09 abril 2011

Relato.

La música reverberaba en toda la enorme sala. Aunque había más instrumentos en la estridente música lo que más se oía eran los graves. Para hablar con alguien que estaba al lado la única manera era acercarse a su oreja y vociferarle. Las luces de colores viajaban de un lado a otro consiguiendo efectos extraños al combinar con la ropa del gentío. Unos se volvían más luminosos mientras que otros se apagaban casi hasta desaparecer. El ambiente, como era de esperar estaba cargado de humo, sudor y alcohol, creando un aroma extraño que se unía a los sonidos y las luces.

La discoteca donde estaba tenía una enorme pista de baile circular en cuyo centro se elevaba un pequeño escenario giratorio. En la pared, siguiendo la circunferencia se encontraba la barra que se elevaba sobre las tres puertas, para así no quedar interrumpida en ningún momento. Sobre ellas, además de la plataforma de la barra elevada, había otra en la que se podían ver, dependiendo del día, bailarinas, bailarines o una combinación de ambos; siempre muy ligeros de ropa. Las paredes ascendían curvándose poco a poco, hasta que finalmente se cerraba el techo en una bóveda.

En las puertas se podía ganar acceso al exterior, a un pasillo que recorría todo el perímetro del local y daba acceso a los servicios, percha y a las escaleras que permitían subir a la planta superior: una plataforma bastante amplia donde había pequeñas mesas y asientos. Además desde allí se veía a la perfección toda la pista de baile gracias a que la plataforma de aquella primera planta era un cristal transparente hacia abajo, pero reflectante visto desde la pista de baile. El acceso a aquella zona era más caro, bastante más caro.

Serían las cuatro de la mañana para cuando la discoteca alcanzó el máximo de personas que podía albergar. Llevaba más de cuarenta minutos observando a la misma mujer: una rubia de pelo largo, liso que le caía sobre la espalda hasta el culo, tapandole la espalda que el escueto vestido de color negro dejaba completamente al descubierto. Decidió bajar e introducirse entre el gentío hasta llegar a ella.

Tardó cerca de veinte minutos en abrirse paso hasta el lugar donde la mujer rubia del vestido negro bailaba junto a varias personas, que bien podían ser extraños o conocidos, en todo aquel barullo era difícil distinguir a qué grupo pertenecía cada cual. Pasó junto a ella, dejando que la inexistencia de espacio, llevara su cuerpo contra el de ella. Cuando sus ojos se cruzaron encontró en ella una mirada pícara, sensual. Sonrió mientras se encogía de hombros e inclinaba lévemente el cuello para disculparse por el encontronazo.

Alcanzó la barra y no tuvo que esperar demasiado a que la camarera le atendiera, era la ventaja de ser bien parecido, además de un cliente habitual. En pocos minutos disfrutaba de su alexandre, se había aficionado en los últimos meses a aquel cóctel con: hielo picado, leche, cacao y coñac. Lo olfateó unos segundos y, tras beber un sorbito, regresó por la misma ruta. De nuevo volvieron a cruzarse sus miradas y, en aquella ocasión la rubia le siguió mirando mientras era absorbido por el gentío.

Información al Navegante:

Quiero pedir al lector que pueda visitarme arrastrado por la fuerza de la espiral, que cuando lea algo en este blog sea consciente de que muchas entradas son escritas rápidamente y no realizo sobre ellas un minucioso examen de corrección ortográfica o gramátical. Aunque sin duda intento, dentro de lo posible, escribir sin errores de este tipo. Por ello estaré muy agradecido a todo aquel que se tome la molestia de indicarme cuando ha detectado algún fallo y también le pido, que por favor, no tome nada de lo que aquí se lea como lo correcto. Muchas gracias y ahora: ¡Disfruta perdiéndote entre Espirales!

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