02 noviembre 2011

Cuentos 9 (Noche de Difuntos)

"Una, dos, tres", así hasta doce campanadas sonaron desde la torre de la iglesia, indicando que, la media noche del día de difuntos acababa de comenzar. Algunos pensaréis: "puff, como cualquier otra noche", "una tontada de los vendedores de caramelos", "ni siquiera es nuestra fiesta, sólo la hemos importado" y cosas similares, cargados de desdén; pero no os confundáis, mi historia no va sobre monstruos de máscara de látex, diablesas de diadema con cuernecillos o brujas de botines y medias de rejilla, no...

Ahora, ¡si os creéis capaces, prestad atención!

Esa noche, la de Difuntos, no es la única a lo largo del año, pero es de las más importantes. Cuando el velo de la oscuridad se apodera del día y lo convierte en noche, entonces, la realidad comienza a volverse menos sólida, más permeable y la separación entre los distintos mundos se vuelve casi inexistente. Y es, en la media noche, cuando es más fácil abrir alguna puerta "al otro lado".

Veo en tu cara que piensas que estoy loco... Pero no, mis ojos lo vieron hace mucho tiempo, antes de que se volvieran blancos, el horror plasmado en un rostro después de cruzar puertas que un ser humano jamás debería cruzar. Y más aún: he visto esos otros mundos...

Eran la una de la madrugada cuando recibí la llamada de la policía, habían encontrado un cadáver en un piso y se le tenía que hacer la autopsia ya que su muerte no estaba clara. Noté al agente más alterado de la cuenta y se lo dije a mi mentor, Juan Manuel Jaldó, por aquel entonces yo no era más que un novato. La respuesta de aquel hombre sesentón, de rostro contráido por la edad, pero de gestos siempre relajados, fue que seguramente estarían a tope con las "bromas" de los jóvenes y los no tan jóvenes. Pero aún así, no conseguí calmarme. La voz del policía tenía algo que me erizó los pelillos de la nuca.

Cuando llegaron los de la funeraria con el cuerpo, uno de ellos estaba blanco. El otro no parecía tan afectado. Más tarde me enteré de que sólo uno de ellos había visto el cuerpo antes de meterlo en la bolsa. La cara del conductor hizo que el corazón me diera un vuelco. Ya estaba seguro de que la voz del policía no era por tonterías de chavales. ¡Para nada! Había algo con aquel cadáver. Mi imaginación vagó pensando que tal vez sería alguna macabra mutilación ritual, pero ni siquiera aquello era tan inquietantemente horrible.

Antes de ponernos a trabajar mi mentor leyó el informe:

"Varón, 55 años, encontrado de pie, completamente desnudo y rígido ante un espejo de cuerpo completo".
La letra con la que estaba escrito era casi indescifrable, por eso tardó bastante, parecía que hubiera sido redactado aquel informe por alguien muy alterado o con alguna enfermedad que afectara a su pulso.

Juan Manuel echó sobre una bandeja el reporte y, tras ponerse los guantes de látex e indicarme que hiciera lo mismo, se acomdó la mascarilla y abrió la cremallera de la bolsa. El hombre estaba de lado, por lo que yo estaba a su espalda y no pude ver su cara de primeras, pero mi mentor si lo hizo. Aún recuerdo como su piel palideció y sus ojos se abrieron de par en par al tiempo que dejaba escapar un: "Dios nos guarde". Incluso podría jurar que su cabello se volvió aún más blanco. El cuerpo estaba rígido, casi en posición de firmes salvo por los brazos semiextendidos a la altura del pecho. Pasé al otro lado de la mesa para ver lo mismo que había visto Juan Manuel. Una parte de mi no quería verlo, pero otra se sentía irremediablemente atraído. Aquel hombre no tenía cara, por así decirlo. Su rostro estaba compuesto por una serie de arrugas en una mueca grotesca, con la boca abierta hasta límites insospechados, posiblemente con la mandíbula desencajada, en un claro gesto de dolor. Tenía los párpados abiertos, por lo que se veían claramente sus ojos y, eran lo más terrible de todo. Estaban vidriosos, pero parecían acarrear un peso enorme y tenían una fuerza de atracción terrible. De alguna forma podría decirse que eran dos pequeños agujeros negros. Nos costó un enorme esfuerzo de voluntad dejar de mirar aquellos ojos sobre una mueca de dolor, que parecía haber sido congelada en el punto más alto del sufrimiento.

Ambos estábamos jadeando y un sudor frío nos caía por la frente y la espalda.
-¿Qué le ha pasado a este hombre, Juan?-conseguí articular casi jadeando. Me sentía muy, muy agotado y mi mentor, parecía estar muy nervioso: el pulso le temblaba. Era, la primera vez que veía a aquel hombre alterado. Y aquello me dió aún más miedo.
-No lo sé.- me contestó también entrecortadamente, pero algo me hizo dudar de su respuesta. No podría explicar el porqué, pero sabía que me estaba mintiendo. Juan sabía más sobre la muerte de aquel hombre. Insensato de mi volví a preguntar y ojalá no lo hubiera hecho, ojalá aquel día hubiera seguido siendo un ignorante, pero no, tuve que volver a preguntar.

Recuerdo como Juan me miró mientras se sentaba en su taburete, acercándose a la jarra calentadora de agua y se servía una enorme taza de té a la que echó una ingente cantidad de azúcar. Recuerdo su mirada asustada mientras me preguntaba si estaba seguro de querer saberlo. Y no olvidaré jamás mi asentimiento.

Suspiró lentamente después de darle un sorbo al líquido casi hirviente antes comenzar a hablar.

-"Ha muerto de agotamiento, de pena, de miedo, de terror... Ha muerto, símplemente, de viejo, de cansancio, de sufrimiento...".
-¿Qué estás diciendo?-Le pregunté sin entender.
-¿Qué noche es hoy?-en aquella pregunta retórica había miedo.
-La noche de difuntos.-contesté.-No me vas a decir que ha visto un fantasma.-casi me reí al hacer aquella pregunta, pero la mirada de Juan fulminó por completo cualquier atisbo de sonrisa o risa.
-Uno no, muchos.
-Venga ya, te estás quedando conmigo, ¿verdad?
-En absoluto, ojalá fuera una broma, pero no, ese hombre ha sido víctima de la magia.
-¿Seguro que sólo es té lo que estás tomando?
-La magia existe-continuó diciendo, y sacó un Ankh que llevaba colgado al cuello.-Muchos lo llevan sin saber nada sobre este símbolo, sin atender a lo que representa, pero en ciertos círculos, esto identifica a los magos.
-Ya, claro.
-En el informe no lo podía, pero seguro que había una vela entre el espejo y el hombre. Llama a la policía y que te pasen con los agentes que lo redactaron.
-Está bien.

Y así lo hice. Tras varios minutos conseguí contactar con ellos y, efectivamente, había una vela, pero no lo consideraron importante.

-¿Cómo lo sabías?-pregunté atónito, si aquello era una broma desde luego estaba muy elaborada, pero ojalá hubiera sido eso.
-Porque es necesario para el hechizo.
-¿Qué hechizo?
-No quieres saberlo.
-Venga, si ya me has contado todo esto, ¿qué mas da un poco más?
Aspiró con resignación.
-Ese hombre a intentado cruzar una puerta.-en mi rostro se debió dibujar algo a la incompresión.-Una puerta a otro mundo, a otra dimensión.-no puede evitar una risilla de incredulidad, igual que las vuestras.-Por eso, la pose extraña, la vela, el espejo y el día en el que ha ocurrido todo.
-Entonces, ¿se puede ir a otros mundos? ¿Existen otros mundos?
-¿Por qué preguntas si te lo tomas a broma?
-No, perdona, es que... Es difícil de creer.
-Eso es cierto, lo es. La primera vez que me lo contaron me pasó lo mismo.
-Pero eso no explica qué le ha pasado.
-Le ha ocurrido, lo más terrible que puede pasarle a una persona, la desesperación y el engaño. Cruzar las puertas no es gratis, siempre hay quién te cobra un peaje.
-¿Pero para qué querría cruzar las puertas?
-Eso lo sabrás con el tiempo...

Y de aquella manera mi mentor en la medicina forense se convirtió en algo más. Durante cinco años disfruté de sus enseñanzas en ambos campos hasta que la muerte le sobrevino a los sesenta y ocho años.

Un lustro después de su muerte empleé mis conocimientos para lo mismo que aquel hombre que llegó muerto a nuestro laboratorio, diez años atrás. Tras la muerte de Juan una serie de malas decisiones me llevaron a echar a perder toda mi vida, mi trabajo, mis amigos, mi mujer... Asi que caí presa de aquella desesperación que me había comentado una vez y sobre la que me había advertido, pero la voz del anciano quedó silenciada sin remedio tras un tiempo.

Era la noche precedente a la de difuntos, estaba en mi casa, desnudo, ante un espejo con la vela preparada, y esperaba la media noche. Recuerdo nítidamente las campanadas de la iglesia no demasiado lejos de mi piso. Cuando terminó la última, encendí la vela y la pequeña llama iluminó debilmente todo mi cuerpo desde el suelo. Mi figura quedó envuelta en semisombras danzantes. Estiré los brazos hasta que las palmas de mis manos tocaron la helada superficie del espejo. Mi reflejo me devolvía mi imagen distorsionada por el baile de la llama. Comencé a pronunciar las palabras que debían de abrirme la puerta. Cuando terminé, sentí como mis manos se hundían, lentamente en el espejo. Era como si se hubiera transformado en una especie de gelatina de plata. Tras mis manos siguieron mis brazos y después todo mi cuerpo. Entonces, comencé a caer y caer en una oscuridad que a veces era rota por pequeños fragmentos de luz. De vez en cuando atravesaba alguno de ellos y entonces me era mostrado, en un segundo lo que buscaba con anhelo y desperación.

Allí, al otro lado, en un instante se me mostraba una vida completa. Una vida que podría haber sido mía de haber tomado otras decisiones. Pero aquel conocimiento, lejos de acabar con mi desperación, la hacía crecer, crecer hasta tal punto de que el dolor se hizo físico. Sé que comencé a gritar aunqueno me oía. Noté como mi cara se transformaba en una mueca irreconocible, llena de angustia y pavor.

No sé como, logré reunir fuerzas para tirar de mi mismo, detener el descenso y remontar. En algún momento debí tirar del espejo y arrojarlo al suelo. La luna cayó delante mía, de frente contra el suelo y se quebró ante mi en cientos de pedazos. Caí al suelo exhausto, magullado. Me es imposible saber cuantas horas pasé sobre el suelo helado. Me levanté aterido de frío. Abrí los ojos pero no veía nada, no al principio. Creí que me había quedado ciego, pero no, la realidad era mucho más horrenda que eso. Mi vista seguía allí dentro, en algún lugar al otro lado del espejo. Y hay días que no veo nada, nada en absoluto y los tomo como una bendición, porque cuando veo cosas, el dolor es, insoportable. Sí, aunque no te veo sé que lo tú lo estás pensando, "¿por qué no se quita la vida, si es tan horrible como dice, "? Pues muy sencillo, porque la muerte no me reclamará hasta que esté completo. Y así he pasado los últimos treinta años, intentando alcanzar mi vista perdida entre los mundos más allá, los mundos al otro lado...

Información al Navegante:

Quiero pedir al lector que pueda visitarme arrastrado por la fuerza de la espiral, que cuando lea algo en este blog sea consciente de que muchas entradas son escritas rápidamente y no realizo sobre ellas un minucioso examen de corrección ortográfica o gramátical. Aunque sin duda intento, dentro de lo posible, escribir sin errores de este tipo. Por ello estaré muy agradecido a todo aquel que se tome la molestia de indicarme cuando ha detectado algún fallo y también le pido, que por favor, no tome nada de lo que aquí se lea como lo correcto. Muchas gracias y ahora: ¡Disfruta perdiéndote entre Espirales!

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