líneas que formaba cada ladrillo de la pared o, de las láminas de piedra de las columnas. Aquel grado de detalle le hubiera sido imposible cuando llevaba las gafas. Los cristales correctores no eran capaces de corregir completamente toda la miopía que tenía antes. Ese fue uno de los motivos por los cuales decidieron sus padres que era un buen momento para operarse. Fer al principio estaba de acuerdo, aquella sencilla operación, aunque con algunos riesgos, le iba a permitir llevar una vida mucho más cómoda y a poder disfrutar de algunas cosas que nunca se había atrevido a hacer cuando llevaba las gafas; pero después de la misma se dio cuenta de que no sólo en su vida había cambiado la comodidad, sino que también otras muchas cosas. Cerró los ojos y, luego, tras unos minutos, los abrió para mirar la hora en el teléfono móvil. Había llegado pronto, cosa poco habitual en él. Volvió a cerrar los ojos.
El tiempo en la oscuridad parecía tomar otra dimensión. Lo sonidos también cambiaban, aunque a aquella hora apenas había ruido alguno en la calle. Todo estaba bastante calmado, como solía ocurrir en las tardes de verano. Su mente retrocedió al mes antes cuando aún precisaba de las gafas que tenía ahora en su mano. El mayor cambio era uno que no esperaba, su percepción de las cosas se había modificado, las distancias por ejemplo eran diferentes. Las formas de muchas cosas más definidas, más exactas. Se estaba adaptando a una nueva forma de percibir. Ahora podía ver por sus ojos sin unos intermediarios transparentes. Todo aquel conjunto de experiencias le habían llevado a reflexionar sobre la fragilidad de la realidad, de la verdad. Sacó las gafas de su funda y, situándolas abiertas a unos 30 o 40 centímetros, miró a través de las lentes. La imagen se le presentó completamente borrosa y deformada. Lo que veía a través se mezclaba con lo que percibía más allá de los bordes metálicos que sujetaban los cristales. Allí mismo podía cambiar la realidad de la calle, de lo que veía. Se preguntó cómo se podía hablar tan a menudo de la Realidad como algo inamovible, algo que siempre era único. No le entraba en la cabeza. Aquella certeza, de que la realidad no existía, siempre la había tenido, pero nunca se le había presentado un ejemplo tan palpable. Su realidad había sido transformada. Lo que para él antes era un rojo mate y sin brillo ahora era un rojo fuerte y brillante. Donde antes había un límite a lo que veía ahora no. Lo que antes se le antojaba como más grande ahora le parecía más pequeño, todo fruto de la definición. Así un largo etc. Y todo aquello eran sólo ejemplos sencillos. Otro ejemplo del cambio en su realidad era el cielo por la noche que ahora tenía más estrellas (aunque no en ciudad que daba lo mismo ser o no miope a causa de la cantidad de luz) En su mente, en su vida, una realidad había dado paso a otra. Una se había vuelto falsa y la otra verdadera, pero eso no le entraba en la cabeza. Lo que había antes ya no existía, es cierto que el cielo ahora tenía más estrellas, ¿pero cómo podía estar seguro a su vez de que no había otras pero que no veía? ¿Cómo podía llamar a lo nuevo real y a lo antiguo no? La única respuesta era que la realidad era una constante variable. Así, al menos, era la forma más sencilla y con más sentido que había encontrado, a pesar de la contradicción, para explicarlo.
Las gafas se escurrieron de entre sus dedos mientras divagaba y cayeron al suelo golpeando las lentes con el borde del escalón. La del ojo izquierdo salió despedida y la del derecho se resquebrajó. Antes de que colisionaran contra el suelo intentó cogerlas sin éxito al mismo tiempo que soltaba algunos improperios. Recuperó los trozos y sonrió en una mueca torcida. Era el primer golpe que le daba a aquellas gafas. Alzó la montura con un solo cristal y miró a través de él obteniendo una vista deformada y fragmentada de la pared del fondo, en conjunto a lo que su vista apreciaba alrededor de la estructura metálica - Y una nueva realidad se abre ante mí - Pensó. Cerró las gafas y las puso de nuevo en la funda para después mirar por el cristal izquierdo. La vista era diferente a cuando, unos minutos antes, mirara a través de aquella misma lente pero aún engarzada en la montura de las gafas. El mismo pensamiento se formó en su cabeza.
- Una realidad… Varios Cristales- Pensó en voz alta y comenzó a girar el cristal que tenía en la mano mientras centraba su vista en él. Según la posición de la lente la imagen se deformaba de una u otra forma.
Sus amigos llegaban por el extremo opuesto de la plaza, se levantó y se acercó a ellos; mientras miraba a través de la lente. Su mente comenzó a elaborar una teoría, una que obviamente no era suya, algo que había estudiado o al menos leído en filosofía cuando estaba en el instituto y que parecía no había llegado a comprender hasta aquel momento. Al menos así lo creía – Así, si la realidad se deforma tan fácilmente, no existe… O bueno, no es que no exista sino que tan sólo vemos una pequeña parte. Cada uno, se podría decir, miramos a la misma realidad pero lo que vemos es diferente, está condicionado por el “cristal” con el que miramos, sea este impuesto o consentido. Qué simple y que complejo. Y es más, diría que triste, ya que nos perdemos la mayor parte de lo que es la realidad sujeta a nuestra mirada subjetiva, nuestra vista acondicionada por filtros que nos la hacen llegar diferente, acomodada y puede que en definitiva acondicionada a nuestra mente. Tal vez en un futuro seamos capaces de ver el todo por encima de nuestros propios cristales y conocer íntegra y al 100% la realidad.
La pelota rodó hasta sus pies propulsada por una patada de sus amigos. Con un poco de esfuerzo (hacía muchísimo que no jugaba y por lo tanto no estaba lo que podía decirse fino) consiguió detenerla y echarla de nuevo más o menos recta. Mientras el balón se alejaba de sus pies retomó, aunque en un segundo plano sus reflexiones. No pudo dejar de pensar cómo sería ver aquel objeto rodante desde otros ojos, con otras lentes, en definitiva con otros cristales –… Cuántos más mejor – Pensó.
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