Siempre me había considerado una persona cabal, incluso tal vez en exceso demasiado centrada, por lo que nunca me habría imaginado haciendo lo que hice dos semanas atrás. Y seguramente si le preguntaras a cualquiera de los que me conoce, o haya conocido en algún momento, te diría rotundamente que: “yo no habría hecho eso”. Pero parece ser que esta vida no se cansa de enseñarme que nunca podemos estar seguros de nada.
Todo empezó en Octubre del año pasado, ahora estamos en Junio, así que han pasado unos cuantos meses desde el comienzo. El detonante fue una carta de mi amigo Ismael, al que no veía desde hacía más de tres años y con el que había perdido el contacto completamente, ni siquiera nos intercambiábamos emails. He de decir que me sorprendió recibir la misiva (había cambiado de domicilio hacía pocos meses) tanto como me alegró. El sobre se apreciaba gordo y ajustado, no haciéndome falta abrirlo para saber que me iba a encontrar un buen número de folios. ¡Un montón!, todos llenos con la menuda y garbosa letra que, a pesar del tiempo pasado, conocía a la perfección ya que fueron muchos años codo con codo en los pupitres, primero del instituto y luego de la facultad.
Recuerdo que abrí la carta con rapidez nada más entrar por la puerta, pero no pude leerla de inmediato ya que Atreyu, mi perro San Bernardo, acaparó toda mi atención lanzando su pesado cuerpo contra mi persona en un cariño-súplica por la comida. El gordo de mi perro es un maniático de las horas, cuando no le doy de comer o lo saco a pasear a la hora que está acostumbrado, se pone de lo más pesado. Así que la carta cayó encima de mi escritorio junto a mi portafolios y la mochila para el portátil.
No volví tener noticias del sobre a reventar de folios, hasta una semana después, al estar enterrada bajo un montón de páginas, apuntes, libros y cientos de tareas pendientes. Aún me cuesta creer que estando ya tan informatizados sigamos gastando papel como lo hacemos. Incluso diría que ahora gastamos aún más. Así que, aprovechando la tarde libre del sábado, me repanchingué en mi silla de respaldo alto, ergonómica y perfectamente regulable, y comencé a leer ávido por las noticias de mi desaparecido amigo. En las primeras líneas decía las cosas típicas: “¿Cómo estás?, ¿Qué tal el trabajo?, espero que todo vaya bien” y todo así por el estilo. Pero llegando a la segunda página todo comenzó a ponerse más extraño, si realmente no lo conociera tan bien habría pensado que no estaba muy bien de la cabeza. Yo ya conocía aquella faceta suya de apertura a los demás, que resultaba a veces muy, muy dura, que asustaba; y de idealismo. Porque sí, mi amigo Ismael siempre había sido un idealista para algunas cosas y siempre un poco incomprendido, incluso por sus amigos. Aunque en el fondo lo entendíamos mejor de lo que nosotros mismos éramos conscientes. Todo aquel montón de letras escritas a partir de la segunda página y que eran tan extrañas se podían resumir en: “Pronto tendré que pedirte un favor muy importante para mi”; pero en ninguna parte me decía el qué, aunque por todo lo que me contaba y, dado que habíamos compartido un montón de años y vivido muchas experiencias juntos, mi subconsciente sí se comenzó a hacer una idea.
La revelación sobre lo que quería mi amigo llegó casi tres meses después, bastante pasado el año nuevo, en realidad, en la segunda quincena de Enero. Ésta se produjo, primero con una llamada de teléfono y después con otra nueva carta. La llamada fue de la hermana de Ismael para darme la terrible noticia de que había muerto. He de reconocer que me tomó completamente por sorpresa y no fui capaz de articular ninguna palabra hasta casi un minuto después. Que Ismael hubiera muerto me resultaba increíble y más por aquel motivo, aunque ciertamente tenía sentido. El pobre había desarrollado cáncer de hígado que, al serle detectado tardíamente, se extendió a otras partes del cuerpo. El tratamiento fue quimioterapia, pero no funcionó y por desgracia se encontraba muy desarrollado y arraigado, además de ser un tumor maligno. O sea, que o la “quimio” acababa por funcionar o le quedaba poco tiempo de vida, unos meses, como mucho un año. Pero ese poco tiempo, según me comentó Lucía, la hermana, se había convertido en tres años y unos cuantos meses. Tras hablar con Lucía y enterarme de todo lo ocurrido me sentí fatal ya que empecé a ajustar cuentas y perdí el contacto con Ismael precisamente cuando le diagnosticaron el cáncer. Nunca me hubiera imaginado que fuera por algo así. No pude evitar, y realmente aún lo hago, pensar que fui “un dejado” y abandoné a mi amigo. La palabrería extraña de la primera carta cobró un claro sentido cuando el destino de Ismael fue puesto en mi conocimiento.
El entierro fue en nuestra ciudad natal, por lo que tuve que realizar un largo viaje, pero era lo menos que podía hacer. Acudí al mismo por los familiares ya que Ismael siempre bromeaba que cuando muriese, si nosotros moríamos antes él lo haría, lo que debíamos hacer era irnos a aquel pub de la época de la facultad y beber una pinta a su salud. Eso fue lo que hice en cuanto terminó el servicio y los familiares comenzaron a dispersarse. Sin las palabras de la primera carta me hubiera sentido decepcionado al ver que yo era el único amigo de Ismael de “nuestro grupo” en el entierro, pero de alguna forma me había advertido. Más tarde, por Lucía me enteré de que él, expresamente indicó que me avisaran únicamente a mí.
Cuando volví a mi casa encontré una nueva carta de mi difunto amigo y, me maravillé, al mismo tiempo que me entristecí enormemente. En esta ocasión era más comedida, solamente dos folios en los que ya sí, por fin me especificaba “aquel favor que me pediría”. Tuve que leerla dos veces porque no me creía lo que me ponía, lo que quería, pero luego recordé quien era Ismael y la sorpresa, el quedarme atónito, se quedó fuera, al otro lado de la puerta, en la escalera.
Febrero, Marzo, Abril y Mayo se sucedieron rápidamente antes de tener la posibilidad de poder hacerle aquel último favor a mi amigo, en algún momento (realmente a cada uno de ellos) pasaba por mi cabeza que: no podría hacérselo y que aquello era una locura de las de estar mal de la cabeza; pero no podía dejar de decirme a mi mismo que ojala todas las locuras de los seres humanos fueran como aquella, como la de Ismael y como la mía que le seguía, curiosamente me descubrí haciéndolo no porque me diera pena, o porque pensara que se lo debía, sino porque estaba convencido de que tenía razón y que ¿por qué no se podría hacer? Tardé en darme cuenta de que uno de los motivos por los que me habló en la primera carta tan raro, tan extraño, fue para intentar no influir ni con sus palabras, ni con su estado, ni con su inminente defunción, en mi decisión de llevar a cabo aquella última petición, aquel último deseo.
Finalmente allí estaba yo, preparado para a partir del seis de Junio, hacer aquella locura y, curiosamente, todos los preparativos, todo el artificio no sirvió para nada, sino que todo sucedió, en cierto modo por casualidad. Fruto del azar me vi “forzado” a adelantar mis planes para “forzar” la casualidad. Ya sé que aún no os he dicho en qué consistía aquel favor, pero tenía que ser un poco enigmático para ser fiel a mi amigo. Como alguno habréis supuesto el favor estaba relacionado con una mujer, o puede que no lo hayáis hecho. Lo cierto es que Ismael, en la época del instituto estuvo profundamente enamorado de una chica, ¿quién no lo ha estado?, ¿quién no ha sentido ese primer amor? Y, ¿quién no lo ha olvidado ya aún cuando se acuerda levemente de él? El pobre nunca llegó a nada con aquella chica, ni siquiera algo de amistad, lo cierto es que fueron compañeros de clase, por decir algo, un año, después cayeron en clases separadas. Una vez, cuando ya se acercaba el final del instituto, si no me falla la memoria sería a principios de Mayo, Ismael se me acercó a la salida y me pidió que nos fuéramos a tomar algo los dos solos. Esa fue la primera vez que se sinceró completamente conmigo. Me contó lo vacío que se sentía, parte de sus sueños, de sus deseos, de sus metas, centrándolo en como veía el la amistad, las relaciones entre las personas y en especial eso que llamamos amor. He de reconocer que en un principio se me pasó por la cabeza que precisaba ayuda sicológica, puede que así fuera, pero con el paso de los años, de tratarlo más y, conocerme más a mi mismo, a él y a otra gente; me encuentro más cerca de compartir su visión que de no hacerlo, de saber que estaba completamente sano, tanto en su mente como en su corazón y que por suerte o por desgracia, no se había mancillado con el paso de los años; motivo por el que resultaba tan raro y asustaba a veces. Esa vez me comentó que estaba seguro de que nunca se olvidaría de aquella chica y, he de decir que no exageraba, siempre la recordó con una especie de cariño obsesivo. Aunque con el tiempo el recuerdo iba quedando más lejano, pasaban otras mujeres, pero de alguna forma siempre la tenía ahí. Y también que una parte de él esperaba que ella se acordara aunque fuera de pasada de él. Incluso quería pensar, aunque decía que sabía que no (y tristemente tuvo razón), que sus caminos se volverían a cruzar. Ya os he dicho que estaba preparado para hacerle aquel favor y que todo se precipitó. El destino quiso que, por alguna extraña circunstancia de la vida, el primo de un amigo, de un amigo, hubiera entablado amistad con la chica aquella (ahora toda una mujer, preciosa por cierto) hacía aproximadamente año y medio. Coincidí con ella en una fiesta de mi amigo pero no le di más importancia, realmente ni la había reconocido, pero al final de la noche acabamos hablando y llegando a nuestra época del instituto donde nos dimos cuenta de que nos habíamos conocido antes. Como suele ser normal en estos casos intercambiamos el número de teléfono, el correo electrónico, y quedamos en llamarnos para tomar un café. Un ejemplo de un ritual que hacemos estúpidamente ya que mi experiencia dice que sólo el 1% realmente tiene intención de volverse a ver, una pena ya que yo pongo siempre todo mi empeño, pero también es cierto que cada vez menos fruto de muchas desilusiones a lo largo de los años (y es algo que no entiendo, si no quieres no digas que sí quieres, pero bueno, una muestra más de la absurda conducta humana) Por todo esto, me encontré con que el día tres, un bonito viernes, era el cumpleaños de este amigo que tenía un amigo que estaba en contacto con aquella mujer, el amor del instituto de mi amigo, y que por lo visto iría.
La fiesta estuvo bien, primero salimos de tapas los amigos más cercanos y luego, más tarde, todo el grupo, primero de pubs y después de discotecas. Me costó un rato mentalizarme para decir lo que tenía que decir, para llevar a cabo el favor. Por más que me había intentado autoconvencer y prepararme, ahora que estaba cerca, que llegaba el momento de hacerlo, me fallaban las fuerzas y la voluntad, pero de nuevo las cosas discurrieron para que pudiera llevar a cabo mi misión. Hacia el final de la madrugada nos quedamos solos, ella iba a coger un taxi para volver a casa y yo me ofrecí a llevarla, ya que me pillaba de camino, eso dije al menos, y era completamente mentira. Tardamos media hora en llegar a su portal y entonces aquel era el momento. “¡Te voy a decir una cosa!” Dije poniéndome muy serio y mirándola fijamente, ella me devolvió la mirada (estoy seguro de que no se esperaba lo que solté a continuación) “¿Te acuerdas de Ismael?” Dudó un poco antes de contestar un poco sonoro “Sí, claro… ¿Cómo está?”. “Bien, bien lo vi hace poco” (¡Cuántas mentiras en tan poco rato! Pensé para mi mismo en ese momento) “No te olvida y aún te tiene en su corazón” Me costó horrores pronunciar aquellas palabras y más viendo el rostro de ella, entre sorprendido y asustado. Sin decir nada se bajó del coche y cerró la puerta. Se alejó con paso rápido y desapareció a los pocos segundos tras la puerta del portal. Yo me quedé aún unos minutos con el motor en marcha un tanto traspuesto. Luego arranqué mientras pensaba “Ya está hecho”.
Habían pasado tres días desde la confesión de mi amigo a través de mis labios cuando recibí una llamada, era ella: “Hola”, dijo con un tono nervioso. “Hola” respondí yo, imagino que con igual tono, se notaba cierta tensión. “Me parece un poco fuerte lo del otro día” Prosiguió ella. “Ya me imagino” le contesté. “Pero ¿sabes qué?, podríamos tomarnos ese café que dijimos hace un año o más y… Dile a Ismael que se venga”. Aquellas palabras me pillaron por sorpresa, fueron alegres (y también muy tristes) por lo que tardé un poco en reaccionar y responder un poco creíble: “Está bien, ya le llamaré y te llamo ¿vale?” “Vale, adiós”. Contestó y colgó.
Me quedé unos minutos (una hora o más realmente) tendido en el sofá sin saber qué hacer o qué decir. En mi mente y mi pecho se agolpaban pensamientos contradictorios. Había hecho lo que Ismael me había pedido, llevar el recuerdo que tenía hasta más allá de la muerte, entonces, ¿por qué me sentía tan extraño? Un poco como un traidor. Lo descubrí cuando por la noche la llamé para tomar aquel café, aquel que mi amigo nunca se tomaría; y es que, yo había tardado 15 años en darme cuenta de que estaba enamorado de la misma mujer que mi amigo, que ambos tuvimos el mismo primer amor.