27 julio 2011

1806

Era difícil, no, imposible, separar la cara de aquellas líneas. Ni siquiera había luz, pero podía leer cada una de las palabras allí escritas. En alguna parte muy remota de su cabeza, o puede que de su alma, susurraba una voz, casi inaudible, una advertencia.

Había llegado a aquella biblioteca no sabía muy bien como, pero lo había agradecido, sobre todo cuando entró y pudo resguardarse dentro de la lluvía que caía con una fuerza increíble. Además, hacía bastante frío. El edificio olía a papel y a tinta, pero aquella fragancia se había acentuado cuando entró en una sección donde había grandes tomos de aspecto antiguo: con las cubiertas de piel, hojas gruesas y un tanto amarillentas. Se había acercado al primer estante y aspirado con fuerza el aroma; luego paseó un dedo, como una caricia sobre el lomo de algunos de los libros.

Entre sus manos tenía un pequeño libro con las cubiertas de piel negra y detalles en pan de oro. Era evidente que en sus orígenes todo había brillado, nuevo, pero ahora presentaba un aspecto más bien deslustrado y melancólico. Al tocarlo con cierta fascinación fanática había notado una especie de chispa eléctrica, un hormigueo similar al que se produce cuando acercas una mano a una bolsa de plástico llena de estática y que se te pega. Notó todo aquel magnetismo y, con lentitud y reverencia lo separó de los otros. Pasó los dedos por el título o, por donde debía de haber estado en la portada, pero ya no había nada. Sólo se podía distinguir a contraluz la marca dejada por las letras al ser plasmadas sobre la piel. Ignorando el título, como si no importara lo abrió. En la primera hoja sólo había, a mitad de página y a la derecha, un número: 1806, obviamente era una fecha. El simple atisbo de que pudiera tener entre sus manos un libro de más de 200 años hizo que el corazón se le acelerara, pero rápidamente se dijo que no era posible que en un lugar como aquel hubiera libros tan antiguos tan a mano, pasó la siguiente hoja, que estaba en blanco. Durante unos segundos se quedó mirándola, como si tuviera que haber un texto allí y, cuando iba a pasar a la siguiente, aparecieron las letras. Parpadeó varias veces y se frotó los ojos. Comenzó a leer.

<< Esto no tiene ningún sentido.>> Vociferó Meric al vacío ya que no había nadie con él. Cogió los papeles en los que se podían atisbar una serie de datos numéricos acompañados de algunas gráficas y los tiró con cierto enfado a la papelera. Tomó el ratón del ordenador en su mesa y lo movió para desactivar el salvapantallas. Con varios clics de ratón desplegó la aplicación donde se mostraban los resultados que le habían enviado impresos. Gruñó y volvió a vociferar: << No es posible. ¿Quién demonios cogería los huesos de un cadáver de hace 200 años, lo vestiría con ropa de hoy día y lo dejaría en un soportal para que alguien lo encontrara?>> Escribió algo en el programa: "Nuevo estudio de las pruebas".

Sacó la caja de plástico en la que habían metido las cosas encontradas: ropa, objetos personales, etc. Los desplegó en la mesa y se puso a mirarlos con rostro serio y concentrado. Sus ojos se pararon sobre un pequeño libro de aspecto antiguo y tapas de color negro. Lo cogió y comenzó a ojearlo. Unos segundos después estaba leyendo...

Información al Navegante:

Quiero pedir al lector que pueda visitarme arrastrado por la fuerza de la espiral, que cuando lea algo en este blog sea consciente de que muchas entradas son escritas rápidamente y no realizo sobre ellas un minucioso examen de corrección ortográfica o gramátical. Aunque sin duda intento, dentro de lo posible, escribir sin errores de este tipo. Por ello estaré muy agradecido a todo aquel que se tome la molestia de indicarme cuando ha detectado algún fallo y también le pido, que por favor, no tome nada de lo que aquí se lea como lo correcto. Muchas gracias y ahora: ¡Disfruta perdiéndote entre Espirales!

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