Hace tanto tiempo ya
que condeno sin pensar
la voz de mi alma
a un féretro oscuro,
a una fría mortaja,
que cada palabra, cada susurro
que pronuncia mi ánima
es conducida a una prisión.
¡Una prisión de olvido!
Ahora ya los leves sonidos
que no llegan a los oídos
se van convirtiendo en gritos
agónicos que amenazan
con desgarrarme el interior,
pues la cárcel de mi mente
ha comenzado a perder
fuerza en sus paredes.
Y más grietas se abren
en sus sucios muros.
¡Y el frío de la conciencia
no puede evitar más el calor
de la boca de mi alma!
¡Mi corazón! ¡Mi corazón!
Crueles alguaciles al
servicio de la más cuerda
de las pertenencias de la mente.
¡La razón! ¡Loca ella!
Loca ella por condenar
a los mensajeros, ¡mis sentimientos!
Ahora miles de voces claman
ahogándose en mi garganta
muda y rota, por decir,
tan sólo dos palabras:
¡Te quiero!
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