27 octubre 2011

Cuento (8)

También para oír...



¿Queréis saber sobre la historia de "La Dama del Lago"? Y no me pongáis esa cara de "ya la sé". Seguro que todos pensáis que su origen es el mito de la espada Excalibur y el rey Arturo, señor de Camelot, pero no, ocurrió mucho antes. Aunque, también tenía que ver con caballeros.

Gallard era un joven y apuesto caballero. De cabellos castaños y largos, siempre ondeantes al viento, con sus bucles hermosos. Sus labios eran la imagen de un dulce fruto y, las damas de la corte suspiraban por poder probarlos. Su mandíbula era fuerte, marcada. Y sus ojos de ámbar, penetrantes, habían robado más de un corazón. También era, además de atractivo, un portento en el campo de justas y sorprendía a los eruditos con sus conocimientos. La lista de doncellas de la corte que deseaban sus favores, casi no tenía límite. Pero como suele ocurrir en estos casos, el destino siempre es cruel.

El corazón de Gallard había sucumbido ante la única mujer fuera de su alcance: la princesa Rehba, de los Robleoste. Dulce dama de cabellos morenos, rizados y largos como una mañana de verano. Con una sonrisa como la primavera, unos ojos tan azules como el Lago de Zafiros y unos labios como las primeras fresas. La joven princesa había sido prometida a un rey lejano y, cuando cumplió la edad, fue enviada allende de los mares. Gallard despareció aquel día. Dejó sus tierras, su armadura, su espada, todo.

El joven caballero, con su rostro hermoso transformado en una mueca de dolor y con los ojos anegados de lágrimas, pues ya ni tan siquiera podría atisbar la dulce mirada o, escuchar la clara risa de aquella única mujer, a la que, en secreto, entre suspiros, amaba; abandonó todo lo que conocía, ávido de olvido.

Así llego a Verdesviejos, el bosque al sur del reino donde nadie se aventuraba, no al menos de noche, porque según decían, allí vivían criaturas que estaban antes siquiera de la creación del tiempo. Y en el centro de aquel bosque, de aguas lisas y tranquilas, se encontraba el Lagonoche, porque era tan oscuro e impenetrable como una noche sin luna ni estrellas.

Los pies del caballero le llevaron hasta la orilla del lago y sus lágrimas cayeron sobre la superficie creando suaves ondas. Las rodillas clavadas en el fango y las manos cruzadas en el pecho. Así permaneció desde la mañana hasta la noche. Después, con los ojos rojos por el llanto y el corazón en miles de pedazos, encendió una hoguera y pasó la noche al lado del lago.

A la mañana siguiente, sacó un afilado hacha de sus alforjas y comenzó a construir una cabaña. Su alma le urgía a dejar atrás todo, a intentar alejarse de cualquier cosa que le recordara a la preciosa Rehba. De nuevo las lágrimas hicieron presa en él, porque el simple hecho de intentar olvidar traía, irremediablemente, el recuerdo de la princesa.

Gallard, cada amanecer, iba a la orilla del lago negro y dejaba que sus lágrimas cayesen en aquellas aguas, pues no conseguía olvidar o encontrar calma para su alma. A veces miraba al cielo, casi siempre gris, y gritaba contra el destino cruel que no le dejaba olvidar o morir.

Los años pasaron para Gallard, perdido en aquel bosque en el que nadie se adentraba. Y los años se convirtieron en lustros y, más tarde, en décadas. El tiempo se sucedió hasta que quien fuera un joven y aguerrido caballero, se convirtiera en un anciano consumido, consumido por la edad y la pena.

Era otoño y el sol aún no había comenzado a dejarse ver por las distantes montañas cuando el anciano Gallard salió, una vez más, de su cabaña, se acercó a la orilla y vertió aquellas lágrimas, suplicando, nuevamente, que llegara el olvido.

La noche llegó lentamente y Gallard se arrebujó entre las pieles para protegerse del frío. Pronto se durmió, con aquel sueño sin sueños al que estaba acostumbrado tras tantos años.

Sería más de la media noche cuando una voz le despertó. Se incorporó y prestó oídos, pero fuera nada más se escuchaba el susurro del viento entre los árboles. Volvió a tumbarse, convencido de que se la había imaginado. Pero no, de nuevo la oyó, el corazón se le partió. Era una voz de mujer, una que no había escuchado desde hacía tantos años. La lágrimas recorrieron los surcos de la edad en su rostro.-¡No puede ser!.- Se dijo. Pero aún así, se levantó, arrebujándose bajo la gruesa piel de oso salió de la cabaña, haciendo caso de la voz que le llamaba.

Con pasos torpes por el frío, la edad y la oscuridad, caminó siguiendo a la voz. Venía de algún lado entre las aguas. Gallard se decía una y otra vez que aquello era imposible. Se preguntó varias veces si no se habría vuelto, finalmente, loco. Cuando sus pies entraron en el agua helada, la voz cesó. Durante lo que pareció una eternidad, sólo se escuchó el viento al jugar contra las ramas de los árboles y el susurro de las hojas de otoño flotar hasta llegar al suelo.

El antiguo caballero miró a un lado y a otro, intentando ver de donde provenía la voz. En sus ojos brillaban lágrimas y su corazón latía fuertemente. Justo cuando se iba a girar para volver a su cabaña e intentar conciliar el sueño nuevamente, seguro de su locura, algo agitó las aguas unos metros por delante de él. Se detuvo y fijó la vista. Al principio no distinguió nada, pero algo avanzaba despacio en su dirección y salía, poco a poco, del agua.

A pesar de la oscuridad, veía. Primero apareció el cabello largo y rizado, mojado. Y tras aquella preciosa cabellera, el rostro joven y hermoso de la princesa. Después, el resto de su cuerpo, desnudo. Los pechos, pequeños, preciosos, semiocultos por algunos bucles del cabello, con los con los pezones sobresaliendo, mostrándose tímidamente. La piel, pálida como la luna llena. La mujer del lago se acercó con una sonrisa dulce y la mirada azul de zafiro. Se detuvo a un palmo del anciano caballero, que la miraba atónito. No era capaz de comprenderlo. Ante él estaba Rehba, tal y como la recordaba, tal y como era el día de la partida al otro lado de los mares.
-¿Cómo?-murmuró el anciano incapaz de saber si estaba soñando, si la locura le había reclamado o si, incluso, aquello estaba, en verdad, ocurriendo.
-¡Ven!-pidió la joven del lago con una sonrisa tanto dulce como melancólica. Tomó las manos del anciano entre las suyas, suaves y cálidas, y comenzó a tirar de él hacia el agua. Cada paso que daba Gallard era más fácil que el anterior.

Su cuerpo comenzó a estirarse, la piel se tornaba a cada segundo más tersa, los músculos volvían sobre los huesos y pronto, cuando el agua cubría todo menos su cabeza, volvía a ser aquel joven caballero que huyera del reino intentando escapar de sus propios recuerdos, de su corazón y de su alma.

La joven que parecía ser Rehba, acercó sus labios a los de él y los besó. El calor que provenía de la muchacha eliminó por completo la sensación de las gélidas aguas que los rodeaban. Así, con un beso, comenzaron a acariciarse. Pronto se hundieron, pero no se ahogaban. Allí, con las aguas del lago negro como lecho, se amaron, como jamás lo habían hecho hasta el momento, amantes algunos.

Al alba, el cuerpo de Gallard fue devuelto por las aguas a la orilla. Su viejo y frágil cuerpo estaba desnudo. Sin saber como o qué había pasado, regresó a su cabaña. Cuando llegó la noche, se durmió, con la esperanza de que la joven del lago volviera a llamarlo, pero aquello, nunca ocurrió. Aquella media noche, la dama blanca, la portadora del ocaso, fue a por él. Pero, por vez primera, sonreía entre sueños, por vez primera desde que quisiera olvidar sin conseguirlo, era feliz y no anhelaba el olvido, sino el recuerdo.

La mujer con la forma de Rehba acudió después de la parca y veló al anciano muerto hasta poco antes del alba. Antes de que los primeros rayos de luz despuntaran, lo tomó entre sus brazos y ambos se sumergieron en en las aguas, que ya no eran más oscuras como la noche, sino claras y blancas como la plata pura. Las lágrimas derramadas del caballero sobre el que fuera el Lagonoche, habían obrado el milagro. Conmovidas, las aguas había recogido cada gota salada, cada gota que contenían la imagen de aquella preciosa princesa a la que pertenecía aquel corazón, hasta que por fin tuvo sufientes para ver nacer a aquella mujer que era la Rehba que el caballero quería, amaba y jamás pudo olvidar. Así, la noche antes de que la dama blanca acudiera a por el caballero, el lago intentó aliviar su dolor, permitiéndole, por una vez, al menos, amar a quien quería, por siempre en un instante. Y así fue, como nació la Dama del Lago, de la magia de unas lágrimas de amor.

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Quiero pedir al lector que pueda visitarme arrastrado por la fuerza de la espiral, que cuando lea algo en este blog sea consciente de que muchas entradas son escritas rápidamente y no realizo sobre ellas un minucioso examen de corrección ortográfica o gramátical. Aunque sin duda intento, dentro de lo posible, escribir sin errores de este tipo. Por ello estaré muy agradecido a todo aquel que se tome la molestia de indicarme cuando ha detectado algún fallo y también le pido, que por favor, no tome nada de lo que aquí se lea como lo correcto. Muchas gracias y ahora: ¡Disfruta perdiéndote entre Espirales!

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