Aquella era la primera vez que él, Henry McCoy IV, propietario de una de las más grandes constructoras navales de la Federación, realizaba un viaje como aquel. La sensación al comienzo había sido indescriptible. Una mezcla de miedo y curiosidad, nervios y calma. Un torrente de sentimientos contradictorios que habían sido sustituidos por la abrumadora belleza de la joya azul, la Tierra, dejada atrás rápida y fácilmente por los potentes motores de aquella nueva nave, el primer modelo del tipo Oberón, la más rápida, grande, completa y segura de su clase. Un bajel con el que la Federación esperaba poder dar el “Salto Espacial” (Así llamaban a la salida del Sistema Solar)
Era la Oberón, una nave, en teoría, capaz de alcanzar el límite del sistema solar en 5 horas 53 minutos. Y no sólo era impresionante su velocidad sino su tamaño y sistemas de autoabastecimiento. Podía permanecer poco más de dos años terrestres en el espacio. Henry McCoy IV sonrió, orgulloso de la nave diseñada y construida, mientras sus ojos miraban por las mamparas hacia la brillante oscuridad e imaginaba qué maravillas encontrarían en el espacio lejano.
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Quiero pedir al lector que pueda visitarme arrastrado por la fuerza de la espiral, que cuando lea algo en este blog sea consciente de que muchas entradas son escritas rápidamente y no realizo sobre ellas un minucioso examen de corrección ortográfica o gramátical. Aunque sin duda intento, dentro de lo posible, escribir sin errores de este tipo. Por ello estaré muy agradecido a todo aquel que se tome la molestia de indicarme cuando ha detectado algún fallo y también le pido, que por favor, no tome nada de lo que aquí se lea como lo correcto. Muchas gracias y ahora: ¡Disfruta perdiéndote entre Espirales!
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