20 junio 2011

La Piedra

Nunca había entendido porqué Francis llevaba siempre aquella piedra consigo. Era una piedra no más grande que el tapón de una botella de refrescos, redondeada y pulidad por el mar y de un color azulado verdoso. Vamos, un tipo de piedra del que te encuentras a cientos en la playa. Siempre la tenía entre las manos y jamás la perdía de vista. Era como un amuleto, por eso creo nunca se me ocurrió preguntar el motivo, la razón. Ni siquiera cuando los años pasaron y se convirtieron en lustros y, estos a su vez en lustros y después décadas. Tal vez es posible que jamás preguntara porque esperaba que la respuesta llegara por sí sola en algún momento. Y así lo hizo:

Era una mañana lluviosa de noviembre, aunque por suerte no demasiado fría, cuando recibí una llamada que me despertó. Por eso tenía que ser domingo. Era el único día que podía dormir hasta tarde. Al otro lado del teléfono estaba Fran.

Recuerdo montarme en el coche que me esperaba al otro lado de la calle, completamente empapado. El paraguas había sido por completo ineficaz. En el asiento del conductor estaba Fran, con sus manos viejas, arrugadas y llenas de pecas, sobre el volante. Le miré con gesto inquisitivo pero como respuesta únicamente obtuve el sonido del motor al volver a ponerse en marcha.

Alcanzamos la salida a la autovía unos pocos cientos de metros después. Allí recorrimos, en silencio, los setenta kilómetros que nos separaban de nuestro destino. En aquel lugar, un pueblo perdido, el tiempo era bastante peor: lluvia y frío. Nos detuvimos ante la puerta de una iglesia y bajamos.

En vez de entrar en el edificio principal rodeamos un murete y entramos, por una pequeña puerta de rejas metálicas, a un enorme jardín. Ante nosotros se abría un cementerio lleno de lápidas de piedra. No hacía demasiado que había tenido que visitar uno de aquellos lugares, aunque ni por asomo tan bonito y bucólico como aquel, para dar sepultura a mi difunta esposa.

Recorrimos varias filas de tumbas, incluso sobrepasamos una pequeña colina. Luego torcimos por uno de los pasillos a la izquierda y unos metros más adelante, a la derecha. Allí, en aquella hilera, se detuvo Francis ante una de las tumbas: una de lápida sencilla, de piedra, sin adornos, sólo una inscripción que no alcancé a leer completa. Me detuvo en el nombre: Catalina.

Permaneció varios minutos de pie, frente a la fría piedra, con la vista fija en las flores marchitas que se torcían hacia abajo, sumisas, en un pequeño florero de acero. Yo estaba en mitad del camino entre tumbas, parado a unos cinco metros. En silencio, esperando.

Unos minutos después, Francis se agachó y dejó caer aquella piedra redonda, que le había visto entre las manos tanto tiempo, al lado del florero. Se incorporó despacio y se volvió hacia mi: tenía lágrimas en los ojos.

-Nunca preguntaste por esa piedra.-dijo con tristeza en la voz. Me encogí de hombros. Ahora sabía la respuesta y no tenía nada que decir.-Y sé que te morías de curiosidad.-cuando estuvo cerca le abracé.
-Sí.-le dije mientras golpeaba con afecto su espalda.

Información al Navegante:

Quiero pedir al lector que pueda visitarme arrastrado por la fuerza de la espiral, que cuando lea algo en este blog sea consciente de que muchas entradas son escritas rápidamente y no realizo sobre ellas un minucioso examen de corrección ortográfica o gramátical. Aunque sin duda intento, dentro de lo posible, escribir sin errores de este tipo. Por ello estaré muy agradecido a todo aquel que se tome la molestia de indicarme cuando ha detectado algún fallo y también le pido, que por favor, no tome nada de lo que aquí se lea como lo correcto. Muchas gracias y ahora: ¡Disfruta perdiéndote entre Espirales!

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