Con tu aliento perverso
soplas sobre mis mejillas
y les robas el color.
Sentado en el escalón
miro tus columnas y,
al fin veo tu jardín.
Continúa mi vista borrosa
en el horizonte perdida.
Y llego al capitel coronado
por la más bella rosa.
Un frío penetra por mis
cristales rotos en pedazos.
Queda el corazón mudo,
seco, desangrado.
Y un cálido abrazo
me envuelve desvalido.
No despierto entre tus brazos
sino que yazgo bajo ellos.
Muerto he sido y,
no he podido decir...
¡Te quiero!
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