Todos miraron asombrados al cielo cuando una sombra comenzó a pasar por encima de las cabezas de los habitantes de Eberlan. El rumbo del objeto, de aquella cosa sorprendente y desconocida, era hacia el centro de la ciudad donde se encontraba el palacio del príncipe regente Herack. Aquel ingenio volador se detuvo, flotando, sobre el centro del palacio y comenzó a descender lentamente al tiempo que una escala de cuerda era descolgada por uno de los lados. Cuando aún faltaban más de 10 metros para alcanzar el suelo, una figura, parecida a un ser humano, pero cuyos movimientos y agilidad indicaban que era otra cosa, descendió por la escala. En el patio esperaba el mariscal Garbren que no pudo evitar la pregunta a la figura que acababa de posarse grácilmente a su lado:
-Mi señor, príncipe Senlahar, ¿cuál es el nombre de este… Bajel?
-¿Acaso no es obvio? – Hizo una pausa.- Oberón- Y con una sonrisa, añadió- Como el rey de las hadas.
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