El atardecer había dado paso a la noche casi sin que Hugo se diera cuenta abstraído como estaba en sus pensamientos. Dirigió la mirada el cielo para contemplar las primeras estrellas. Sonrió. Aquello le recordaba su infancia. Volvió en sus recuerdos, apenas a unos días atrás. Al poco, prestó de nuevo atención a unas hojas arrugadas que tenía delante y a las que no miraba desde hacía horas. Con las manos tanteó el suelo en busca de una linterna. Al fin, cerca de sus pies la encontró y encendió.
La luz iluminó unos pocos metros alrededor. No era la mejor luz pero podría seguir leyendo y escribiendo. Al menos mientras durasen las pilas.
Los ruidos de la ciudad llegaban a aquel lugar bastante amortiguados aunque era patente su cercanía. También por el halo de luz recortado contra el cielo nocturno. En algún lugar cercano los grillos comenzaron su sinfonía.
Hugo apretó con fuerza el bolígrafo contra el papel hasta rasgarlo, lleno de frustración. Las ideas iban y venían pero era incapaz de retenerlas más de unos segundos y en cuanto comenzaba a escribir, éstas parecía que se negaran a acudir a su mente hasta que dejaba los papeles, respiraba hondo y despejaba la mente. Con esa última intención había acudido a aquel sitio. Un lugar que descubrió hacía ya algún tiempo con un amigo de pura casualidad. No era el mejor sitio del mundo, pero sí era lo más parecido a un paraje solitario que podía encontrar tan cerca de la ciudad. En esos momentos dirigió su mirada a los edificios tan lejanos y, a la vez tan cercanos, y se adentró en el brillo eléctrico de las luces lejanas. Aspiró profundamente el aire fresco y húmedo de lo que podría decirse sería uno de los pocos días de primavera de verdad que tendrían aquel año.
De pronto un sonido estridente rompió la quietud del lugar. Hugo miró hacia su bolsa y maldijo en voz baja. Se había olvidado de apagar el móvil. Rápidamente alargó la mano hacia el bolsillo donde lo llevaba y lo sacó. Miró la pequeña pantalla y vio el nombre de quien lo llamaba: Carlos. – ¡Cómo no! – Pensó. El móvil sonaba y vibraba en su mano mientras decidía si cogerlo o no. Finalmente decidió descolgar, pensando que tal vez lo mejor hubiera sido apagarlo y argumentar después que se había quedado sin batería.
- ¡Dime!
- ¿Dónde andas?
- Por ahí.
- ¡Jo! ¿No estás por tu casa?
- ¡No!
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