La antorcha en su mano resplandecía. La luz del fuego iluminaba unos metros a su alrededor y, más allá del círculo de luz, las sombras eran traviesas y esquivas, para tornarse un momento después, una oscuridad total.
Allí estaba el sarcófago de la cripta. Su corazón palpitó con fuerza. Allí habían enterrado a Johana, junto a sus difuntos familiares. Viktor espiró un suspiro melancólico y de sus ojos brotaron unas cuantas lágrimas al recordar la muerte de la joven de cabellos rubios, ondulados y largos. Había sido hacía dos días, durante una salida al campo a caballo. Una serpiente se cruzó y el animal sobre el que Johana iba montada se asustó y encabritó. La jinete salió despedida, cayó al suelo y se quedó tendida. Cuando la vió caer su corazón se había comprimido hasta casi dejar de existir.
Aunque la llevaron a toda prisa a la mansión, el médico no pudo hacer nada por ella. Poco a poco dejó de respirar y el calor abandonó su cuerpo. En ese momento Viktor salió de la habitación con un portazo y no había regresado hasta ahora.
Primero fue al árbol donde le declaró su amor a Johana hacía tan sólo una semana. Se tendió sobre el tronco, en un hueco entre las nudosas raíces y lloró. Allí, bajo las ramas y hojas de aquel centenario roble, habían dormido por primera vez en el cuerpo de otra persona. Dieron rienda suelta a su amor hasta que la luz del alba los sorprendió. Viktor no estaba dispuesto a renunciar a su amor. Se levantó y montó en su caballo para ir a buscar al Brujo. Aquel ser místico debía conocer una solución.
El brujo era un hombre arrugado, consumido por el tiempo, parecía tener cientos de años. Su boca no tenía dientes y sus ojos estaban velados, blancos, ciegos, pero aún así miraba directamente a las cosas, como si supiera que estaban allí. Daba auténtico miedo. Pero el oro parecía ser la llave para todo. Al final Víktor logró lo que quería.
Con esfuerzo logró encajar la palanca y mover la losa de piedra, que golpeó en el suelo con fuerza, partiéndose. A pesar del olor nauseabundo, su cuerpo aún tenía la belleza, aún no había empezado a descomponerse seriamente, el frío y la humedad de la cripta del mausoleo, habían ayudado a que se concervara. Johana fue enterrada con un vestido de seda color blanco perla. Una joya para pasar a la otra vida. Sobre su pecho tenía las manos cruzadas y, bajo ellas un broche de verde esmeralda con montura de plata y oro. Su pelo estaba recogido con unas orquillas en forma de mariposas. Ni siquiera la quietud y la palidez de la muerte mermaban su belleza.
Las lágrimas volvieron a sus ojos. Entre sollozos sacó la pequeña redoma y se la llevó a los labios tras descorcharla. Bebió con ansiedad el líquido, mientras, recordó las palabras del Brujo: "Todo tiene su coste y no siempre se consigue lo que cree pagado y, aún así, no se puede volver atrás." Una advertencia siniestra, pero -¿qué importaba? Nada importaba excepto Johana.-Tragó el líquido amargo, ácido. Tuvo que hacer un esfuerzo por no vomitar.
Cuando la última gota entró en su garganta, se agachó, cogió el cadáver entre sus brazos y acercó su cara a la de la joven yaciente. Puso sus labios sobre los suyos, fríos, helados, rígidos y la besó. Notó como el calor empezaba a abandonar su cuerpo. Luego, poco a poco, sus cabellos se erizaron, como si estuviera atravesando una corriente eléctrica. Cada vez pesaba más el cuerpo. Notaba los brazos flácidos, débiles, apenas podía sostener a Johana, pero no podía dejar de besarla. La luz de la antorcha que había dejado en un enganche en la pared se volvió menos clara, más borrosa. El frío de la cripta penetró por entre sus ropas y notó el sudor helado que le caía por el cuerpo. Se esforzó más en el beso, ya no sentía el contacto frío. En Johana empezaba a haber calor y sus mejillas perdían parte de la palidez cadavérica.
Viktor se derrumbó y Joahana cayó de nuevo dentro del sarcófago. El joven estaba tendido de bruces contra el suelo, justo al lado del enorme ataud de piedra en el que descansaba Johana. No tenía fuerzas para nada, apenas podía respirar. Usó toda su voluntad para ladear la cabeza y buscar con los ojos el borde del sarcófago. Notaba que una bruma negra intentaba apoderarse de su cabeza, se sentía desfallecer. Vió unos dedos agarrarse a la piedra y un atisbo de una cabeza que se alzaba, justo antes de que la oscuridad gélida se apoderara de él. Ahora entendía el precio. Una vida debía ser entregada a cambio de otra... Johana estaba viva, eso era lo que importaba, aún cuando sus sueños de una vida juntos morían con él igual que con ella. Derramó una lágrima justo antes de expirar.
La joven "despertó" confusa. No sabía dónde estaba. Se incorporó y lo primero que vio fue a su amor tendido en el suelo, inerte. Gritó. Gritó y lloró de pena y desesperación...
Con un atisbo a la obra de un gran autor. Y no creo que haga falta mencionar ni lo uno ni lo otro.
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Quiero pedir al lector que pueda visitarme arrastrado por la fuerza de la espiral, que cuando lea algo en este blog sea consciente de que muchas entradas son escritas rápidamente y no realizo sobre ellas un minucioso examen de corrección ortográfica o gramátical. Aunque sin duda intento, dentro de lo posible, escribir sin errores de este tipo. Por ello estaré muy agradecido a todo aquel que se tome la molestia de indicarme cuando ha detectado algún fallo y también le pido, que por favor, no tome nada de lo que aquí se lea como lo correcto. Muchas gracias y ahora: ¡Disfruta perdiéndote entre Espirales!
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