Mi memoria ya no alcanza a recordar el nombre de aquella estación, pero aún recuerdo el enorme reloj de bronce pulido colgado de una de las columnas de la marquesina, su cristal quebrado, sus agujas de filigranas de meteal y, sobre todo la fecha grabada en la esfera: 1851. Me quedé mirando las paredes del pequeño edificio de la estación, las vigas, las columnas, el techo, los bancos, los andenes y los raíles. ¿Cuántos trenes habrían pasado por allí? Aquella pregunta acudió a mi mente rápido.
Tras perder el tren al no llegar a tiempo para hacer trasbordo, me enfadé mucho, pero tras darme cuenta de la antigüedad de aquel lugar se me pasó. Mi imaginación vagó hacia atrás, intentando dar respuesta a la pregunta que había llegado a mi cabeza instantes antes.
El sol descencía por el horizonte, eran nada más que las ocho de la tarde de un otoño que parecía resistirse a llegar, pero en los últimos días empezaba a coger fuerza y al irse el sol, comenzaba a hacer frío. Saqué de mi bolsa de viaje un jersey burdeos al que tenía mucho cariño, fue un regalo de una antigua novia, y pronto comencé a sentir un calorcillo reconfortante.
El tic-tac del enorme reloj me acompañó hasta que al fin, a las once de la noche, quedó apagado por el sonido grave, monótono y rítmico del tren que se acercaba. Aquel tren nocturno era mi salvación para poder llegar a mi destino. Me costaría estar toda la noche viajando pero al menos llegaría.
Subí a bordo en el vagón más cercano, que resultó ser el de mi compartimento. Estaba vacío. Dejé mis cosas mientras miraba la estación desplazarse con el avance del tren. Fui al servicio antes de echarme a dormir en uno de los asientos para tres del compartimento, aprovechando que no tenía compañeros de viaje. Mientras recorría el pasillo me di cuenta de que el silencio que noté al subir no es porque los demás viajeros, en los otros sitios, estuvieran durmiendo, sino porque no había nadie. De nuevo mi imaginación hizo acto de presencia, mostrándome imágenes terribles sobre mi destino en aquel vagón. Sonríe ante tanta tontería que era capaz de pensar.
Me tumbé de lado y encogí las piernas para entrar entero sobre el asiento. Cuando di con la postura me eché el abrigo por encima para no pasar frío.
No debía de hacer ni quince minutos que me había dormido cuando un sonido, una voz, me despertó. Un poco soñoliento me incorporé y rebusqué entre mis bolsillos el billete de tren, pensando que la voz habría sido la del revisor. Pero no era así, ante mi había tres pasajeros más y en el pasillo, en la puerta un cuarto que me preguntaba si podía sentarse, con una sonrisa. El billete se me escapó de la mano y la chica frente a mi, lo recogió y me lo dio con una sonrisa. Tardé en reaccionar y dar las gracias al tiempo que me apartaba para dejar sitio al hombre en el pasillo.
Miré por la ventana unos segundos --¿Cuándo había entrado toda esa gente?-- De reojo, saltándome las normas de educación, observé a la mujer frente a mi y al hombre que se sentaba a su derecha. Tenían algo raro, algo que no conseguía identificar. Cuando dejé de darle tanta importancia a aquel pensamiento, me di cuenta: sus ropas no eran normales, su aspecto era un poco viejo. Al principio había dado por hecho que sería un poco por ser de pueblo, pero no, era algo más.
Un escalofrío recorrió mi espalda cuando parpadeé un momento y al volver a abrir los ojos mis acompañantes eran otros. ¡Qué estaba pasando allí? ¿Lo estaba soñando? Pero no, me sentía muy despierto. Mi respiración se volvió rápida, nerviosa. Necesitaba serenarme. Miré a la ventana de nuevo y sentí aún más miedo. ¡La luna! La luna seguía en el mismo sitio, con las mismas nubes rodeándola. ¿Cómo era posible aquello? ¿Cómo?
-¿Se encuentra bien?-Escuché que me preguntaba una señora, de cara regordeta y coloretes, con una amplia sonrisa.
-No, no lo sé.
Si aquello era una ilusión de mi mente debía de haberme vuelto loco.
-Debería comer algo.-Sacó un poco de pan y jamón serrano de su bolsa y me lo ofreció.
-Gracias-la confusión en mi voz era vidente mientras tomaba lo que me ofrecía, olía excelente.
Cuando le hinqué el diente al pan y al jamón no esperaba percibir ningún sabor, pero me encontré con que sí que sabía. Y más aún, hasta el día de hoy no he probado un jamón como aquel. Me sentí extraño, pero me lo comí. Aquello pareció relajarme un poco, tanto que apoyé la cabeza sobre el cristal y entrecerré los ojos con sueño. De nuevo, al abrirlos, mis compañeros de viaje eran otros. En esta ocasión todos hombres de mirada seria, barba recortada. Era como una foto de mi tatarabuelo.
Desde luego que aquello no era ya producto de mi imaginación. Algo estaba pasando allí. Salí del compartimento dispuesto a ir a otro vagón. El pánico se apoderó de mi cuando descubrí que ambas estaban cerradas. ¡Tenía que ser un sueño! ¡Despierta! Me dije, pero nada. Estaba paralizado por el pavor ante la puerta.
Cuando sentí una mano encima de mi hombro y escuché un "por favor", el corazón casi se me salió de la boca. Me giré, pálido, me encontré cara a cara con el revisor.
-Su billete, por favor.- solicitó afable.
De forma casi automática le entregué el billete, guardado en mi bolsillo. Con eficacia lo picó y me lo devolvió. Se detuvo un momento y con gesto de sincera preoucpación, preguntó:
-¿Se encuentra usted bien?
-No-respondí.-Algo pasa en este vagón.
Me miró extrañado, como sopesando si estaba loco o no. Luego, algo parecido a la comprensión se dibujó en su rostro.
-¡Ah! Claaaro, usted se refiere a los "otros" pasejeros.
Miré desoncertado al hombre, casi creía que me estaba tomando el pelo.
-No debe preocuparse por ellos.
-¿Pero como que no debo preocuparme por ellos?
-¿Acaso le están molestando?
-No.-"¿Pero qué me está diciendo este hombre?"-No es eso, es que...
-Es su primera vez en este tren, ¿verdad?
No estaba entendiendo nada, pero todo era tan extraño que me resultaba imposible salir corriendo o gritar. Me limité a asentir.
-Entonces es que sienten curiosidad.
-¿Pero qué dice?
-Es normal que esté desconcertado, acompáñeme a su compartimento, por favor.
No sé ni como le seguí. Supongo que la curiosidad me pudo. No era normal que aquel hombre estuviera tan tranquilo, porque tenía que ver lo que yo veía. Era evidente que sabía de qué le estaba hablando.
En el compartimento descansaban en aquel momento un matrimonio con dos niños, una niña y un niño. Me miraron y saludaron con un gesto de cabeza. Los niños se quedaron un poco parados, pero a los pocos segundos continuaron con su juego.
-¿Uno nuevo?-preguntó el padre.
-Así es.-contestó el revisor mientras anotaba algo en un cuadernillo.
Yo estaba de pie, en la entrada al compartimento, entre aquellos extraños y el revisor.
-Por favor, siéntese.-solicitó la señora.-Niños, dejad espacio a este hombre.
Me senté, abrumado, pensando que estaba teniendo el sueño más extraño de mi vida.
-No se preocupe.-me dijo el revisor mientras se marchaba.-disfrute del viaje.
Asomé la cabeza rápidamente para decirle algo, pero del hombre no quedaba ni rastro, ahora era una joven revisora de cabellos rizados y dorados, que pedía el billete a mis fantasmales compañeros.
La noche transcurrió por completo de aquella manera. Casi cada vez que cerraba los ojos un momento, las personas que me acompañaban cambiaban.
Debía de haberme quedado dormido unos instantes cuando los primeros rayos del sol me despertaron. Abrí los ojos y me encontré solo. El revisor entró en esos momentos. Aquel hombre no tenía nada que ver con el que me había encontrado por la noche. Saqué el billete aún en el bolsillo y se lo entregué. Lo miró confuso durante unos segundos y me lo devolvió.
-No recordaba haberlo picado ya.-admitió con dudas.-Llegaremos en treinta minutos.
Tras decir aquello continuó su camino.
"¿Había sido real?" Tenía que serlo, mi billete estaba picado, y estaba seguro de no haber visto a aquel hombre hasta ese mismo momento. "¿Qué había pasado aquella noche?"
La respuesta a aquella pregunta la tuve en mi siguiente viaje nocturno. De nuevo volvieron a visitarme aquellos pasajeros itinerantes de diferentes aspectos. Me atreví a entablar conversación con uno de ellos y me contó muchas cosas, muchas.
Y así, desde entonces, nunca jamás viajo solo en el tren, puesto que todos aquellos pasajeros que hicieron aquel trayecto antes que yo, me acompañan. Sí, tú también puedes verlos, porque están ahí, pero tienes que dejarte llevar por algo más que un simple viaje. Aunque tú no los veas, ahí están, esperando que te dignes a mirarlos para tener un viaje ameno en tu compañía.
Dedicado... Aún me quedan un par de temas ;)
07 noviembre 2011
Cuento (10)
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Información al Navegante:
Quiero pedir al lector que pueda visitarme arrastrado por la fuerza de la espiral, que cuando lea algo en este blog sea consciente de que muchas entradas son escritas rápidamente y no realizo sobre ellas un minucioso examen de corrección ortográfica o gramátical. Aunque sin duda intento, dentro de lo posible, escribir sin errores de este tipo. Por ello estaré muy agradecido a todo aquel que se tome la molestia de indicarme cuando ha detectado algún fallo y también le pido, que por favor, no tome nada de lo que aquí se lea como lo correcto. Muchas gracias y ahora: ¡Disfruta perdiéndote entre Espirales!
4 comentarios:
Entonces escuché a mi izquierda lo que parecia un leve quejido, el que momentos antes era dueño de esa pequeña cantidad de aire, un pequeño duende, alzó una pancarta tamaño duende, en ellas se podia leer, escrito con letras temblorosas:
-orizonte, !!!!mis hojos zangran¡¡¡
y desapareció magicamente haciendo el ruido sordo, como el que hace una hache nonata reclamando su lugar.
Me ha gustado, especialmente, eso "del aire que pertenecía al duende".
Un saludo y gracias por el comentario.
Si, si, pero a horizonte le sigue faltando una H
:) Corregido. Thanks.
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