16 octubre 2011

Como conocí...

Era casi media noche cuando conseguí alcanzar la parada de autobuses. Estaba desierta. Dejé mi maleta y mi bolsa de viaje al lado del pequeño banco, en la marquesina, con mi mirada perdida en otras de las paradas, con algo más de gente y, sobre todo, el escueto cartel con los horarios. Me acerqué mientras ajustaba mis gafas sobre mi nariz y leía la próxima salida. No pude evitar torcer el gesto cuando descubrí que aún tendría que esperar una hora, un mundo, si teníamos en cuenta que ya llevaba encima más de nueve horas de viaje y que el autobús tardaría aún tres horas en llevarme a mi destino.

Cansado me dejé caer sobre el banco, arrastré la maleta a un lado y me apoyé contra el cristal intentando descansar. En ese momento reparé en algo que se movía al otro lado del banco: un pañuelo morado clarito, un lila posiblemente, con detalles en hilo plateado, que ondulaba al viento. Estaba enganchado al banco, en una de sus ranuras y por eso el viento no lograba arrastrarlo. Medio dormido me puse a imaginar a la dueña del pañuelo y que habría estado esperando como yo, algunas horas antes. Por mi cabeza pasaron varias imágenes, pero la mejor fue primera: una chica joven, de veintipocos, con el pelo rubio, liso y algo corto, pero no demasiado. Vestía de negro y gris: una chaquetilla, una falda que le llegaba hasta la mitad de los muslos, unas medias negras lévemente transparentes y unas zapatillas rojas imitación de las típicas converse. Muy desgastadas por cierto. Su maleta era pequeña y de color azul oscuro. Los labios, rojo intenso y pequeños. La piel, muy pálida. Y, sobre todo, lo que más me llamó la atención fue su mirada, distante y melancólica.

Tras imaginar a la dueña del pañuelo, no pude evitar preguntarme cuándo se habría dado cuenta de que su pañuelo no estaba con ella ya y qué habría sentido ¿Qué podía significar ese pañuelo para aquella chica imaginaria? Tal vez fuera el regalo de su último novio, tal vez el de un amigo perdido... O el regalo de una madre que estaba lejos, o su última adquisición en la última ciudad que había visitado...

Durante unos minutos no volví a pensar en el pañuelo, olvidando las fantasías que había despertado, pero una nueva ráfaga de viento hizo que se agitara de nuevo. Volví entonces a mirarlo y pensé sobre qué debía hacer con él. Antes de que me diera cuenta me había levantado, lo estaba enrollando y guardando en un bolsillo de mi bolsa de viaje.

No volví a reparar en el pañuelo hasta que regresé a casa, tres semanas después, y comencé a sacarlo todo de la maleta. Cuando la tela morada clara salió de uno de los bolsillos, aquellas mujeres a las que había imaginado de noche, solas, esperando un autobús en una parada de un país extraño, regresó. Lo cogí con las dos manos y empecé a estirarlo. El tacto era muy gustoso. Lo puse encima de mi cama y le hice una foto que subi rápidamente a mi "Facebook" y a mi Blog, añadiendo la nota de dónde y cuándo lo había encontrado e indicando que si la dueña quería recuperarlo me enviara un correo o un privado. Después de eso lo guardé en una caja de zapatos junto a todas las cosas que había ido recopilando de mis viajes.

Habían pasado cinco años de todo esto cuando me llegó un correo con el asunto: "Quiero recordar mi pañuelo". Ni siquiera lo abrí, lo marqué como leído y lo envié a la papelera. No fue hasta seís días después que recordé la historia del pañuelo. Como un loco corrí hasta casa y me conecté a mi correo, por suerte no borro la papelera porque lo hace a la semana ella sola. Abrí el correo, que por suerte aún estaba allí. Un día más y lo habría perdido. El correo decía, simplemente: "Es mi pañuelo, lo encontré buscando algunas fotos que me llevaron a tu blog. Imagínate mi sorpresa cuando lo ví. Por cierto, me llamo Lehna ;)". Pues anda que mi sorpresa no fue grande también al recibir aquel correo. Me levanté, arrastré la silla hasta ponerla al lado del armario y me aupé para coger una caja de zapatos que descansaba arriba del todo. La tapadera estaba gris del polvo. Despacio, casi como si se tratara de alguna clase de tumba antigua abrí la caja. Y allí estaba el pañuelo. Sonreí.

Casi sin creermelo, pensando que posiblemente fuera una broma de algún colega, respondí: "Aún lo tengo, si me proporcionas una dirección de postal, podría enviártelo. Guille".

La respuesta no se hizo esperar demasiado, apenas una hora.

"Estaría bien, pero ¿de dónde eres?"

"De Granada, en España, ¿tú?". Contesté. Casi parecía más un chat que un correo electrónico.

"Pues puede que no haga falta que me lo envíes, viajo a Sevilla en un mes. Y soy de Viena.

"De Viena? Bonita ciudad. ¿A Sevilla en un mes? ¿Quieres que te lo dé en persona?"

"Sí, ¿por qué no?"

"Sería divertido, de acuerdo".

Después de eso mantuvimos el contacto contándonos cosas sobre nuestros viajes, nuestro trabajo y, en resumen, de todas esas cosas que forman parte de lo cotidiano. Así fue llegando poco a poco el día que habíamos concertado para devolver el pañuelo. Nos veríamos en la estación de trenes. Recuerdo que estaba muy nervioso: las manos me sudaban y sentía la garganta seca. La reconocí en seguida, era como me la había imaginado, salvo porque era castaña y no tenía veintipocos sino que estaba cerca de alcanzar los treinta.

Y sí, aunque no lo creáis, así fue como conocí a Lehna, sí, esa Lehna que tú conoces, pero ¡eh! tú has preguntado cómo la conocí...

Información al Navegante:

Quiero pedir al lector que pueda visitarme arrastrado por la fuerza de la espiral, que cuando lea algo en este blog sea consciente de que muchas entradas son escritas rápidamente y no realizo sobre ellas un minucioso examen de corrección ortográfica o gramátical. Aunque sin duda intento, dentro de lo posible, escribir sin errores de este tipo. Por ello estaré muy agradecido a todo aquel que se tome la molestia de indicarme cuando ha detectado algún fallo y también le pido, que por favor, no tome nada de lo que aquí se lea como lo correcto. Muchas gracias y ahora: ¡Disfruta perdiéndote entre Espirales!

Geo-Mapa...

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