06 marzo 2011

Una Vieja Historia...

Lo cierto es que sigo con esas "vacaciones de blog", pero al mismo tiempo me cuesta trabajo no "actualizarlo". Así que he llegado a un término medio entre "el abandono y la dedicación". Mientras sí, mientras no, me pongo de nuevo a escribir aquí "de verdad", voy a aprovechar muchas de las cosas que tengo por ahí escritas y perdidas de la mano de dios.

Empiezo este "desempolvar el baúl de los recuerdo" con algo que se llamaba, "Café solo" (Cuyo título antes de la reforma de la RAE, sería lo suficientemente explicativo como para no tener que leerse el texto entero, o para darnos una idea del posible "eje principal" del mismo)

Este texto tuvo principalmente dos fuentes de inspiración...

[...]

Café solo



La luz interior iluminaba tenuemente, del exterior apenas entraba nada,
proporcionando al lugar un aspecto que podría considerarse íntimo o lúgubre,
dependiendo de quien mirase. Las sillas eran bastante cómodas, al menos cuando se les
cogía la postura, de metal con muchas filigranas en el respaldo, intentando sin conseguirlo parecer de “época” (allá por el principio del siglo XX) Las mesas iban a juego con las sillas y la mayoría eran pequeñas y redondas, no permitiendo más de dos
o, tal vez, tres personas. Aunque había algunas rectangulares en las que cómodamente podían sentarse tres, cuatro y pudiera ser que cinco.
De la superficie del líquido oscuro, negro, que había en la taza ascendían pequeñas volutas de humo lenta y pausadamente, sin prisa; pacientes, extendiendo poco a poco el aroma de la infusión conforme se iban desvaneciendo. Aquel juego de líneas curvas ascendentes era observado atentamente por un hombre joven, en cuyas manos podían apreciarse un pequeño cuadernillo y un bolígrafo, o pudiera ser un lápiz, con aquella luz era difícil saberlo. De vez en cuando escribía algo, dos o tres palabras, sin apartar la vista de las volutas.


De unos altavoces situados en algún lugar del local surgía música. El volumen de la misma no era alto con lo que viajaba, manteniéndose de fondo, por todas partes creando un ambiente agradable para charlar o para pensar. En las paredes había numerosas fotografías, creando un magnífico mural por
toda la pared, en blanco y negro. La temática era variada: tanto de actores, películas, como de paisajes o desnudos de gente desconocida. También podían verse algunas locomotoras, tranvías, etc. Uno podía pasarse horas mirando las fotos de la pared de aquel lugar.


Las volutas cada vez eran más perezosas para salir hacia arriba desde la lisa superficie del líquido de la taza, lo cual indicaba claramente que se estaba enfriando. El joven seguía absorto en el corto viaje de los hilos de vapor y de vez en cuando continuaba haciendo anotaciones en su cuaderno sin mirar. Al lado de donde se sentaba pasó un grupito de tres personas que se dirigían a una mesa más al interior del local. El aire que movieron a su paso provocó nuevos dibujos, en las cada vez menos numerosas, volutas que comenzaron a formar espirales y pequeños remolinos juguetones. Los ojos
del joven no parecieron cambiar de posición ni en su rostro se mostró algún cambio que indicara que había apreciado el que se había producido en el objeto de su observación. Finalmente desde los bordes de la taza comenzaron a no ascender los hilillos de vapor que indicaran que estaba caliente, pero él seguía mirando hacia el mismo sitio como si todavía continuaran subiendo. Aún no había tomado ningún sorbo. Ni siquiera había movido la taza para acercársela un poco más ni para echarle el azúcar. La cucharilla y el sobrecito aún permanecían, inalterados, como el camarero los había
dejado, a un lado, en el borde del platillo. El conjunto formado por taza y platillo era de color azul claro con numerosas filigranas de un blanco nacarado (que de alguna forma recordaban a las volutas que antes ascendieran) haciendo parecer que era caro. Anotó algo más en su cuaderno, esta vez durante varios segundos que casi completaron un minuto. En algún punto del local sonaron par de cortos pitidos que indicaban el paso de una nueva hora, concretamente acababan de dar las seis de la tarde, o como a algunos les gustaba más, las 18 horas. 


Nada ascendía ya desde el templado círculo del líquido oscuro confinado en la taza. Y en ese momento, cuando la última voluta se retorcía en el aire, perezosa, para ascender y desaparecer disgregada, el joven tomó el sobrecillo de azúcar, cortó una de las esquinas, practicando una abertura pequeña, y comenzó lentamente, como si quisiera contar cada granito cristalino, a verterlos en la taza. Uno a uno, en pequeños grupos de de tres, tal vez cuatro o puede que cinco, se precipitaban al vacío para ir hundiéndose poco a poco y disolverse en la bebida templada. Entonces, de súbito, cuando la mitad del paquete se encontraba ya en la taza dejó el hombre de echar y depositó el abierto sobrecillo de nuevo en el borde del platillo junto a la cucharilla y quedó como si no hubiera sido movido. La única prueba hubiera sido ver que estaba abierto y a la mitad. El joven pasó página a su cuaderno, chupeteó la parte superior del bolígrafo, se llevó la mano al bolsillo y de ahí apoyó la punta del boli contra la nueva hoja en blanco y comenzó a escribir. En esta ocasión no fueron unos segundos, sino que sus trazos se prolongaron durante algunos minutos llegando incluso a pasar a una nueva
página y detenerse a mitad de ésta. Eran las seis y veinte de la tarde o, las 18:20 horas.


El sobrecito de papel que contenía el azúcar estaba de nuevo en las manos del hombre que vertía el contenido sobre la bebida. En esta ocasión los granillos se precipitaban con más velocidad. En menos de un segundo o, puede que dos, el sobrecito quedó vacío completamente. De nuevo regresó a su lugar junto a la cucharilla que aún permanecía, como todo menos el azucarillo, en el lugar que el camarero la depositara. Una vez más comenzó a escribir en las hojas, esta vez volviendo atrás sobre las que ya
tenía escritas.  Por los trazos se veía que corregía, que tachaba y superponía unas palabras sobre otras. La aguja larga de algún reloj alcanzaba el seis. Eran las seis y media o, las 18:30 horas.


Hacía un pequeño rato que el azúcar había llegado al fondo, y que el hombre se dedicaba a tachar y reescribir, cuando detuvo su mano manteniendo la punta del bolígrafo sobre el papel y miró fijamente la silla vacía frente a él. 


Eran las siete de la tarde o, las 19:00 horas, y el hombre aún seguía con la vista inamovible sobre el respaldo de la silla. Si alguien lo hubiera estado mirando durante esos treinta minutos hubiera podido afirmar sin equivocarse que ni siquiera había parpadeado. En ese tiempo había escrito de nuevo en su cuaderno palabras sueltas sin mirar lo que hacía. Situó su cuaderno delante de sus ojos y comenzó a leer, aparentemente, todo lo que había escrito desde la última hoja hasta la primera. Al llegar
al principio volvió a releerlo todo hasta el final. En aquel rincón del mundo se llegaba a las siete y veintitrés de la tarde o, las 19:23 horas, según algunos. Dos minutos después ninguna hoja que estuviera en blanco permanecía sujeta a la anilla del cuaderno. La mayoría yacían puestas, muchas sobre otras, dispersas sobre la mesa, pero la mayoría sobre el regazo. De nuevo comenzó la tarea de tachar y corregir. Y aquello no era lo único, las hojas eran movidas de su posición, cambiadas de lugar, de vuelta al regazo, a otro lugar de la mesa, las menos afortunadas, eran arrugadas y depositadas en una bolsa junto a la silla del hombre. Si las hojas hubieran tenido colorines hubiera parecido que estuviera montando algún tipo de puzzle. 


Tras un buen rato, un reloj marcaba las siete y cuarenta y siete de la tarde o, las 19:47 como le gustaba a algunos, el hombre parecía satisfecho con el orden de las hojas en la mesa. Tomó las que aún quedaban en su regazo y, tras doblarlas y rasgarlas, las echó en la bolsa. Después de eso comenzó a tomar con meticuloso orden y, con lentitud, cada hoja sobreviviente, leyéndola antes de ponerla sobre sus piernas. Una vez hubo terminado de coger las hojas de la mesa golpeó el taquito para ponerlas todas al mismo nivel y lo introdujo entre el cuaderno que, inmediatamente después, fue a parar a una carpeta negra apoyada en la pared al otro lado de la silla, oculta hasta ese momento por la bolsa. 


Las ocho menos diez o, las 19:50 horas. La cucharilla por fin fue tomada y sumergida en el café helado. Lentamente comenzó a remover. Los ojos estaban clavados en las espirales negras que se formaban y en el centro vacío del remolino artificial. Cesó el movimiento circular para sacar la cucharilla y mantenerla algunos segundos sobre la taza a la espera de que escurriera. Luego fue depositada en el platillo junto al sobre vacío del azúcar, casi sin dar muestras de haber sido utilizada. Ambas manos tomaron la taza, para unos minutos después volver a buscar la bolsa y la carpeta. La taza aún no se había movido del sitio donde el camarero la había puesto. En el reloj de alguien que pasaba junto a la puerta de aquella cafetería la aguja larga acababa de llegar a las 12 y la pequeña a las 8. Daban las ocho de la tarde, o las 20 horas, como algunos prefieren decir. El hombre se levantó, cogió sus cosas y se dirigió a la caja registradora situada en la barra.
- ¿Qué ha sido? – Preguntó el camarero mientras buscaba la nota.
- Un café solo – Contestó el hombre.
Hugo siguió con la mirada a aquel hombre que le había llamado tanto la atención, con aquel comportamiento tan excéntrico, que le había llevado a él y, a sus dos amigos, a mirarlo más de lo que la educación mandaba. Y fue al volver la vista hacia sus amigos una vez que el hombre desapareciera por la puerta cuando observó que una hoja había quedado sobre la mesilla redonda. Hugo se levantó rápidamente, se acercó a la mesa y cogió la hoja, para salir rápidamente en busca del hombre; pero al
salir por la puerta ya no había ni rastro de él. Miró a ambos lados repetidamente y se quedó de pie, pensativo, con la hoja entre sus manos. La miró varias veces y finalmente se decidió a leer lo que ponía mientras se decía a si mismo que era algo que no debía hacer, pero su curiosidad pudo más; así que leyó. Las palabras estaban un poco desordenadas, situadas sin un orden claro, dispersas por toda la hoja. Y no sólo el orden era un factor importante, sino también la limpieza, ya que había muchos tachones. Al fin estructuró lo que había sido escrito y pudo entender y leer, más o menos ""Para
oídos (tachones) que las palabras son como (más tachones) tenues volutas de humo (más) que se dispersan al viento (muchos más) sin sonidos lo único que podían conseguir las voces de mi alma era (muchos más) un “Café Sólo”"" Una vez leído volvió junto a sus amigos, las palabras resonaban en su mente, la hoja aún estaba en su mano, pero no entendía qué había querido decir aquel hombre. Al pasar al lado de la mesa se dio cuenta de que la taza estaba llena, sin siquiera haber sido probada una sola vez y, en ese instante, pensó – Un Café Solo – Comenzó a entender las palabras y a
imaginar el porqué escribía aquel hombre de aquella forma, porqué miraba los vacíos. Porqué tomaba sólo un café solo. En algún lugar un reloj cualquiera marcaba las ocho y diez o, las 20:10 según algunos.


Por José Tacilla.

2 comentarios:

Doors dijo...

Pues me alegro de la media vuelta, y aquí estaremos leyendo lo que vayas publicando.

Un abrazo

Urobros dijo...

:P En verdad es una adicción eso de escribir aqui... Y aunque en estos días lo que publicaré, esencialmente, serán cosas "del pasado", también es una excusa para cerrar alguno de esos "cientos" de relatos inacabados.

Espero que todos y cada uno resulten de tu agrado :D

Información al Navegante:

Quiero pedir al lector que pueda visitarme arrastrado por la fuerza de la espiral, que cuando lea algo en este blog sea consciente de que muchas entradas son escritas rápidamente y no realizo sobre ellas un minucioso examen de corrección ortográfica o gramátical. Aunque sin duda intento, dentro de lo posible, escribir sin errores de este tipo. Por ello estaré muy agradecido a todo aquel que se tome la molestia de indicarme cuando ha detectado algún fallo y también le pido, que por favor, no tome nada de lo que aquí se lea como lo correcto. Muchas gracias y ahora: ¡Disfruta perdiéndote entre Espirales!

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