30 marzo 2011

No quiero en tus labios perderme
ni mirar a tus oscuros ojos
pero se que no podré evitarlo.
No lo deseo pero lo haré.
En ellos me perderé,
a ellos miraré.
No quiero tu abrazo fácil.
No deseo sentir tu fina piel
sobre la mía ya fría.
No quiero pertenecerte
pero hace ya tanto tiempo
que soy tuyo, desde que nací.
Aléjate viento del Oeste
oscuro y frío, a esta
vela mía aún le queda fuego.
Dile a la Tarde que aún no iré.
Que siga esperando como
lleva haciendo desde hace tanto.
Tu mirada ya he encontrado la mía.
Mis labios ya están sobre los tuyos
y la espera a llegado a su fin.
Tus brazos me rodean ansiosos
y en ellos mi cuerpo desaparece
y nadie jamás volverá a oír
hablar de mi. Tan sólo sollozos
lejanos y tal vez tristes recuerdos
sobre una luna de crisantemos.

29 marzo 2011

La imagen de tu ser

pasó por mis ojos
atándome con cadenas.
Fueron tus ojos
llenos de vida
quienes las lanzaron.
Y tus morenos
cabellos con cobrizos
tonos al sol quienes
las ataron a mi corazón.
Gruesas cadenas del amor.
Cadenas que no
 se romperán.
Pues están soldadas
entre sí con el fulgor
de la propia vida
desprendida por ti;
la fuerza de tu hermosura.
No tan sólo tu
cuerpo perfecto, sino
también tu alma
que no es bello
sino más, ¡Precioso!
Un diamante en bruto
pulido por la luz
producida por la vida
que vibra con fuerza
en tu corazón.
Esto pude ver
aún cegado por
la aurora de
tu éter, tu esencia
pura a través
de los cristales
preciosos de tu cara.

Sentencia...

-Para ti sólo queda el destierro o el encierro en el más profundo, pequeño, húmedo y oscuro calabozo.-Sentenció el rey creyéndose magnánimo por dar dos opciones y perdonarle la vida al reo. Pero lo que éste monarca no sabía, o no quería saber, es que la piedad habría venido de una sentencia rápida y definitiva...

28 marzo 2011

Hace ya días enteros
al comienzo y al final
de todos ellos que,
qué tan sólo pienso
que decir en tu presencia.
Y es que no dejo de creer
que mis palabras pronunciadas
en un momento, instante,
no sean más que una
trampa peligrosa, sean
nada más que mentira.
Pues no son tan simples
como debieran, encierran
eso es seguro una idea
una intención más allá
del concepto, de la voz.
Es un anhelo que viaja
transparente y opaco,
enteramente brillante
en el sonido del silencio.

¿Y es qué cuándo,
me pregunto cada instante,
será el buen momento
de mirar al amanecer
de un azul y un verde?
¡Cielo sobre el mar en hora hermosa!
De decir, de decirte:
Si tuviera que viajar
a tus ojos hermosos
no me importaría
perderme y no volver.

26 marzo 2011

¡¿Dónde estás?!¡Dímelo!
Suspiro por ti cada noche.
En cada momento
que vienes y te vas.
¡Divina!¡¿Dónde estás?!
¿Por qué abandonaste
mi pecho, mi alma?
¿Eran tan mal lugar?
Necesito que guíes
con tu luz mis palabras.
Lucero que marcabas
mi rumbo en el mar.
El mar oscuro de la vida.
Se que te rechacé.
Pero solo algunas veces
producto de la locura.
De la locura y del dolor.
Creía que te habías
quedado conmigo sin sentir.
¿Acaso fue el eco del espejo?
Instante falso de grandeza
aquella vez lejana.
Ves ahora claramente
que fui ciego del dicho,
ciego que no quiere ver.
¿Dónde estás mi musa?
Fulmina mi alma,
atraviesa mi pecho,
antes que abandonarme
a la deriva solitaria de la vida.

25 marzo 2011

¿Qué son las pasiones?
¿Sino un frío hierro
que atraviesa
el corazón de los hombres?

Quien estuviera a ellas ajeno
Por no pasar males
Por estas, que
A veces no son nada bueno.

Terribles pueden los secretos
De los hombres ser, blasfemia
De su pureza, que son
Como todo en ellos, vanos.

Son demonios disfrazados
De ángeles, que susurran
A nuestros oídos, y a escuchar
A los farsantes somos obligados.

Por la envoltura pura
Que los envuelve para
 Así mejor, arrojarnos
Lejos de la cordura.

Después de esto cavilar
Posiblemente mudo el corazón
Y el pecho en odio queda
Y los labios no volverán a cantar.

Tan sólo serán murmullos
Que sin apenas voz
Repetirán lo que los malditos
Han dicho con angélicos susurros.

Y que será del hombre después
Tan sólo quedará
Vacío, un solo armazón
Que nunca más amará.

24 marzo 2011

Observando el horizonte
convertido en fuego
por las últimas luces
en el atardecer.
No pude evitar
recordar el rojo intenso
que tienen tus labios..
Y es que son para
no poder olvidarlos
pues ha llegado
su forma y textura
al fondo de mi alma.
Marcado por el ardor
que desprenden esas formas
de rojo, ¡intenso escarlata!

Y...

si te digo que he de contarte una pequeña historia de amor, de uno secreto y tan pequeño como grande, mientras te miro con los ojos brillantes directamente, ¿querrás escucharme? ¿De principio a fin?

23 marzo 2011

Robado ha sido de mi alma
la tranquilidad y la calma.
¡¿Qué sucederá que sucederá?!
Ojos de azul o gris claro.
Claro que recuerda
al nacer de un nuevo día
cuando del astro rey
aún no asoma, pero
con un manto pálido
augura su llegada.
Y Selene la reina
avanza tras proteger
a sus súbditos en la noche
con el manto de su capa.
Pero tan sólo un paje
de pálida luz vibrante
la acompaña.
Recuerda tu mirar
lo que los Celtas
antiguos llamaban:
¡La hora entre horas!
¡Ni luz ni sombras!
¡Ni noche ni día!
¡Un momento mágico!
Sabios bardos
que bien sabíais
expresar lo que
vuestros corazones
os decían aunque
negarais la evidencia.
¿¡Cómo no desearlos!?
¿¡Cómo no quererlos!?
¿¡Cómo no admirarlos!?
¿¡Cómo no amarlos!?
Un torrente de pálida luz
que se vuelca sobre
recipiente precioso.
¿Quién hubiera previsto
la imagen reflejada
por esos azules ojos?
¡Yo no!

22 marzo 2011

Son como la brisa
o como una tormenta
de verano furiosa.
Son de venir sin avisar
y marchase de modo igual.
Así son esas ideas que
simbolizan un momento
en un tiempo y un lugar.
¡Momento del debimos!
Y estas vienen y van.
Pero lo peor de su devenir
no es lo pasajero de su ser.
Sino que aquellas que añoramos
no son más que aquellas
que sabemos, no volverán.
Sepan aquellos que suspiran
y se pierden en recuerdos
que no es bueno morir
antes de tiempo por aquello
que se perdió con tan poco esfuerzo.
No miremos en lo que
pudo ser y no fue.
Ya que nadie nos asegura
que fuese a suceder.
Ni siquiera que aquello
en lo que naufragamos
fuera en verdad aquello
que creemos, pues puede ser...
Ser tan sólo que quisimos creer.
Esos silencios que nos asaltan
y traen los pudieron cerca,
tal vez no sean más que
una voz misericorde que
nos evita la tristeza
de aquello que no puede ser.
No erremos el rumbo y
dirijamos nuestra nave
de tal forma que no
existan en nuestro pecho
los quizá, los si, los tal vez.
Olvidemos aquellos momentos
y busquemos en el ahora
lo que creíamos perdido.
Abramos los ojos cerrados
por la insoportable insistencia
de pálidos reflejos que
se hacen pasar por recuerdos.
No fallemos y demos tal valor
a algo tan borroso y fugaz.

 

 

Máxima del RENACIMIENTO “Carpe diem”GSN28-10-02

21 marzo 2011

Cuando...

Cuando el atardecer
del día se convierta
en fría noche...
Cuando oiga susurrar
a la pálida dama
suavemente mi nombre...
Me sumiré tranquilo
en profundo sueño.
Rápido acudiré
a su llamada.
Y no despertaré.
Sin calor estaré.
Mis ojos mirarán sin ver.
Escucharé sin oír.
Y mi pecho no se moverá
Y de esta vida
no sabré nunca más.

Os ruego que
por mi no lloréis.
Por mi no sufráis.
Y que no vayáis
a verme cuando
yo no pueda veros.
Que no me digáis
adiós cuando no os oiga.
No os reunáis ante
un yo sin vida.
Formad todos juntos.
Reuniros por vosotros.
Y formad una fiesta.
Y poned una copa.
Y llenadla por mi.
Que estaré con vosotros.

Y cuando acabe
acabe el todo.
Si existe el otro ser.
Allí os esperaré
con una copa de bienvenida.
Y volveremos a reír juntos.
Como si nunca me hubiera ido.

20 marzo 2011

Al pañuelo de...

Al pañuelo de la tarde
le queda ya poco para caer.
Mis manos están deseosas
de abrazar tus redondeadas formas.
Quiero ya escuchar
el tono de tu voz.
No puedo esperar más
para estrechar tu cuerpo
contra el mío.
Quiero tocar con mis
dedos tus finos labios.
Escucharte cantar esta noche
bajo el cielo de estrellas
poblado y la luna como
espectadora privilegiada
de nuestro silencioso romance.
¡Clamado a voces!
¡Corra ya el aguardiente
y el buen vino!¡Ya
se avive el fuego!
pues aún quedan horas
para el alba y, tantas
cosas por decir y contar
tantas leyendas por narrar...
Quiero tu cuerpo
y tu voz toda la noche
guiada por mis dedos,
la compañía de tu sonido.

Por unos amigos y las tardes con la guitarra en el sótano

19 marzo 2011

Fragmento

            El atardecer había dado paso a la noche casi sin que Hugo se diera cuenta abstraído como estaba en sus pensamientos. Dirigió la mirada el cielo para contemplar las primeras estrellas. Sonrió. Aquello le recordaba su infancia. Volvió en sus recuerdos, apenas a unos días atrás. Al poco, prestó de nuevo atención a unas hojas arrugadas que tenía delante y a las que no miraba desde hacía horas. Con las manos tanteó el suelo en busca de una linterna. Al fin, cerca de sus pies la encontró y encendió.

            La luz iluminó unos pocos metros alrededor. No era la mejor luz pero podría seguir leyendo y escribiendo. Al menos mientras durasen las pilas.

            Los ruidos de la ciudad llegaban a aquel lugar bastante amortiguados aunque era patente su cercanía. También por el halo de luz recortado contra el cielo nocturno. En algún lugar cercano los grillos comenzaron su sinfonía.

            Hugo apretó con fuerza el bolígrafo contra el papel hasta rasgarlo, lleno de frustración. Las ideas iban y venían pero era incapaz de retenerlas más de unos segundos y en cuanto comenzaba a escribir, éstas parecía que se negaran a acudir a su mente hasta que dejaba los papeles, respiraba hondo y despejaba la mente. Con esa última intención había acudido a aquel sitio. Un lugar que descubrió hacía ya algún tiempo con un amigo de pura casualidad. No era el mejor sitio del mundo, pero sí era lo más parecido a un paraje solitario que podía encontrar tan cerca de la ciudad. En esos momentos dirigió su mirada a los edificios tan lejanos y, a la vez tan cercanos, y se adentró en el brillo eléctrico de las luces lejanas. Aspiró profundamente el aire fresco y húmedo de lo que podría decirse sería uno de los pocos días de primavera de verdad que tendrían aquel año.

            De pronto un sonido estridente rompió la quietud del lugar. Hugo miró hacia su bolsa y maldijo en voz baja. Se había olvidado de apagar el móvil. Rápidamente alargó la mano hacia el bolsillo donde lo llevaba y lo sacó. Miró la pequeña pantalla y vio el nombre de quien lo llamaba: Carlos. – ¡Cómo no! – Pensó. El móvil sonaba y vibraba en su mano mientras decidía si cogerlo o no. Finalmente decidió descolgar, pensando que tal vez lo mejor hubiera sido apagarlo y argumentar después que se había quedado sin batería.

-         ¡Dime!
-         ¿Dónde andas?
-         Por ahí.
-         ¡Jo! ¿No estás por tu casa?
-         ¡No!

17 marzo 2011

Leyendas...

Lugares encantados si se hacía caso de las leyendas. Por estos motivos Alterebran: historiador, juglar, artista, cazador de leyendas, dibujante, astrólogo, ladrón, jugador, bebedor y mujeriego, entre otras muchas cosas; sonrió con una sonrisa amplia en el momento que puso un pie en las costas de Engalen. Ansioso, tomó su petate, una gran bolsa de cuero marrón, donde llevaba todo lo que poseía. Sus primeros pasos le llevaron a ascender por una colina y ver su primer gran bosque. Rápidamente sacó un espléndido mapa de la región y un artilugio circular, con una aguja que supuestamente apuntaba al norte. Tras orientarse preparó un pequeño campamento. Aún faltaban unas horas para el atardecer de aquel día del equinoccio de primavera, en el cual según las leyendas: los bosques de Engalen se poblaban de todas las criaturas mágicas, pues realizaban una fiesta por el renacimiento del rey de las hadas cuyo nombre era Oberón y se decía, además, que ningún mortal debía penetrar los bosques pues nunca regresaba; pero Alterabran estaba seguro de que él vería al rey y su cohorte y regresaría.

Adicción...

|Más Dósis|
---------

    Aquel atardecer era casi como cualquier otro. Casi. El sol aún se vislumbraba
en el horizonte, hacia el oeste, aunque yo sólo podía ver el reflejo de sus
últimos rayos de sol rojizos reflejados en los cristales de las ventanas de uno
de los edificios más altos de la avenida. Era el mismo camino de siempre, uno
que había recorrido tantas veces en años anteriores y que ahora hacía con
frecuencia para ir al encuentro de un amigo bastante a menudo, pero lo que antes
me llevaba a caminar por ahí hacía tiempo que había desaparecido para mi
lamento. Pero todo eso da igual en esta historia, no importa lo más mínimo.

    Lo cierto es que no era normal porque el adicto que hay en mi estaba ya
saturado y debía incrementar su dosis como pudiera, y por lo tanto, aunque lo
recuerdo bien, el sol, la temperatura y demás detalles poco me importaban. Tan
sólo tenía en mente incrementar mi dosis. Pero lo cierto es que no sabía como
conseguirlo, era harto difícil y finalmente no lo conseguí. Lo cierto porque no
lo intenté. Me venció la verguenza, el miedo y la duda y, como siempre mi
estúpida conciencia o sea lo que sea, que siempre dice: " Ya habrá otra
ocasión". Pero en el fondo yo se que no la habrá, porque seguramente nunca hubo
ninguna ocasión. Supongo que mi mono no era lo suficientemente grande o tal vez
al contrario, tan extremo, que mi juicio y emociones estaban profundamente
transtornadas.

    Mañana por la mañana, como siempre ultimamente de lunes a viernes, recibiré sin
duda mi dosis leve, así lo espero, porque casi nada es mejor que nada. Sólo
espero que mi intento de conseguir más no fuera percibido pues temo que se tomen
represalias contra mi adicción. Todo lo veré pronto. Espero sin duda con
ansiedad, temblores, sudores y alguna que otra leve taquicardia encontrar otra
persona que me provea de lo que necesito en mayores cantidades o convencer al
mismo para que sea mayor lo que me proporciona.

16 marzo 2011

Legión (I)

    Hacía horas que el sol se había escurrido por el horizonte para desaparecer por completo y dar paso al oscuro manto de la noche. Aquel cielo nocturno de invierno carecía de luna y, las estrellas brillantes como ascuas refulgentes, eran insuficientes para iluminar la oscuridad que se cernía sobre todo.

    El frío calaba en los huesos y el fuego apenas calentaba, ni siquiera estando junto a él. Tampoco se podía distanciar mucho de la hoguera ya que no tardaba en ser engullida por las sombras y, si no fuera por las voces y los ruidos de los hombres entorno a ella, costaba orientarse para volver al improvisado campamento.

    Velgrar era un estudioso, un escriba, de la Torre de Carindria, la más importante entre las seis grandes torres del Conocimiento, y en aquella noche a la intemperie le costaba sentarse y relajarse un poco junto a sus compañeros de viaje: Kassmir, un hombre de armas, experto espadachín según decía; Nimia, una magistrado de Kool a juzgar por el sello que portaba al cuello y Brenice, un aprendiz de herrero que se dirigía a “Lorfont”, como vulgarmente se conocía al barrio del “hierro” en la inmensa y bulliciosa ciudad de Grebengaur.

- ¡Escriba! – Masculló Kassmir cuando Velgrar se levantó y comenzó a alejarse del claro donde habían detenido la marcha, con la clara intención de adentrarse un poco entre los árboles.- No te alejes o te costará volver… Y no deseo tener que ir a buscarte.

- Descuidad Maestro Kassmir.

    Respondió el otro sin mirar atrás ni detener su paso, le resultaba irritante la conducta arrogante y jactanciosa de aquel hombre, pero debía reconoce que viajar acompañado de un hombre bien pertrechado daba bastante más seguridad que hacerlo sin él. Que los bandidos y salteadores de caminos preferían aquellos grupos de viajeros donde nadie podía empuñar un arma era totalmente cierto, aunque bien era sabido que cuando los viajeros escaseaban y la necesidad era imperiosa, todos corrían el mismo peligro de ser asaltados; pero en aquellos tiempos las cosas marchaban relativamente bien, tanto para aquellos que se dedicaban a ocupaciones lícitas o ilícitas.

    La hojarasca del suelo se notaba fría y húmeda. Velgrar notó a través de sus botas la intensidad del frío y la creciente humedad en el ambiente. El suelo estaba más resbaladizo que hacía tan sólo escasas horas. Cuando dejó de escuchar las voces de los otros cerró los ojos, a pesar de que a su alrededor todo era oscuridad, y dejó únicamente sus oídos abiertos al silencio de la noche.

    Habrían pasado cinco, tal vez diez minutos, incluso puede que mucho más tiempo, cuando un escalofrío le recorrió la espalda y todos los pelos del cuerpo se le erizaron en señal de peligro. Miró a su alrededor, pero en aquella oscuridad, había perdido completamente la noción del tiempo y del espacio, tenía la sensación de estar muy lejos de cualquier parte. Respiró hondo y se dispuso a gritar, pero se detuvo, al comenzar a percibir algo. Un algo que le indicaba claramente que a su alrededor no había árboles  ni arbustos, sino que estaba en una llanura. Tendió los brazos hacia delante buscando el tronco o las ramas de algún árbol, pero no había allí nada más que el aire. El corazón se le aceleró. Tanteó con los pies el suelo y notó que el terreno era distinto, el manto suave de hierba y hojas no estaba,  convirtiéndose en tierra y piedras pequeñas. Miró al cielo y sólo estaba la capa negra, ya no había ninguna estrella brillante - ¿Dónde estoy?- Se preguntó mientras una creciente ansiedad se apoderaba de su pecho.

    Otro escalofrío le recorrió la espalda y nuevamente los pelos se le erizaron, pero en aquella ocasión se mantuvieron así y la sensación de frío y destemplanza tampoco se iba. Miró a su alrededor mientras pequeños y, cada vez más numerosos, escalofríos le subían desde lo alto de la espalda, por el cuello, hasta las sienes.

    El tiempo se dilató, sin ningún punto de referencia a su alcance, sin mas que sus propios latidos, demasiado rápidos para contarlos,  era difícil discernir si se sucedían minutos, segundos o, incluso, horas. No sabía cuanto había discurrido, cuando había estado allí inmóvil, cuando comenzó a apreciar un vago brillo blanquecino a lo lejos. La sensación de miedo y alerta, que llevaba asaltándole desde que abriera los ojos y se percatara de que estaba en otro lugar, se acrecentó. Era una especie de neblina blanca, una nube deshilachada, con una fluorescencia blanquecina.

12 marzo 2011

Primer Amor...

    Siempre me había considerado una persona cabal, incluso tal vez en exceso demasiado centrada, por lo que nunca me habría imaginado haciendo lo que hice dos semanas atrás. Y seguramente si le preguntaras a cualquiera de los que me conoce, o haya conocido en algún momento, te diría rotundamente que: “yo no habría hecho eso”. Pero parece ser que esta vida no se cansa de enseñarme que nunca podemos estar seguros de nada.
    Todo empezó en Octubre del año pasado, ahora estamos en Junio, así que han pasado unos cuantos meses desde el comienzo. El detonante fue una carta de mi amigo Ismael, al que no veía desde hacía más de tres años y con el que había perdido el contacto completamente, ni siquiera nos intercambiábamos emails. He de decir que me sorprendió recibir la misiva (había cambiado de domicilio hacía pocos meses) tanto como me alegró. El sobre se apreciaba gordo y ajustado, no haciéndome falta abrirlo para saber que me iba a encontrar un buen número de folios. ¡Un montón!, todos llenos con la menuda y garbosa letra que, a pesar del tiempo pasado, conocía a la perfección ya que fueron muchos años codo con codo en los pupitres, primero del instituto y luego de la facultad.
    Recuerdo que abrí la carta con rapidez nada más entrar por la puerta, pero no pude leerla de inmediato ya que Atreyu, mi perro San Bernardo, acaparó toda mi atención lanzando su pesado cuerpo contra mi persona en un cariño-súplica por la comida. El gordo de mi perro es un maniático de las horas, cuando no le doy de comer o lo saco a pasear a la hora que está acostumbrado, se pone de lo más pesado. Así que la carta cayó encima de mi escritorio junto a mi portafolios y la mochila para el portátil.
    No volví tener noticias del sobre a reventar de folios, hasta una semana después, al estar enterrada bajo un montón de páginas, apuntes, libros y cientos de tareas pendientes. Aún me cuesta creer que estando ya tan informatizados sigamos gastando papel como lo hacemos. Incluso diría que ahora gastamos aún más. Así que, aprovechando la tarde libre del sábado, me repanchingué en mi silla de respaldo alto, ergonómica y perfectamente regulable, y comencé a leer ávido por las noticias de mi desaparecido amigo. En las primeras líneas decía las cosas típicas: “¿Cómo estás?, ¿Qué tal el trabajo?, espero que todo vaya bien” y todo así por el estilo. Pero llegando a la segunda página todo comenzó a ponerse más extraño, si realmente no lo conociera tan bien habría pensado que no estaba muy bien de la cabeza. Yo ya conocía aquella faceta suya de apertura a los demás, que resultaba a veces muy, muy dura, que asustaba; y de idealismo. Porque sí, mi amigo Ismael siempre había sido un idealista para algunas cosas y siempre un poco incomprendido, incluso por sus amigos. Aunque en el fondo lo entendíamos mejor de lo que nosotros mismos éramos conscientes. Todo aquel montón de letras escritas a partir de la segunda página y que eran tan extrañas se podían resumir en: “Pronto tendré que pedirte un favor muy importante para mi”; pero en ninguna parte me decía el qué, aunque por todo lo que me contaba y, dado que habíamos compartido un montón de años y vivido muchas experiencias juntos, mi subconsciente sí se comenzó a hacer una idea.   
    La revelación sobre lo que quería mi amigo llegó casi tres meses después, bastante pasado el año nuevo, en realidad, en la segunda quincena de Enero. Ésta se produjo, primero con una llamada de teléfono y después con otra nueva carta. La llamada fue de la hermana de Ismael para darme la terrible noticia de que había muerto. He de reconocer que me tomó completamente por sorpresa y no fui capaz de articular ninguna palabra hasta casi un minuto después. Que Ismael hubiera muerto me resultaba increíble y más por aquel motivo, aunque ciertamente tenía sentido. El pobre había desarrollado cáncer de hígado que, al serle detectado tardíamente, se extendió a otras partes del cuerpo. El tratamiento fue quimioterapia, pero no funcionó y por desgracia se encontraba muy desarrollado y arraigado, además de ser un tumor maligno. O sea, que o la “quimio” acababa por funcionar o le quedaba poco tiempo de vida, unos meses, como mucho un año. Pero ese poco tiempo, según me comentó Lucía, la hermana, se había convertido en tres años y unos cuantos meses. Tras hablar con Lucía y enterarme de todo lo ocurrido me sentí fatal ya que empecé a ajustar cuentas y perdí el contacto con Ismael precisamente cuando le diagnosticaron el cáncer. Nunca me hubiera imaginado que fuera por algo así. No pude evitar, y realmente aún lo hago, pensar que fui “un dejado” y abandoné a mi amigo. La palabrería extraña de la primera carta cobró un claro sentido cuando el destino de Ismael fue puesto en mi conocimiento.
    El entierro fue en nuestra ciudad natal, por lo que tuve que realizar un largo viaje, pero era lo menos que podía hacer. Acudí al mismo por los familiares ya que Ismael siempre bromeaba que cuando muriese, si nosotros moríamos antes él lo haría, lo que debíamos hacer era irnos a aquel pub de la época de la facultad y beber una pinta a su salud. Eso fue lo que hice en cuanto terminó el servicio y los familiares comenzaron a dispersarse. Sin las palabras de la primera carta me hubiera sentido decepcionado al ver que yo era el único amigo de Ismael de “nuestro grupo” en el entierro, pero de alguna forma me había advertido. Más tarde, por Lucía me enteré de que él, expresamente indicó que me avisaran únicamente a mí.
    Cuando volví a mi casa encontré una nueva carta de mi difunto amigo y, me maravillé, al mismo tiempo que me entristecí enormemente. En esta ocasión era más comedida, solamente dos folios en los que ya sí, por fin me especificaba “aquel favor que me pediría”. Tuve que leerla dos veces porque no me creía lo que me ponía, lo que quería, pero luego recordé quien era Ismael y la sorpresa, el quedarme atónito, se quedó fuera, al otro lado de la puerta, en la escalera.
    Febrero, Marzo, Abril y Mayo se sucedieron rápidamente antes de tener la posibilidad de poder hacerle aquel último favor a mi amigo, en algún momento (realmente a cada uno de ellos) pasaba por mi cabeza que: no podría hacérselo y que aquello era una locura de las de estar mal de la cabeza; pero no podía dejar de decirme a mi mismo que ojala todas las locuras de los seres humanos fueran como aquella, como la de Ismael y como la mía que le seguía, curiosamente me descubrí haciéndolo no porque me diera pena, o porque pensara que se lo debía, sino porque estaba convencido de que tenía razón y que ¿por qué no se podría hacer? Tardé en darme cuenta de que uno de los motivos por los que me habló en la primera carta tan raro, tan extraño, fue para intentar no influir ni con sus palabras, ni con su estado, ni con su inminente defunción, en mi decisión de llevar a cabo aquella última petición, aquel último deseo.
    Finalmente allí estaba yo, preparado para a partir del seis de Junio, hacer aquella locura y, curiosamente, todos los preparativos, todo el artificio no sirvió para nada, sino que todo sucedió, en cierto modo por casualidad. Fruto del azar me vi “forzado” a adelantar mis planes para “forzar” la casualidad. Ya sé que aún no os he dicho en qué consistía aquel favor, pero tenía que ser un poco enigmático para ser fiel a mi amigo. Como alguno habréis supuesto el favor estaba relacionado con una mujer, o puede que no lo hayáis hecho. Lo cierto es que Ismael, en la época del instituto estuvo profundamente enamorado de una chica, ¿quién no lo ha estado?, ¿quién no ha sentido ese primer amor? Y,  ¿quién no lo ha olvidado ya aún cuando se acuerda levemente de él? El pobre nunca llegó a nada con aquella chica, ni siquiera algo de amistad, lo cierto es que fueron compañeros de clase, por decir algo, un año, después cayeron en clases separadas. Una vez, cuando ya se acercaba el final del instituto, si no me falla la memoria sería a principios de Mayo, Ismael se me acercó a la salida y me pidió que nos fuéramos a tomar algo los dos solos. Esa fue la primera vez que se sinceró completamente conmigo. Me contó lo vacío que se sentía, parte de sus sueños, de sus deseos, de sus metas, centrándolo en como veía el la amistad, las relaciones entre las personas y en especial eso que llamamos amor. He de reconocer que en un principio se me pasó por la cabeza que precisaba ayuda sicológica, puede que así fuera, pero con el paso de los años, de tratarlo más y, conocerme más a mi mismo, a él y a otra gente; me encuentro más cerca de compartir su visión que de no hacerlo, de saber que estaba completamente sano, tanto en su mente como en su corazón y que por suerte o por desgracia, no se había mancillado con el paso de los años; motivo por el que resultaba tan raro y asustaba a veces. Esa vez me comentó que estaba seguro de que nunca se olvidaría de aquella chica y, he de decir que no exageraba, siempre la recordó con una especie de cariño obsesivo. Aunque con el tiempo el recuerdo iba quedando más lejano, pasaban otras mujeres, pero de alguna forma siempre la tenía ahí. Y también que una parte de él esperaba que ella se acordara aunque fuera de pasada de él. Incluso quería pensar, aunque decía que sabía que no (y tristemente tuvo razón), que sus caminos se volverían a cruzar. Ya os he dicho que estaba preparado para hacerle aquel favor y que todo se precipitó. El destino quiso que, por alguna extraña circunstancia de la vida, el primo de un amigo, de un amigo, hubiera entablado amistad con la chica aquella (ahora toda una mujer, preciosa por cierto)  hacía aproximadamente año y medio. Coincidí con ella en una fiesta de mi amigo pero no le di más importancia, realmente ni la había reconocido, pero al final de la noche acabamos hablando y llegando a nuestra época del instituto donde nos dimos cuenta de que nos habíamos conocido antes. Como suele ser normal en estos casos intercambiamos el número de teléfono, el correo electrónico, y quedamos en llamarnos para tomar un café. Un ejemplo de un ritual que hacemos estúpidamente ya que mi experiencia dice que sólo el 1% realmente tiene intención de volverse a ver, una pena ya que yo pongo siempre todo mi empeño, pero también es cierto que cada vez menos fruto de muchas desilusiones a lo largo de los años (y es algo que no entiendo, si no quieres no digas que sí quieres, pero bueno, una muestra más de la absurda conducta humana) Por todo esto, me encontré con que el día tres, un bonito viernes, era el cumpleaños de este amigo que tenía un amigo que estaba en contacto con aquella mujer, el amor del instituto de mi amigo, y que por lo visto iría.
    La fiesta estuvo bien, primero salimos de tapas los amigos más cercanos y luego, más tarde, todo el grupo, primero de pubs y después de discotecas. Me costó un rato mentalizarme para decir lo que tenía que decir, para llevar a cabo el favor. Por más que me había intentado autoconvencer y prepararme, ahora que estaba cerca, que llegaba el momento de hacerlo, me fallaban las fuerzas y la voluntad, pero de nuevo las cosas discurrieron para que pudiera llevar a cabo mi misión. Hacia el final de la madrugada nos quedamos solos, ella iba a coger un taxi para volver a casa y yo me ofrecí a llevarla, ya que me pillaba de camino, eso dije al menos, y era completamente mentira. Tardamos media hora en llegar a su portal y entonces aquel era el momento. “¡Te voy a decir una cosa!” Dije poniéndome muy serio y mirándola fijamente, ella me devolvió la mirada (estoy seguro de que no se esperaba lo que solté a continuación) “¿Te acuerdas de Ismael?” Dudó un poco antes de contestar un poco sonoro “Sí, claro… ¿Cómo está?”. “Bien, bien lo vi hace poco” (¡Cuántas mentiras en tan poco rato! Pensé para mi mismo en ese momento) “No te olvida y aún te tiene en su corazón” Me costó horrores pronunciar aquellas palabras y más viendo el rostro de ella, entre sorprendido y asustado. Sin decir nada se bajó del coche y cerró la puerta. Se alejó con paso rápido y desapareció a los pocos segundos tras la puerta del portal. Yo me quedé aún unos minutos con el motor en marcha un tanto traspuesto. Luego arranqué mientras pensaba “Ya está hecho”.
    Habían pasado tres días desde la confesión de mi amigo a través de  mis labios cuando recibí una llamada, era ella: “Hola”, dijo con un tono nervioso. “Hola” respondí yo, imagino que con igual tono, se notaba cierta tensión. “Me parece un poco fuerte lo del otro día” Prosiguió ella. “Ya me imagino” le contesté. “Pero ¿sabes qué?, podríamos tomarnos ese café que dijimos hace un año o más y… Dile a Ismael que se venga”. Aquellas palabras me pillaron por sorpresa, fueron alegres (y también muy tristes) por lo que tardé un poco en reaccionar y responder un poco creíble: “Está bien, ya le llamaré y te llamo ¿vale?” “Vale, adiós”. Contestó y colgó.
    Me quedé unos minutos (una hora o más realmente) tendido en el sofá sin saber qué hacer o qué decir. En mi mente y mi pecho se agolpaban pensamientos contradictorios. Había hecho lo que Ismael me había pedido, llevar el recuerdo que tenía hasta más allá de la muerte, entonces, ¿por qué me sentía tan extraño? Un poco como un traidor. Lo descubrí cuando por la noche la llamé para tomar aquel café, aquel que mi amigo nunca se tomaría; y es que, yo había tardado 15 años en darme cuenta de que estaba enamorado de la misma mujer que mi amigo, que ambos tuvimos el mismo primer amor.

Erlta

Erlta conectó su implante neural con un simple pensamiento y un torrente de información comenzó a viajar por su córtex cerebral. Despacio, salió de las sombras que le envolvían en el callejón donde se encontraba y, con los nuevos conocimientos adquiridos, encaminó sus pasos hacia el centro de la ciudad; no sin antes dar una orden a los “nanos” que formaban su traje, que cambió de aspecto para adecuarse a la vestimenta local.

Cada vez que se cruzaba con una pareja de individuos sus ojos se abrían de par en par y su corazón se aceleraba ante la proximidad de los objetos de su investigación, de su estudio. El Alto Consejo había delegado en Erlta la responsabilidad de recopilar datos sobre muchas de las especies de aquel planeta y su principal característica, su dualidad, su diferencia de sexos.

Elrta se detuvo ante un escaparate tras el que había unas figuras vestidas que imitaban a la humana, “maniquíes” acudió el nombre rápidamente a su mente. Observó su figura reflejada en el espejo tras los maniquíes, parecida en parte a la de las personas. Más atrás, en el interior de la tienda vislumbró como vestían a aquellas imitaciones, aquellos modelos y observó que su propia fisonomía estaba más acorde con aquellas figuras inanimadas que con la especie sensible producto de su estudio.

Siguió caminando sin rumbo fijo, estudiando y analizando todo lo que veía. El frío habría sido insoportable de no ser por el nanotraje que llevaba. Al amanecer ya estaba en condiciones de comenzar su misión, el lenguaje había sido analizado, descompuesto  e insertado en su cerebro mediante su implante. Buscó en periódicos (un primitivo medio de comunicación que empleaba como soporte una base de papel) un lugar donde vivir. No le costó mucho ya que poseía recursos casi ilimitados, aquel sistema de pagos era fácil de imitar y reproducir, por lo que pudo adquirir un apartamento, no muy espacioso y no muy céntrico; pero tampoco necesitaba más.

Siete días después de su llegada comenzó a trabajar en un lugar llamado “Speed-Pizzas” como repartidor, un trabajo adecuado para “un muchacho joven como él” (al menos aquel era el aspecto que presentaba y por lo tanto el rol que había asumido) Además era un buen sitio para poder estudiar “la dualidad” ya que acudían numerosos seres humanos y entre sus compañeros de trabajo había miembros de los dos sexos.

   
    Tras un tiempo conviviendo entre los humanos Erlta había observado un comportamiento diferente para cada sexo y no solo eso, sino que entre los sexos opuestos también se comportaban de otra forma. Había tres formas de relación: entre mujeres, entre hombres y entre ambos. Era algo que le resultaba extremadamente confuso e incomprensible. Erlta conseguía entenderlo para los animales, seres sin una capacidad de raciocinio extensa, pero capaces de un pensamiento y aprendizaje limitado, pero no para los humanos, criaturas con una capacidad similar a la especie de Erlta.

No entendía la animadversión de la mayoría a mostrar su cuerpo tal y como era, cumpliendo los ropajes, además de funciones de abrigo y estéticos, con la de ocultar el desnudo. El cambio de comportamiento cuando un hombre se dirigía a una mujer (diferente en muchos casos al comportamiento hombre-hombre o mujer-mujer) Una incapacidad consciente en muchos, o subconsciente en la mayoría para trascender hasta la persona.
    “… Su dualidad, su sexo, impone a estos seres una restricción en sus ideas y en su capacidad de pensamiento…” Escribía sus conclusiones Erlta en su implante.  

11 marzo 2011

Y así debía comenzar...

    El fuego en la chimenea ardía débilmente intentando sin conseguirlo disipar las sombras que amenazaban con apagarlo. En algún sitio de la gran habitación alguien movió su mano reflejando por unos instantes parte de la débil luz que emitían las llamas. A este movimiento lo acompañó un quedo murmullo. Inmediatamente el fuego cobró fuerza y brilló con renovada intensidad.
- Lo que has hecho es muy grave. Has violado las reglas y has roto tu juramento.- La voz hizo una pausa.- Y lo peor de todo es que has traicionado mi confianza.
    La voz era grave e inflexible, carente de emoción alguna. A estas palabras otra voz similar pero con una nota de emoción y ansia contestó.
- Todo lo que he hecho ha sido por el bien del reino. Vos lo sabéis. El rey ...
- ¡No! ¡Cállate! Nosotros no juzgamos lo que está bien de lo que está mal. ¡Sólo nos atenemos a nuestras reglas!
- Las reglas, si, ¡pero ese rey no es digno de teneros a sus órdenes! No merece vasallo alguno.
- ¡Calla! ¡Silencio!  No aumentes tus crímenes.
    Un silencio tenso se apoderó de la habitación en sombras. Ambos estaban pensando las palabras que dirían a continuación.
- Deberás retractarte de tus palabras y deshacer todo lo que hayas hecho. Después... Después serás expulsado.- Estas últimas palabras fueron pronunciadas con algo parecido al dolor, aunque el leve  matiz en la voz apenas si fue perceptible.
- ¡Jamás! Antes muerto. ¡Maestro!, vine aquí creyendo que comprenderíais.
- No hay nada que comprender. Por favor, recapacita. No deseo detenerte.
- ¡No maestro! No me detendréis. Si lo intentáis no me dejaréis más remedio que...
- Aunque no lo creas, esto me duele tanto como a ti, pero no me dejas alternativa. Esperaba que comprendieras tu error y me contaras más de lo que se supone que sé. Creí que eras digno y, que finalmente devolverías aquello que has tomado y no te pertenece.
- Lo sabíais. Y aún así ... ¿Qué pensabais hacer luego? ¿Matarme vos mismo, maestro?
     Un destello de luz surgió de algún lugar próximo a una de las paredes. Las sombras se disiparon por un momento. El rayo vislumbró a la figura vestida de negro sentada en un sillón frente a la chimenea, su presa. El rayo se dividió en dos tomando el aspecto de unas fauces, pero antes de que éstas se cerraran sobre la figura negra, la oscuridad se espesó y se cerró sobre la luz, ahogándola. Un suave murmullo, como si alguien tarareara una melodía, y un nuevo destello de luz surgió de entre las manos de la figura que estaba próxima a la pared. Esta vez el haz luminoso era rojo escarlata. Alcanzó su objetivo y el sillón se consumió en un fuego rojo, vacío.
    Unas manos fuertes y extremadamente frías se cerraron sobre los brazos de la figura que lanzó el rayo escarlata. El frío helado comenzó a extenderse por todos su cuerpo.
- ¡No!
    Gimió mientras dejaba de sentir los brazos y las piernas. “¡No!”. Pensó con más fuerza. La luz comenzó a brotar de su cuerpo disipando el frío. El rostro bajo la capucha de la figura vestida de negro que lo mantenía aferrado, se llenó de sorpresa mientras su hechizo se volvía contra él. En cuestión de segundos quedó inmóvil, completamente congelado por las sombras.
- Todo hubiera sido diferente si me hubierais escuchado. O yo no hubiera traído esto conmigo.
 Dijo la figura joven y vestida de azul oscuro que se encontraba cerca de la pared al tiempo que tocaba algo duro, redondeado y pequeño que colgaba de su cuello.
- Y así el alumno supera al maestro.
    Un dedo apuntó a la figura de negro completamente petrificada por las sombras y, lanzando un rayo contra ella, la hizo añicos. Los restos comenzaron a dispersarse con un viento aparecido de ninguna parte que apagó el fuego La habitación quedó totalmente a oscuras.


Este fragmento debía ser el inicio de algo que empecé a escribir hace muuuucho tiempo, pero que por unos motivos u otros, lo descarté.

10 marzo 2011

Trágico

Divorciada, con cuarenta y ocho años y sin trabajo no veía futuro. Era o demasiado mayor o con poca experiencia, pero no encontraba trabajo. Otra causa añadida para el “no” era que tenía un hijo pequeño y necesitaba un horario flexible porque estaba sola. María Asunción tenía una preocupación en su corazón, su hijo. Únicamente podía hacer una cosa y era seguir intentando entrar en aquel mercado laboral casi imposible mientras aún tuviera los medios para rellenar un currículo e ir limpia y bien vestida a las entrevistas, manteniendo la esperanza de encontrar algo que le permitiese sacar a su familia adelante. Pero cada vez estaba más difícil y cada noche tardaba horas en poder conciliar el sueño pensando qué iba a ser de ella y su hijo; porque más de una vez se imaginaba en la calle pidiendo.

En esos momentos en los que intentaba dormir, se acordaba aún más de ese mundo falso e idílico que cada día trataban de vender en la televisión, los periódicos y casi cualquier otro medio de comunicación. Aquellas noticias de terribles catástrofes, de lo mal que se pasaba en otros países y luego como contrapartida, lo bien que vivían los famosos, sus graves problemas emocionales o con los “paparazis”... Y entonces, en algún momento de la noche el cansancio le vencía y por fin podía dormir algunas horas, en las que tal vez soñaba, a veces, que realmente estaba en un mundo solidario en el que existía la igualdad y, tal vez, la esperanza. 

09 marzo 2011

... Prisionero...


            La estancia estaba a oscuras. De sus paredes se desprendía un olor a rancio a causa de la suciedad y la humedad. Algunas veces se escuchaban arañazos y pequeños chillidos que indicaban la presencia de ratas y, por lo tanto otras alimañas nada agradables. En el centro se encontraba un prisionero colgado con cadenas, suspendido sobre el suelo. Las muñecas le ardían de dolor y si sabía que aún tenía las manos pegadas a los antebrazos era porque no estaba en el suelo y seguía allí colgado. En ocasiones, cuando no estaba demasiado agotado o dolorido, percibía sobre su piel lacerada y herida, a las alimañas; y en esos momentos se preguntaba qué le mataría antes, si sus captores o las infecciones.

08 marzo 2011

Salto Espacial

Aquella era la primera vez que él, Henry McCoy IV, propietario de una de las más grandes constructoras navales de la Federación, realizaba un viaje como aquel. La sensación al comienzo había sido indescriptible. Una mezcla de miedo y curiosidad, nervios y calma. Un torrente de sentimientos contradictorios que habían sido sustituidos por la abrumadora belleza de la joya azul, la Tierra, dejada atrás rápida y fácilmente por los potentes motores de aquella nueva nave, el primer modelo del tipo Oberón, la más rápida, grande, completa y segura de su clase. Un bajel con el que la Federación esperaba poder dar el “Salto Espacial” (Así llamaban a la salida del Sistema Solar) 
Era la Oberón, una nave, en teoría, capaz de alcanzar el límite del sistema solar en 5 horas 53 minutos. Y no sólo era impresionante su velocidad sino su tamaño y sistemas de autoabastecimiento. Podía permanecer poco más de dos años terrestres en el espacio. Henry McCoy IV sonrió, orgulloso de la nave diseñada y construida, mientras sus ojos miraban por las mamparas hacia la brillante oscuridad e imaginaba qué maravillas encontrarían en el espacio lejano.

A clase...


El cielo se había despertado para levantarse y vestirse con una gabardina gris oscuro. Y encima era lunes. Todos y todo parecían estar adormilados y de mal humor. Alguien se asomó a la ventana para mirar como estaba el cielo y decidir si coger el paraguas o no, en su rostro se dibujó una mueca hacia abajo y desapareció de la vista.

Esteban caminaba, aún medio dormido mirando el suelo inmediatamente ante sus pies, con los ojos, unas veces medio abiertos y otras medio cerrados, por el bulevar. Que por cierto, no llevaba mucho construido ya que lo habían acabado los del ayuntamiento, tras más de dos años de obras, justo para las elecciones. Cosa que a muchos le resultaba curiosa, aunque siempre era así, estuviera quien estuviera al cargo. Las obras que sólo se terminaban poco antes de las elecciones no entendían de partidos. Pero nada de estas preocupaciones se encontraban en la adormecida mente de Esteban. En su cerebro en aquellos instantes sólo, además de para decirse que estaba muy cansado y dormido, había espacio para los exámenes de junio que se acercaban inexorablemente y, tal vez también, para lo que vendría después. Aquellos exámenes, si todo iba bien, serían los últimos que tendría que hacer, al menos de aquella carrera que seis años antes hubiera decidido cursar y que, por otro lado, no estaba muy seguro de haber escogido correctamente.

Finalmente los pasos de Esteban le llevaron, sin saber muy bien como, a la puerta del aula donde tenía la primera clase. Miró levemente las bancas buscando unas cabezas conocidas, ya que había llegado un pelín tarde, y las encontró casi en primera fila, por lo que decidió sentarse en el primer lugar libre por atrás. No era cuestión de llamar excesivamente la atención al profesor, que parecía no haberse dado cuenta de su entrada tarde a clase. Y era mejor así, ya que si bien en su facultad la mayoría de los profesores excusaban un retraso pequeño, aquel no. Así, sin hacer ruido ni dar muchos pasos para alcanzar el sitio libre, acabó en la última fila pegado a la pared de la izquierda. Casi nunca se sentaba tan atrás, le gustaba más delante, aunque tampoco en la primera fila, con la segunda o la tercera bastaba. Aquellas, consideraba él, eran las mejores, ya que no tenías al profesor justo delante, pero estabas los suficientemente cerca como para no perder detalle de las explicaciones.

Pesadamente abrió su mochila y sacó el carpetón donde llevaba todos los apuntes y buscó entre los separadores las transparencias y, las hojas donde tomaba nota, de aquella asignatura. Después rebuscó en el bolsillo mediano, tras hacer un estruendoso ruido, al menos así le pareció a él, al correr la cremallera para abrirlo, un par de bolígrafos: uno rojo y otro azul. Y fue entonces, cuando al soltarlos en la mesa uno de los bolis alcanzó el borde superior del pupitre para precipitarse al suelo y caer fuera de su alcance, que se fijó en una chica situada en la fila de bancas justo delante de él, tres sitios a su derecha. En esos instantes tomó consciencia de aquella compañera con la que ya había coincidido en algunas clases, más de una, pero en la que hasta ese momento, hasta aquella mañana gris, no había reparado. Cuarenta y cinco minutos después el profesor salía de la clase, aunque Esteban, hasta el momento en el que sus amigos se situaron delante de su campo de visión, no se había percatado de ello. Una mano que pasaba de arriba abajo por sus ojos le sacó de su ensimismamiento.

Oberon

            Todos miraron asombrados al cielo cuando una sombra comenzó a pasar por encima de las cabezas de los habitantes de Eberlan. El rumbo del objeto, de aquella cosa sorprendente y desconocida, era hacia el centro de la ciudad donde se encontraba el palacio del príncipe regente Herack. Aquel ingenio volador se detuvo, flotando, sobre el centro del palacio y comenzó a descender lentamente al tiempo que una escala de cuerda era descolgada por uno de los lados. Cuando aún faltaban más de 10 metros para alcanzar el suelo, una figura, parecida a un ser humano, pero cuyos movimientos y agilidad indicaban que era otra cosa, descendió por la escala. En el patio esperaba el mariscal Garbren que no pudo evitar la pregunta a la figura que acababa de posarse grácilmente a su lado:
-Mi señor, príncipe Senlahar, ¿cuál es el nombre de este… Bajel?
-¿Acaso no es obvio? – Hizo una pausa.- Oberón- Y con una sonrisa, añadió-  Como el rey de las hadas.

07 marzo 2011

Cristales

Su nombre era Fernando. Para ser más concretos se llamaba Fernando García Linares y vivía en el 4º piso del bloque número 14 de una calle situada: ni lejos del centro de la ciudad, ni lejos de las afueras. O sea, que vivía, como a él le gustaba decir: “En medio”.

Fernando o Fer, como lo llamaban sus amigos, era un joven de 23 años al que le quedaba como poco uno más de la cuenta para terminar su carrera. Y no porque no estudiara sino porque ese año extra era lo que todos los que no fueran unas lumbreras, él no se contaba entre esos, tenían que echar casi de forma obligada, cuando no caía otro más. Así que con suerte terminaría con 24, si es que no lo hacía con 25. No era algo que le preocupara en exceso, es más, casi le gustaría prolongar aquellos años de estudio bastante ya que se encontraba muy a gusto en aquel ambiente. Una cosa que le dolía era que sus notas no eran lo suficientemente buenas como para competir con otros compañeros a la hora de entrar con alguna beca en algún departamento. Requisito fundamental si querías entrar a formar parte de la Universidad sin tener que esperar un golpe de suerte. Uno que él sabía que existía pero con el que en una mente cabal como la suya no podía contar.

A Fer físicamente se le podría describir en pocas líneas: no era ni muy alto ni muy bajo, tenía la estatura justa para ver por encima de la mayoría así como para no ir teniendo que vigilar con qué chocaba su cabeza. Su complexión ni muy grande ni muy pequeña, la justa para poder comprar ropa sin problemas y no ser pequeño. En cuanto a su pelo era moreno y lacio. En cuanto al resto de facciones eran bastante anodinas, la gente le recordaba, pero era, generalmente incapaz de dar una descripción precisa. Sus ojos eran marrones claro, pero siempre denotaban que tras ellos había una mente en pensamiento continuo. Aunque esto no siempre había sido así ya que antes de operarse de la miopía casi siempre estaban ocultos sus ojos tras unos cristales que impedían ver su verdadero brillo.

Era una tarde de verano sorprendentemente fresca. Fer se encontraba sentado en los escalones de una escalinata a la sombra que le permitían controlar desde lejos el lugar donde había quedado con sus amigos para ir a echar un partidillo de fútbol o, como a el le gustaba decir, “pegarle patadas a una pelota”, ya que eso de que jugaran al fútbol no lo tenía tan claro. La mochila que llevaba reposaba entre sus pies en el escalón siguiente. Sus manos descendieron a uno de los bolsillos y tocaron un bulto rectangular de unos 12 cm. de largo, 5cm de ancho y 3 cm. de alto. Abrió la cremallera del bolsillo y sacó una funda de gafas de color azul oscuro. Aún llevaba consigo las gafas que, si bien aquellas exactamente no, le habían acompañado toda su vida. Aquel objeto ajeno a su cuerpo era una parte de su persona por mucho que quisiera pensar que no. A él le pasaba con las gafas como les sucedía a muchas personas que se acostumbraban a llevar una pulsera, un collar, un reloj, o cualquier otro objeto en contacto con su cuerpo y les costaba trabajo no llevar nada de eso puesto y, a él, le ocurría con las gafas. Y no era solo cuestión del acomodamiento físico a llevar las gafas sino también del mental. Miró a lo lejos y se perdió en los soportales de la plazoleta. Distinguía perfectamente los colores, las formas de los objetos a lo lejos, incluso podía ver bien las líneas que formaba cada ladrillo de la pared o, de las láminas de piedra de las columnas. Aquel grado de detalle le hubiera sido imposible cuando llevaba las gafas. Los cristales correctores no eran capaces de corregir completamente toda la miopía que tenía antes. Ese fue uno de los motivos por los cuales decidieron sus padres que era un buen momento para operarse. Fer al principio estaba de acuerdo, aquella sencilla operación, aunque con algunos riesgos, le iba a permitir llevar una vida mucho más cómoda y a poder disfrutar de algunas cosas que nunca se había atrevido a hacer cuando llevaba las gafas; pero después de la misma se dio cuenta de que no sólo en su vida había cambiado la comodidad, sino que también otras muchas cosas. Cerró los ojos y, luego, tras unos minutos, los abrió para mirar la hora en el teléfono móvil. Había llegado pronto, cosa poco habitual en él. Volvió a cerrar los ojos.

El tiempo en la oscuridad parecía tomar otra dimensión. Lo sonidos también cambiaban, aunque a aquella hora apenas había ruido alguno en la calle. Todo estaba bastante calmado, como solía ocurrir en las tardes de verano. Su mente retrocedió al mes antes cuando aún precisaba de las gafas que tenía ahora en su mano. El mayor cambio era uno que no esperaba, su percepción de las cosas se había modificado, las distancias por ejemplo eran diferentes. Las formas de muchas cosas más definidas, más exactas. Se estaba adaptando a una nueva forma de percibir. Ahora podía ver por sus ojos sin unos intermediarios transparentes. Todo aquel conjunto de experiencias le habían llevado a reflexionar sobre la fragilidad de la realidad, de la verdad. Sacó las gafas de su funda y, situándolas abiertas a unos 30 o 40 centímetros, miró a través de las lentes. La imagen se le presentó completamente borrosa y deformada. Lo que veía a través se mezclaba con lo que percibía más allá de los bordes metálicos que sujetaban los cristales. Allí mismo podía cambiar la realidad de la calle, de lo que veía. Se preguntó cómo se podía hablar tan a menudo de la Realidad como algo inamovible, algo que siempre era único. No le entraba en la cabeza. Aquella certeza, de que la realidad no existía, siempre la había tenido, pero nunca se le había presentado un ejemplo tan palpable. Su realidad había sido transformada. Lo que para él antes era un rojo mate y sin brillo ahora era un rojo fuerte y brillante. Donde antes había un límite a lo que veía ahora no. Lo que antes se le antojaba como más grande ahora le parecía más pequeño, todo fruto de la definición. Así un largo etc. Y todo aquello eran sólo ejemplos sencillos. Otro ejemplo del cambio en su realidad era el cielo por la noche que ahora tenía más estrellas (aunque no en ciudad que daba lo mismo ser o no miope a causa de la cantidad de luz) En su mente, en su vida, una realidad había dado paso a otra. Una se había vuelto falsa y la otra verdadera, pero eso no le entraba en la cabeza. Lo que había antes ya no existía, es cierto que el cielo ahora tenía más estrellas, ¿pero cómo podía estar seguro a su vez de que no había otras pero que no veía? ¿Cómo podía llamar a lo nuevo real y a lo antiguo no? La única respuesta era que la realidad era una constante variable. Así, al menos, era la forma más sencilla y con más sentido que había encontrado, a pesar de la contradicción, para explicarlo.

Las gafas se escurrieron de entre sus dedos mientras divagaba y cayeron al suelo golpeando las lentes con el borde del escalón. La del ojo izquierdo salió despedida y la del derecho se resquebrajó. Antes de que colisionaran contra el suelo intentó cogerlas sin éxito al mismo tiempo que soltaba algunos improperios. Recuperó los trozos y sonrió en una mueca torcida. Era el primer golpe que le daba a aquellas gafas. Alzó la montura con un solo cristal y miró a través de él obteniendo una vista deformada y fragmentada de la pared del fondo, en conjunto a lo que su vista apreciaba alrededor de la estructura metálica - Y una nueva realidad se abre ante mí - Pensó. Cerró las gafas y las puso de nuevo en la funda para después mirar por el cristal izquierdo. La vista era diferente a cuando, unos minutos antes, mirara a través de aquella misma lente pero aún engarzada en la montura de las gafas. El mismo pensamiento se formó en su cabeza.

- Una realidad… Varios Cristales- Pensó en voz alta y comenzó a girar el cristal que tenía en la mano mientras centraba su vista en él. Según la posición de la lente la imagen se deformaba de una u otra forma.

Sus amigos llegaban por el extremo opuesto de la plaza, se levantó y se acercó a ellos; mientras miraba a través de la lente. Su mente comenzó a elaborar una teoría, una que obviamente no era suya, algo que había estudiado o al menos leído en filosofía cuando estaba en el instituto y que parecía no había llegado a comprender hasta aquel momento. Al menos así lo creía – Así, si la realidad se deforma tan fácilmente, no existe… O bueno, no es que no exista sino que tan sólo vemos una pequeña parte. Cada uno, se podría decir, miramos a la misma realidad pero lo que vemos es diferente, está condicionado por el “cristal” con el que miramos, sea este impuesto o consentido. Qué simple y que complejo. Y es más, diría que triste, ya que nos perdemos la mayor parte de lo que es la realidad sujeta a nuestra mirada subjetiva, nuestra vista acondicionada por filtros que nos la hacen llegar diferente, acomodada y puede que en definitiva acondicionada a nuestra mente. Tal vez en un futuro seamos capaces de ver el todo por encima de nuestros propios cristales y conocer íntegra y al 100% la realidad.

La pelota rodó hasta sus pies propulsada por una patada de sus amigos. Con un poco de esfuerzo (hacía muchísimo que no jugaba y por lo tanto no estaba lo que podía decirse fino) consiguió detenerla y echarla de nuevo más o menos recta. Mientras el balón se alejaba de sus pies retomó, aunque en un segundo plano sus reflexiones. No pudo dejar de pensar cómo sería ver aquel objeto rodante desde otros ojos, con otras lentes, en definitiva con otros cristales –… Cuántos más mejor – Pensó.

06 marzo 2011

Una Vieja Historia...

Lo cierto es que sigo con esas "vacaciones de blog", pero al mismo tiempo me cuesta trabajo no "actualizarlo". Así que he llegado a un término medio entre "el abandono y la dedicación". Mientras sí, mientras no, me pongo de nuevo a escribir aquí "de verdad", voy a aprovechar muchas de las cosas que tengo por ahí escritas y perdidas de la mano de dios.

Empiezo este "desempolvar el baúl de los recuerdo" con algo que se llamaba, "Café solo" (Cuyo título antes de la reforma de la RAE, sería lo suficientemente explicativo como para no tener que leerse el texto entero, o para darnos una idea del posible "eje principal" del mismo)

Este texto tuvo principalmente dos fuentes de inspiración...

[...]

Café solo



La luz interior iluminaba tenuemente, del exterior apenas entraba nada,
proporcionando al lugar un aspecto que podría considerarse íntimo o lúgubre,
dependiendo de quien mirase. Las sillas eran bastante cómodas, al menos cuando se les
cogía la postura, de metal con muchas filigranas en el respaldo, intentando sin conseguirlo parecer de “época” (allá por el principio del siglo XX) Las mesas iban a juego con las sillas y la mayoría eran pequeñas y redondas, no permitiendo más de dos
o, tal vez, tres personas. Aunque había algunas rectangulares en las que cómodamente podían sentarse tres, cuatro y pudiera ser que cinco.
De la superficie del líquido oscuro, negro, que había en la taza ascendían pequeñas volutas de humo lenta y pausadamente, sin prisa; pacientes, extendiendo poco a poco el aroma de la infusión conforme se iban desvaneciendo. Aquel juego de líneas curvas ascendentes era observado atentamente por un hombre joven, en cuyas manos podían apreciarse un pequeño cuadernillo y un bolígrafo, o pudiera ser un lápiz, con aquella luz era difícil saberlo. De vez en cuando escribía algo, dos o tres palabras, sin apartar la vista de las volutas.


De unos altavoces situados en algún lugar del local surgía música. El volumen de la misma no era alto con lo que viajaba, manteniéndose de fondo, por todas partes creando un ambiente agradable para charlar o para pensar. En las paredes había numerosas fotografías, creando un magnífico mural por
toda la pared, en blanco y negro. La temática era variada: tanto de actores, películas, como de paisajes o desnudos de gente desconocida. También podían verse algunas locomotoras, tranvías, etc. Uno podía pasarse horas mirando las fotos de la pared de aquel lugar.


Las volutas cada vez eran más perezosas para salir hacia arriba desde la lisa superficie del líquido de la taza, lo cual indicaba claramente que se estaba enfriando. El joven seguía absorto en el corto viaje de los hilos de vapor y de vez en cuando continuaba haciendo anotaciones en su cuaderno sin mirar. Al lado de donde se sentaba pasó un grupito de tres personas que se dirigían a una mesa más al interior del local. El aire que movieron a su paso provocó nuevos dibujos, en las cada vez menos numerosas, volutas que comenzaron a formar espirales y pequeños remolinos juguetones. Los ojos
del joven no parecieron cambiar de posición ni en su rostro se mostró algún cambio que indicara que había apreciado el que se había producido en el objeto de su observación. Finalmente desde los bordes de la taza comenzaron a no ascender los hilillos de vapor que indicaran que estaba caliente, pero él seguía mirando hacia el mismo sitio como si todavía continuaran subiendo. Aún no había tomado ningún sorbo. Ni siquiera había movido la taza para acercársela un poco más ni para echarle el azúcar. La cucharilla y el sobrecito aún permanecían, inalterados, como el camarero los había
dejado, a un lado, en el borde del platillo. El conjunto formado por taza y platillo era de color azul claro con numerosas filigranas de un blanco nacarado (que de alguna forma recordaban a las volutas que antes ascendieran) haciendo parecer que era caro. Anotó algo más en su cuaderno, esta vez durante varios segundos que casi completaron un minuto. En algún punto del local sonaron par de cortos pitidos que indicaban el paso de una nueva hora, concretamente acababan de dar las seis de la tarde, o como a algunos les gustaba más, las 18 horas. 


Nada ascendía ya desde el templado círculo del líquido oscuro confinado en la taza. Y en ese momento, cuando la última voluta se retorcía en el aire, perezosa, para ascender y desaparecer disgregada, el joven tomó el sobrecillo de azúcar, cortó una de las esquinas, practicando una abertura pequeña, y comenzó lentamente, como si quisiera contar cada granito cristalino, a verterlos en la taza. Uno a uno, en pequeños grupos de de tres, tal vez cuatro o puede que cinco, se precipitaban al vacío para ir hundiéndose poco a poco y disolverse en la bebida templada. Entonces, de súbito, cuando la mitad del paquete se encontraba ya en la taza dejó el hombre de echar y depositó el abierto sobrecillo de nuevo en el borde del platillo junto a la cucharilla y quedó como si no hubiera sido movido. La única prueba hubiera sido ver que estaba abierto y a la mitad. El joven pasó página a su cuaderno, chupeteó la parte superior del bolígrafo, se llevó la mano al bolsillo y de ahí apoyó la punta del boli contra la nueva hoja en blanco y comenzó a escribir. En esta ocasión no fueron unos segundos, sino que sus trazos se prolongaron durante algunos minutos llegando incluso a pasar a una nueva
página y detenerse a mitad de ésta. Eran las seis y veinte de la tarde o, las 18:20 horas.


El sobrecito de papel que contenía el azúcar estaba de nuevo en las manos del hombre que vertía el contenido sobre la bebida. En esta ocasión los granillos se precipitaban con más velocidad. En menos de un segundo o, puede que dos, el sobrecito quedó vacío completamente. De nuevo regresó a su lugar junto a la cucharilla que aún permanecía, como todo menos el azucarillo, en el lugar que el camarero la depositara. Una vez más comenzó a escribir en las hojas, esta vez volviendo atrás sobre las que ya
tenía escritas.  Por los trazos se veía que corregía, que tachaba y superponía unas palabras sobre otras. La aguja larga de algún reloj alcanzaba el seis. Eran las seis y media o, las 18:30 horas.


Hacía un pequeño rato que el azúcar había llegado al fondo, y que el hombre se dedicaba a tachar y reescribir, cuando detuvo su mano manteniendo la punta del bolígrafo sobre el papel y miró fijamente la silla vacía frente a él. 


Eran las siete de la tarde o, las 19:00 horas, y el hombre aún seguía con la vista inamovible sobre el respaldo de la silla. Si alguien lo hubiera estado mirando durante esos treinta minutos hubiera podido afirmar sin equivocarse que ni siquiera había parpadeado. En ese tiempo había escrito de nuevo en su cuaderno palabras sueltas sin mirar lo que hacía. Situó su cuaderno delante de sus ojos y comenzó a leer, aparentemente, todo lo que había escrito desde la última hoja hasta la primera. Al llegar
al principio volvió a releerlo todo hasta el final. En aquel rincón del mundo se llegaba a las siete y veintitrés de la tarde o, las 19:23 horas, según algunos. Dos minutos después ninguna hoja que estuviera en blanco permanecía sujeta a la anilla del cuaderno. La mayoría yacían puestas, muchas sobre otras, dispersas sobre la mesa, pero la mayoría sobre el regazo. De nuevo comenzó la tarea de tachar y corregir. Y aquello no era lo único, las hojas eran movidas de su posición, cambiadas de lugar, de vuelta al regazo, a otro lugar de la mesa, las menos afortunadas, eran arrugadas y depositadas en una bolsa junto a la silla del hombre. Si las hojas hubieran tenido colorines hubiera parecido que estuviera montando algún tipo de puzzle. 


Tras un buen rato, un reloj marcaba las siete y cuarenta y siete de la tarde o, las 19:47 como le gustaba a algunos, el hombre parecía satisfecho con el orden de las hojas en la mesa. Tomó las que aún quedaban en su regazo y, tras doblarlas y rasgarlas, las echó en la bolsa. Después de eso comenzó a tomar con meticuloso orden y, con lentitud, cada hoja sobreviviente, leyéndola antes de ponerla sobre sus piernas. Una vez hubo terminado de coger las hojas de la mesa golpeó el taquito para ponerlas todas al mismo nivel y lo introdujo entre el cuaderno que, inmediatamente después, fue a parar a una carpeta negra apoyada en la pared al otro lado de la silla, oculta hasta ese momento por la bolsa. 


Las ocho menos diez o, las 19:50 horas. La cucharilla por fin fue tomada y sumergida en el café helado. Lentamente comenzó a remover. Los ojos estaban clavados en las espirales negras que se formaban y en el centro vacío del remolino artificial. Cesó el movimiento circular para sacar la cucharilla y mantenerla algunos segundos sobre la taza a la espera de que escurriera. Luego fue depositada en el platillo junto al sobre vacío del azúcar, casi sin dar muestras de haber sido utilizada. Ambas manos tomaron la taza, para unos minutos después volver a buscar la bolsa y la carpeta. La taza aún no se había movido del sitio donde el camarero la había puesto. En el reloj de alguien que pasaba junto a la puerta de aquella cafetería la aguja larga acababa de llegar a las 12 y la pequeña a las 8. Daban las ocho de la tarde, o las 20 horas, como algunos prefieren decir. El hombre se levantó, cogió sus cosas y se dirigió a la caja registradora situada en la barra.
- ¿Qué ha sido? – Preguntó el camarero mientras buscaba la nota.
- Un café solo – Contestó el hombre.
Hugo siguió con la mirada a aquel hombre que le había llamado tanto la atención, con aquel comportamiento tan excéntrico, que le había llevado a él y, a sus dos amigos, a mirarlo más de lo que la educación mandaba. Y fue al volver la vista hacia sus amigos una vez que el hombre desapareciera por la puerta cuando observó que una hoja había quedado sobre la mesilla redonda. Hugo se levantó rápidamente, se acercó a la mesa y cogió la hoja, para salir rápidamente en busca del hombre; pero al
salir por la puerta ya no había ni rastro de él. Miró a ambos lados repetidamente y se quedó de pie, pensativo, con la hoja entre sus manos. La miró varias veces y finalmente se decidió a leer lo que ponía mientras se decía a si mismo que era algo que no debía hacer, pero su curiosidad pudo más; así que leyó. Las palabras estaban un poco desordenadas, situadas sin un orden claro, dispersas por toda la hoja. Y no sólo el orden era un factor importante, sino también la limpieza, ya que había muchos tachones. Al fin estructuró lo que había sido escrito y pudo entender y leer, más o menos ""Para
oídos (tachones) que las palabras son como (más tachones) tenues volutas de humo (más) que se dispersan al viento (muchos más) sin sonidos lo único que podían conseguir las voces de mi alma era (muchos más) un “Café Sólo”"" Una vez leído volvió junto a sus amigos, las palabras resonaban en su mente, la hoja aún estaba en su mano, pero no entendía qué había querido decir aquel hombre. Al pasar al lado de la mesa se dio cuenta de que la taza estaba llena, sin siquiera haber sido probada una sola vez y, en ese instante, pensó – Un Café Solo – Comenzó a entender las palabras y a
imaginar el porqué escribía aquel hombre de aquella forma, porqué miraba los vacíos. Porqué tomaba sólo un café solo. En algún lugar un reloj cualquiera marcaba las ocho y diez o, las 20:10 según algunos.


Por José Tacilla.

Información al Navegante:

Quiero pedir al lector que pueda visitarme arrastrado por la fuerza de la espiral, que cuando lea algo en este blog sea consciente de que muchas entradas son escritas rápidamente y no realizo sobre ellas un minucioso examen de corrección ortográfica o gramátical. Aunque sin duda intento, dentro de lo posible, escribir sin errores de este tipo. Por ello estaré muy agradecido a todo aquel que se tome la molestia de indicarme cuando ha detectado algún fallo y también le pido, que por favor, no tome nada de lo que aquí se lea como lo correcto. Muchas gracias y ahora: ¡Disfruta perdiéndote entre Espirales!

Geo-Mapa...

...