También para oír...
¿Queréis saber sobre la historia de "La Dama del Lago"? Y no me pongáis esa cara de "ya la sé". Seguro que todos pensáis que su origen es el mito de la espada Excalibur y el rey Arturo, señor de Camelot, pero no, ocurrió mucho antes. Aunque, también tenía que ver con caballeros.
Gallard era un joven y apuesto caballero. De cabellos castaños y largos, siempre ondeantes al viento, con sus bucles hermosos. Sus labios eran la imagen de un dulce fruto y, las damas de la corte suspiraban por poder probarlos. Su mandíbula era fuerte, marcada. Y sus ojos de ámbar, penetrantes, habían robado más de un corazón. También era, además de atractivo, un portento en el campo de justas y sorprendía a los eruditos con sus conocimientos. La lista de doncellas de la corte que deseaban sus favores, casi no tenía límite. Pero como suele ocurrir en estos casos, el destino siempre es cruel.
El corazón de Gallard había sucumbido ante la única mujer fuera de su alcance: la princesa Rehba, de los Robleoste. Dulce dama de cabellos morenos, rizados y largos como una mañana de verano. Con una sonrisa como la primavera, unos ojos tan azules como el Lago de Zafiros y unos labios como las primeras fresas. La joven princesa había sido prometida a un rey lejano y, cuando cumplió la edad, fue enviada allende de los mares. Gallard despareció aquel día. Dejó sus tierras, su armadura, su espada, todo.
El joven caballero, con su rostro hermoso transformado en una mueca de dolor y con los ojos anegados de lágrimas, pues ya ni tan siquiera podría atisbar la dulce mirada o, escuchar la clara risa de aquella única mujer, a la que, en secreto, entre suspiros, amaba; abandonó todo lo que conocía, ávido de olvido.
Así llego a Verdesviejos, el bosque al sur del reino donde nadie se aventuraba, no al menos de noche, porque según decían, allí vivían criaturas que estaban antes siquiera de la creación del tiempo. Y en el centro de aquel bosque, de aguas lisas y tranquilas, se encontraba el Lagonoche, porque era tan oscuro e impenetrable como una noche sin luna ni estrellas.
Los pies del caballero le llevaron hasta la orilla del lago y sus lágrimas cayeron sobre la superficie creando suaves ondas. Las rodillas clavadas en el fango y las manos cruzadas en el pecho. Así permaneció desde la mañana hasta la noche. Después, con los ojos rojos por el llanto y el corazón en miles de pedazos, encendió una hoguera y pasó la noche al lado del lago.
A la mañana siguiente, sacó un afilado hacha de sus alforjas y comenzó a construir una cabaña. Su alma le urgía a dejar atrás todo, a intentar alejarse de cualquier cosa que le recordara a la preciosa Rehba. De nuevo las lágrimas hicieron presa en él, porque el simple hecho de intentar olvidar traía, irremediablemente, el recuerdo de la princesa.
Gallard, cada amanecer, iba a la orilla del lago negro y dejaba que sus lágrimas cayesen en aquellas aguas, pues no conseguía olvidar o encontrar calma para su alma. A veces miraba al cielo, casi siempre gris, y gritaba contra el destino cruel que no le dejaba olvidar o morir.
Los años pasaron para Gallard, perdido en aquel bosque en el que nadie se adentraba. Y los años se convirtieron en lustros y, más tarde, en décadas. El tiempo se sucedió hasta que quien fuera un joven y aguerrido caballero, se convirtiera en un anciano consumido, consumido por la edad y la pena.
Era otoño y el sol aún no había comenzado a dejarse ver por las distantes montañas cuando el anciano Gallard salió, una vez más, de su cabaña, se acercó a la orilla y vertió aquellas lágrimas, suplicando, nuevamente, que llegara el olvido.
La noche llegó lentamente y Gallard se arrebujó entre las pieles para protegerse del frío. Pronto se durmió, con aquel sueño sin sueños al que estaba acostumbrado tras tantos años.
Sería más de la media noche cuando una voz le despertó. Se incorporó y prestó oídos, pero fuera nada más se escuchaba el susurro del viento entre los árboles. Volvió a tumbarse, convencido de que se la había imaginado. Pero no, de nuevo la oyó, el corazón se le partió. Era una voz de mujer, una que no había escuchado desde hacía tantos años. La lágrimas recorrieron los surcos de la edad en su rostro.-¡No puede ser!.- Se dijo. Pero aún así, se levantó, arrebujándose bajo la gruesa piel de oso salió de la cabaña, haciendo caso de la voz que le llamaba.
Con pasos torpes por el frío, la edad y la oscuridad, caminó siguiendo a la voz. Venía de algún lado entre las aguas. Gallard se decía una y otra vez que aquello era imposible. Se preguntó varias veces si no se habría vuelto, finalmente, loco. Cuando sus pies entraron en el agua helada, la voz cesó. Durante lo que pareció una eternidad, sólo se escuchó el viento al jugar contra las ramas de los árboles y el susurro de las hojas de otoño flotar hasta llegar al suelo.
El antiguo caballero miró a un lado y a otro, intentando ver de donde provenía la voz. En sus ojos brillaban lágrimas y su corazón latía fuertemente. Justo cuando se iba a girar para volver a su cabaña e intentar conciliar el sueño nuevamente, seguro de su locura, algo agitó las aguas unos metros por delante de él. Se detuvo y fijó la vista. Al principio no distinguió nada, pero algo avanzaba despacio en su dirección y salía, poco a poco, del agua.
A pesar de la oscuridad, veía. Primero apareció el cabello largo y rizado, mojado. Y tras aquella preciosa cabellera, el rostro joven y hermoso de la princesa. Después, el resto de su cuerpo, desnudo. Los pechos, pequeños, preciosos, semiocultos por algunos bucles del cabello, con los con los pezones sobresaliendo, mostrándose tímidamente. La piel, pálida como la luna llena. La mujer del lago se acercó con una sonrisa dulce y la mirada azul de zafiro. Se detuvo a un palmo del anciano caballero, que la miraba atónito. No era capaz de comprenderlo. Ante él estaba Rehba, tal y como la recordaba, tal y como era el día de la partida al otro lado de los mares.
-¿Cómo?-murmuró el anciano incapaz de saber si estaba soñando, si la locura le había reclamado o si, incluso, aquello estaba, en verdad, ocurriendo.
-¡Ven!-pidió la joven del lago con una sonrisa tanto dulce como melancólica. Tomó las manos del anciano entre las suyas, suaves y cálidas, y comenzó a tirar de él hacia el agua. Cada paso que daba Gallard era más fácil que el anterior.
Su cuerpo comenzó a estirarse, la piel se tornaba a cada segundo más tersa, los músculos volvían sobre los huesos y pronto, cuando el agua cubría todo menos su cabeza, volvía a ser aquel joven caballero que huyera del reino intentando escapar de sus propios recuerdos, de su corazón y de su alma.
La joven que parecía ser Rehba, acercó sus labios a los de él y los besó. El calor que provenía de la muchacha eliminó por completo la sensación de las gélidas aguas que los rodeaban. Así, con un beso, comenzaron a acariciarse. Pronto se hundieron, pero no se ahogaban. Allí, con las aguas del lago negro como lecho, se amaron, como jamás lo habían hecho hasta el momento, amantes algunos.
Al alba, el cuerpo de Gallard fue devuelto por las aguas a la orilla. Su viejo y frágil cuerpo estaba desnudo. Sin saber como o qué había pasado, regresó a su cabaña. Cuando llegó la noche, se durmió, con la esperanza de que la joven del lago volviera a llamarlo, pero aquello, nunca ocurrió. Aquella media noche, la dama blanca, la portadora del ocaso, fue a por él. Pero, por vez primera, sonreía entre sueños, por vez primera desde que quisiera olvidar sin conseguirlo, era feliz y no anhelaba el olvido, sino el recuerdo.
La mujer con la forma de Rehba acudió después de la parca y veló al anciano muerto hasta poco antes del alba. Antes de que los primeros rayos de luz despuntaran, lo tomó entre sus brazos y ambos se sumergieron en en las aguas, que ya no eran más oscuras como la noche, sino claras y blancas como la plata pura. Las lágrimas derramadas del caballero sobre el que fuera el Lagonoche, habían obrado el milagro. Conmovidas, las aguas había recogido cada gota salada, cada gota que contenían la imagen de aquella preciosa princesa a la que pertenecía aquel corazón, hasta que por fin tuvo sufientes para ver nacer a aquella mujer que era la Rehba que el caballero quería, amaba y jamás pudo olvidar. Así, la noche antes de que la dama blanca acudiera a por el caballero, el lago intentó aliviar su dolor, permitiéndole, por una vez, al menos, amar a quien quería, por siempre en un instante. Y así fue, como nació la Dama del Lago, de la magia de unas lágrimas de amor.
27 octubre 2011
26 octubre 2011
...
El silbido suave y sordo-"ssssh, ssssh"- de la piedra de amolar contra el metal sonaba rítmico. Ellegran, un viejo soldado que había visto más batallas y guerras que ningún otro en aquel ejército y, que había sobrevivido a dos reyes, se acercó al joven capitán que cuidaba su arma, manteniéndola afilada.
El pesado guantelete de malla, recubierto de acero, se posó sobre el hombro del capitán; que siguió con su tarea sin apenas inmutarse.
-¿Qué os sucede, joven Loq'uar?
-Echo de menos mi hogar.-contestó melancólico sin detenerse en su tarea. Algo brillaba en sus ojos.
-¡Ah! La melancolía.
-Hablo en serio, "viejo".-aquel apelativo era cariñoso y así se dirigían la mayoría a Ellegran.
-No lo dudo, "capitán"-contestó con una gran sonrisa.-¿Y sabéis por qué casi lloráis por eso?
-Porque estoy lejos.
-No, nada de eso, sino porque todo eso que os importa lo lleváis aquí dentro.-El viejo soldado de golpeó el pecho, a la altura del corazón.
-Y entonces, ¿qué hago para dejar todo eso atrás?
-No lo entendéis, no podéis, simplemente. Es algo que siempre llevaréis ahí, que siempre echaréis de menos, sobre todo cuando estén lejos, así sucede con las cosas que de verdad importan.
El pesado guantelete de malla, recubierto de acero, se posó sobre el hombro del capitán; que siguió con su tarea sin apenas inmutarse.
-¿Qué os sucede, joven Loq'uar?
-Echo de menos mi hogar.-contestó melancólico sin detenerse en su tarea. Algo brillaba en sus ojos.
-¡Ah! La melancolía.
-Hablo en serio, "viejo".-aquel apelativo era cariñoso y así se dirigían la mayoría a Ellegran.
-No lo dudo, "capitán"-contestó con una gran sonrisa.-¿Y sabéis por qué casi lloráis por eso?
-Porque estoy lejos.
-No, nada de eso, sino porque todo eso que os importa lo lleváis aquí dentro.-El viejo soldado de golpeó el pecho, a la altura del corazón.
-Y entonces, ¿qué hago para dejar todo eso atrás?
-No lo entendéis, no podéis, simplemente. Es algo que siempre llevaréis ahí, que siempre echaréis de menos, sobre todo cuando estén lejos, así sucede con las cosas que de verdad importan.
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25 octubre 2011
Lluvia, tormentas y hojas amarillas que revolotean...
Este fin de semana ha decidido asomar su cara el invierno, diría que el otoño, pero aquí, en mi ciudad, otoño es sólo un atisbo de estación, una mera ilusión de pocos días, aún así, la encuentro fascinante y siempre ha sido así. No quiero pensar como me gustaría si conociera un otoño de verdad.
Como sea, el sábado decidí hacer una excursión y nos cayeron encima las que han sido las primeras gotas de lluvia en los últimos meses, unos cuatro. Eso hizo que el andurreo se acortara prematuramente, pero aún así lo pasamos bien. La próxima vez, sin duda, me aseguraré de que todos leen y siguen el correo electrónico con las instrucciones: chubasquero, ropa de abrigo, etc. Y fue genial sentir el agua caerme encima, sobre el cuerpo, sobre la cara... en plena naturaleza, entre una garganta de paredes afiladas y peligrosas, mientras avanzábamos por el lecho del río en ella. Y después más allá.
Pero fue al día siguiente, cuando llegó el momento en el que pude cerrar los ojos y, sentir, después de mucho tiempo, como el mundo gira, como todo se desplaza. De vuelta de la natación matutina nos cayó una lluvia brutal en intensidad, durante unos minutos. Un amigo y yo terminamos bajo el alero de un kiosko para resguardarnos un poco de las pesadas y heladas gotas: algunas dejaban trazas de escarcha sobre nuestra ropa. Cuando amainó un poco el agua, los rayos y los truenos, contiuamos el camino, unos pocos metros en verdad, hasta el portal de mi amigo. Allí nos separamos.
El trayecto hasta mi casa se hizo tan largo como corto. Pequeñas gotas continuaban descendiendo, frías. La temperatura en general descendía. Saqué mis cascos y seleccioné algo que escuchar en el MP3, la BSO de Tron Legacy. Sentía mis pies, fríos. Andé, sin preocuparme, escuchando la música, la lluvia. Mis pasos me llevaron a una plazoleta al lado de mi casa y allí me detuve, bajo la lluvia. Dejé que las gotas me cayeran mientras sonaba la música y oía el pequeño chapoteo del agua al caer. Pronto, en un instante, se escucharon varios truenos que parecían un instrumento más de la música. Los ojos cerrados durante ese momento. Un momento en el que todo se volvió infinito, lejano. Por unos segundos "estaba sólo" en el mundo y podía escuchar, más allá de mi música, de la lluvia, de los truenos; su canción.
¡Qué olvidada la tenía!
Como sea, el sábado decidí hacer una excursión y nos cayeron encima las que han sido las primeras gotas de lluvia en los últimos meses, unos cuatro. Eso hizo que el andurreo se acortara prematuramente, pero aún así lo pasamos bien. La próxima vez, sin duda, me aseguraré de que todos leen y siguen el correo electrónico con las instrucciones: chubasquero, ropa de abrigo, etc. Y fue genial sentir el agua caerme encima, sobre el cuerpo, sobre la cara... en plena naturaleza, entre una garganta de paredes afiladas y peligrosas, mientras avanzábamos por el lecho del río en ella. Y después más allá.
Pero fue al día siguiente, cuando llegó el momento en el que pude cerrar los ojos y, sentir, después de mucho tiempo, como el mundo gira, como todo se desplaza. De vuelta de la natación matutina nos cayó una lluvia brutal en intensidad, durante unos minutos. Un amigo y yo terminamos bajo el alero de un kiosko para resguardarnos un poco de las pesadas y heladas gotas: algunas dejaban trazas de escarcha sobre nuestra ropa. Cuando amainó un poco el agua, los rayos y los truenos, contiuamos el camino, unos pocos metros en verdad, hasta el portal de mi amigo. Allí nos separamos.
El trayecto hasta mi casa se hizo tan largo como corto. Pequeñas gotas continuaban descendiendo, frías. La temperatura en general descendía. Saqué mis cascos y seleccioné algo que escuchar en el MP3, la BSO de Tron Legacy. Sentía mis pies, fríos. Andé, sin preocuparme, escuchando la música, la lluvia. Mis pasos me llevaron a una plazoleta al lado de mi casa y allí me detuve, bajo la lluvia. Dejé que las gotas me cayeran mientras sonaba la música y oía el pequeño chapoteo del agua al caer. Pronto, en un instante, se escucharon varios truenos que parecían un instrumento más de la música. Los ojos cerrados durante ese momento. Un momento en el que todo se volvió infinito, lejano. Por unos segundos "estaba sólo" en el mundo y podía escuchar, más allá de mi música, de la lluvia, de los truenos; su canción.
¡Qué olvidada la tenía!
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21 octubre 2011
¿Aquí?
-Sabía que estarías aquí.
-¿Si?
-Claro, siempre vienes aquí.
-¿Siempre? ¿Cómo es posible? No reconozco el lugar, para mi, es la primera vez que estoy en él.
-Esta vez es la primera.
-¿Esta vez?
-Sí, al final de todo.
-Entonces, ¿cómo podías saberlo?
-Porque sólo existes aquí.
-¿En tu cabeza?
-Así es.
-Estás loco.
-No, si no como iba a saber que estabas aquí.
-Tienes razón, ¿cómo podrías saberlo si no sabía ni yo que vendría?
-Exacto y ahora, es tiempo de morir.
-Sí, eso presentía ¿Volveremos a vernos?
-Claro, la próxima vez que vengas aquí por primera vez.
-Es extraño.
-Sí lo es. Y ya no estás aquí, hasta la próxima vez que tenga que venir a por ti...
17 octubre 2011
Hechizo...
A media noche, en la noche más larga, escribí, con una rama de madera de tamarindo, tu nombre en la arena de la playa. Tal y como me había dicho la bruja. Al amanecer, el viento lo habría borrado de la arena por completo, y así, podría, al fin olvidarlo y... olvidarte. Pero no funcionó. Aún resuena claro en mi mente, aún te recuerdo en la vigilia y durante el sueño. Oigo incluso reírse a Morfeo, porque sabe que ni siquiera en las brumas de su reino onírico consigo escapar de tu recuerdo, del espejismo de los tal vez, de los quizás y de los debí de... ¡Malditos todos ellos! Y malditos los dioses que me niegan el olvido.
16 octubre 2011
Cuento Narrado
Esta es la narración del cuento 1 que escribí hace un tiempo ya. Con el paso de los días iré subiendo más narraciones y más cuentos, claro.
http://www.ivoox.com/cuento-1-audios-mp3_rf_844224_1.html
http://www.ivoox.com/cuento-1-audios-mp3_rf_844224_1.html
Como conocí...
Era casi media noche cuando conseguí alcanzar la parada de autobuses. Estaba desierta. Dejé mi maleta y mi bolsa de viaje al lado del pequeño banco, en la marquesina, con mi mirada perdida en otras de las paradas, con algo más de gente y, sobre todo, el escueto cartel con los horarios. Me acerqué mientras ajustaba mis gafas sobre mi nariz y leía la próxima salida. No pude evitar torcer el gesto cuando descubrí que aún tendría que esperar una hora, un mundo, si teníamos en cuenta que ya llevaba encima más de nueve horas de viaje y que el autobús tardaría aún tres horas en llevarme a mi destino.
Cansado me dejé caer sobre el banco, arrastré la maleta a un lado y me apoyé contra el cristal intentando descansar. En ese momento reparé en algo que se movía al otro lado del banco: un pañuelo morado clarito, un lila posiblemente, con detalles en hilo plateado, que ondulaba al viento. Estaba enganchado al banco, en una de sus ranuras y por eso el viento no lograba arrastrarlo. Medio dormido me puse a imaginar a la dueña del pañuelo y que habría estado esperando como yo, algunas horas antes. Por mi cabeza pasaron varias imágenes, pero la mejor fue primera: una chica joven, de veintipocos, con el pelo rubio, liso y algo corto, pero no demasiado. Vestía de negro y gris: una chaquetilla, una falda que le llegaba hasta la mitad de los muslos, unas medias negras lévemente transparentes y unas zapatillas rojas imitación de las típicas converse. Muy desgastadas por cierto. Su maleta era pequeña y de color azul oscuro. Los labios, rojo intenso y pequeños. La piel, muy pálida. Y, sobre todo, lo que más me llamó la atención fue su mirada, distante y melancólica.
Tras imaginar a la dueña del pañuelo, no pude evitar preguntarme cuándo se habría dado cuenta de que su pañuelo no estaba con ella ya y qué habría sentido ¿Qué podía significar ese pañuelo para aquella chica imaginaria? Tal vez fuera el regalo de su último novio, tal vez el de un amigo perdido... O el regalo de una madre que estaba lejos, o su última adquisición en la última ciudad que había visitado...
Durante unos minutos no volví a pensar en el pañuelo, olvidando las fantasías que había despertado, pero una nueva ráfaga de viento hizo que se agitara de nuevo. Volví entonces a mirarlo y pensé sobre qué debía hacer con él. Antes de que me diera cuenta me había levantado, lo estaba enrollando y guardando en un bolsillo de mi bolsa de viaje.
No volví a reparar en el pañuelo hasta que regresé a casa, tres semanas después, y comencé a sacarlo todo de la maleta. Cuando la tela morada clara salió de uno de los bolsillos, aquellas mujeres a las que había imaginado de noche, solas, esperando un autobús en una parada de un país extraño, regresó. Lo cogí con las dos manos y empecé a estirarlo. El tacto era muy gustoso. Lo puse encima de mi cama y le hice una foto que subi rápidamente a mi "Facebook" y a mi Blog, añadiendo la nota de dónde y cuándo lo había encontrado e indicando que si la dueña quería recuperarlo me enviara un correo o un privado. Después de eso lo guardé en una caja de zapatos junto a todas las cosas que había ido recopilando de mis viajes.
Habían pasado cinco años de todo esto cuando me llegó un correo con el asunto: "Quiero recordar mi pañuelo". Ni siquiera lo abrí, lo marqué como leído y lo envié a la papelera. No fue hasta seís días después que recordé la historia del pañuelo. Como un loco corrí hasta casa y me conecté a mi correo, por suerte no borro la papelera porque lo hace a la semana ella sola. Abrí el correo, que por suerte aún estaba allí. Un día más y lo habría perdido. El correo decía, simplemente: "Es mi pañuelo, lo encontré buscando algunas fotos que me llevaron a tu blog. Imagínate mi sorpresa cuando lo ví. Por cierto, me llamo Lehna ;)". Pues anda que mi sorpresa no fue grande también al recibir aquel correo. Me levanté, arrastré la silla hasta ponerla al lado del armario y me aupé para coger una caja de zapatos que descansaba arriba del todo. La tapadera estaba gris del polvo. Despacio, casi como si se tratara de alguna clase de tumba antigua abrí la caja. Y allí estaba el pañuelo. Sonreí.
Casi sin creermelo, pensando que posiblemente fuera una broma de algún colega, respondí: "Aún lo tengo, si me proporcionas una dirección de postal, podría enviártelo. Guille".
La respuesta no se hizo esperar demasiado, apenas una hora.
"Estaría bien, pero ¿de dónde eres?"
"De Granada, en España, ¿tú?". Contesté. Casi parecía más un chat que un correo electrónico.
"Pues puede que no haga falta que me lo envíes, viajo a Sevilla en un mes. Y soy de Viena.
"De Viena? Bonita ciudad. ¿A Sevilla en un mes? ¿Quieres que te lo dé en persona?"
"Sí, ¿por qué no?"
"Sería divertido, de acuerdo".
Después de eso mantuvimos el contacto contándonos cosas sobre nuestros viajes, nuestro trabajo y, en resumen, de todas esas cosas que forman parte de lo cotidiano. Así fue llegando poco a poco el día que habíamos concertado para devolver el pañuelo. Nos veríamos en la estación de trenes. Recuerdo que estaba muy nervioso: las manos me sudaban y sentía la garganta seca. La reconocí en seguida, era como me la había imaginado, salvo porque era castaña y no tenía veintipocos sino que estaba cerca de alcanzar los treinta.
Y sí, aunque no lo creáis, así fue como conocí a Lehna, sí, esa Lehna que tú conoces, pero ¡eh! tú has preguntado cómo la conocí...
Cansado me dejé caer sobre el banco, arrastré la maleta a un lado y me apoyé contra el cristal intentando descansar. En ese momento reparé en algo que se movía al otro lado del banco: un pañuelo morado clarito, un lila posiblemente, con detalles en hilo plateado, que ondulaba al viento. Estaba enganchado al banco, en una de sus ranuras y por eso el viento no lograba arrastrarlo. Medio dormido me puse a imaginar a la dueña del pañuelo y que habría estado esperando como yo, algunas horas antes. Por mi cabeza pasaron varias imágenes, pero la mejor fue primera: una chica joven, de veintipocos, con el pelo rubio, liso y algo corto, pero no demasiado. Vestía de negro y gris: una chaquetilla, una falda que le llegaba hasta la mitad de los muslos, unas medias negras lévemente transparentes y unas zapatillas rojas imitación de las típicas converse. Muy desgastadas por cierto. Su maleta era pequeña y de color azul oscuro. Los labios, rojo intenso y pequeños. La piel, muy pálida. Y, sobre todo, lo que más me llamó la atención fue su mirada, distante y melancólica.
Tras imaginar a la dueña del pañuelo, no pude evitar preguntarme cuándo se habría dado cuenta de que su pañuelo no estaba con ella ya y qué habría sentido ¿Qué podía significar ese pañuelo para aquella chica imaginaria? Tal vez fuera el regalo de su último novio, tal vez el de un amigo perdido... O el regalo de una madre que estaba lejos, o su última adquisición en la última ciudad que había visitado...
Durante unos minutos no volví a pensar en el pañuelo, olvidando las fantasías que había despertado, pero una nueva ráfaga de viento hizo que se agitara de nuevo. Volví entonces a mirarlo y pensé sobre qué debía hacer con él. Antes de que me diera cuenta me había levantado, lo estaba enrollando y guardando en un bolsillo de mi bolsa de viaje.
No volví a reparar en el pañuelo hasta que regresé a casa, tres semanas después, y comencé a sacarlo todo de la maleta. Cuando la tela morada clara salió de uno de los bolsillos, aquellas mujeres a las que había imaginado de noche, solas, esperando un autobús en una parada de un país extraño, regresó. Lo cogí con las dos manos y empecé a estirarlo. El tacto era muy gustoso. Lo puse encima de mi cama y le hice una foto que subi rápidamente a mi "Facebook" y a mi Blog, añadiendo la nota de dónde y cuándo lo había encontrado e indicando que si la dueña quería recuperarlo me enviara un correo o un privado. Después de eso lo guardé en una caja de zapatos junto a todas las cosas que había ido recopilando de mis viajes.
Habían pasado cinco años de todo esto cuando me llegó un correo con el asunto: "Quiero recordar mi pañuelo". Ni siquiera lo abrí, lo marqué como leído y lo envié a la papelera. No fue hasta seís días después que recordé la historia del pañuelo. Como un loco corrí hasta casa y me conecté a mi correo, por suerte no borro la papelera porque lo hace a la semana ella sola. Abrí el correo, que por suerte aún estaba allí. Un día más y lo habría perdido. El correo decía, simplemente: "Es mi pañuelo, lo encontré buscando algunas fotos que me llevaron a tu blog. Imagínate mi sorpresa cuando lo ví. Por cierto, me llamo Lehna ;)". Pues anda que mi sorpresa no fue grande también al recibir aquel correo. Me levanté, arrastré la silla hasta ponerla al lado del armario y me aupé para coger una caja de zapatos que descansaba arriba del todo. La tapadera estaba gris del polvo. Despacio, casi como si se tratara de alguna clase de tumba antigua abrí la caja. Y allí estaba el pañuelo. Sonreí.
Casi sin creermelo, pensando que posiblemente fuera una broma de algún colega, respondí: "Aún lo tengo, si me proporcionas una dirección de postal, podría enviártelo. Guille".
La respuesta no se hizo esperar demasiado, apenas una hora.
"Estaría bien, pero ¿de dónde eres?"
"De Granada, en España, ¿tú?". Contesté. Casi parecía más un chat que un correo electrónico.
"Pues puede que no haga falta que me lo envíes, viajo a Sevilla en un mes. Y soy de Viena.
"De Viena? Bonita ciudad. ¿A Sevilla en un mes? ¿Quieres que te lo dé en persona?"
"Sí, ¿por qué no?"
"Sería divertido, de acuerdo".
Después de eso mantuvimos el contacto contándonos cosas sobre nuestros viajes, nuestro trabajo y, en resumen, de todas esas cosas que forman parte de lo cotidiano. Así fue llegando poco a poco el día que habíamos concertado para devolver el pañuelo. Nos veríamos en la estación de trenes. Recuerdo que estaba muy nervioso: las manos me sudaban y sentía la garganta seca. La reconocí en seguida, era como me la había imaginado, salvo porque era castaña y no tenía veintipocos sino que estaba cerca de alcanzar los treinta.
Y sí, aunque no lo creáis, así fue como conocí a Lehna, sí, esa Lehna que tú conoces, pero ¡eh! tú has preguntado cómo la conocí...
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13 octubre 2011
Cuentos (7)
¿Quién se acuerda hoy de los caballeros del Pico del Águila? ¿Quién? ¡Seguro que nadie! Todos soís tan jóvenes. Igual que vuestros padres y, vuestros abuelos y los padres de estos, y más aún. Han pasado más de cuatrocientos años desde que el último caballero cruzara el umbral para reunirse con los dioses...
Pues prestadme atención porque voy a contaros su historia, la última de los caballeros del Pico del Águila. Y no, no esperéis, que lo veo en vuestras caras, una gran historia de guerra, gloria y combates. No, nada de eso. El nombre del último caballero era Goriel y le llamaban "el niño", porque no era más que eso, un crío pequeño; el escudero del gran señor y capitán del norte, Aldos Teriodor.
Aconteció que en la batalla de los Lirios, de la cual tampoco sabréis ya, los caballeros cargaron contra el enemigo, cruzaron el puente de piedra sobre Ríointranquilo, pero sin motivo, se derrumbó tras su paso al galope. Así se encontraron los hombres del Pico del Águila contra el enemigo, solos. Todos y cada uno de los caballeros lucharon valerosamente. Sus armaduras de brillante plata se tornaron poco a poco rojo carmesí, por la sangre de los enemigos que abatían, pero poco a poco iban sucumbiendo. Sin ayuda, se vieron superados inexorablemente.
Los escuderos, al otro lado, incrédulos veían las piedras de puente caer sobre el agua. Después observaban impotentes como sus señores, sus maestros, perdían una batalla y morían. Fueron espectadores de una masacre. Entre ellos se encontraba Goriel, que no pudo resistir lo que ocurría y se arrojó al agua en un intento de llegar a nado hasta su señor y proveerlo de ayuda. Aunque desde luego, aquello fue una locura, ¿qué podrían aportar sus dos flacuchos brazos? ¿qué podría hacer un simple muchacho de no más de catorce años? Pero nada de eso le importaba. El joven escudero tuvo su lucha con las corrientes salvajes del río y, contra todo pronóstico logró alcanzar la otra orilla, pero ya era tarde: sobre el campo de batalla sólo quedaban cuerpos inertes o moribundos.
Empapado, agotado, con el rostro lleno de lágrimas y tiritando de frío, buscó a su señor entre gemidos, manos que buscaban apoyo, miradas vacías en busca de un último consuelo, rostros blancos y el hedor de la muerte. Al fin lo encontró, boca arriba, con la armadura atravesada por una lanza que lo clavaba al suelo, a la altura del hígado. Resbalando el guante metálico sobre el hasta de madera intentaba zafarse, entre jadeos doloroso, de la presa que lo mantenía atrapado. Cuando vió a su escudero tragó saliva. El joven muchacho, sin ocultar sus lágrimas, corrió hacia él tomó la lanza, con un fuerte tirón intentó sacarla del cuerpo de su señor, pero estaba bien anclada al suelo. Aldos Teriodor se mordió el labio para evitar un gemido de dolor. Goriel, con desesperanza, buscó entre el suelo una espada, la vió, la cogió y cortó el hasta casi a la altura del cuerpo de su señor y le ayudó a incorporarse.
Libre, tras una agonía inmensa, de la madera fatal, la herida comenzó a sangrar y sangrar. Nada había que pudieran hacer para detener la hemorragia. El capitán pidió varias veces al muchacho que se detuviera y escuchara sus últimas palabras.
-La espada.-pidió, cada movimiento, cada bocanada de aire para articular un susurro le dolía atrozmente, pero su voluntad aún no se había quebrado y mantenía a la parca a cierta distancia, pero era evidente que la dama blanca aguardaba cerca.
-Pero mi señor...-replicó el muchacho viendo como su señor se moría por momentos.
-Calla y escucha.-se tuvo que detener un momento.-no hay nada que puedas hacer. Así que dame la espada.
Con lentitud el muchacho se la tendió por la empuñadura. La mano de Aldos se aferró aún con fuerza sobre ella.
-Arrodíllate.
La confusión se apoderó del joven Goriel.
-Yo... Aldos Teriodor, señor de los hombres del Pico del Águila, te nombro caballero. Levántate sir Goriel, ya no eres un muchacho, ahora eres un caballero, el último de nuestra orden y como tal, debes cumplir el "último juramento".
-Así se hará.-las piernas le temblaban, aún no sabía exactamente lo que había ocurrido, pero se sentía mucho más mayor, con un peso tremendo sobre los hombros. Tomó la espada que ahora le tendía su señor y la clavó en el suelo. Se sentó a su lado y esperó lo inevitable.
Cuando Aldos Teriodor emitió su último estertor ya no quedaba nadie más vivo allí, salvo el caballero Goriel. Cerró con cariño los ojos de su señor, construyó una balsa de madera, la impregnó de aceite caído de un carro y puso el cuerpo sobre ella. Con el pedernal prendió fuego y la empujó río abajo. No tardó en perderla de vista engullida por las salvajes aguas del río.
Y así empezó la gesta del caballero niño, el último de los del Pico del Águila. Su misión no fue otra más que la de recoger el pergamino sellado de cada caballero con su última voluntad. Cada caballero hacía el juramento solemne de llevar a cabo cuando un hermano muriera, la última voluntad escrita en el pergamino depositado en el muro de hierro, en la fortaleza del Águila. Y así fue como empezó la leyenda del caballero niño... Y otro día ya os contaré más sobre sus hazañas.
Pues prestadme atención porque voy a contaros su historia, la última de los caballeros del Pico del Águila. Y no, no esperéis, que lo veo en vuestras caras, una gran historia de guerra, gloria y combates. No, nada de eso. El nombre del último caballero era Goriel y le llamaban "el niño", porque no era más que eso, un crío pequeño; el escudero del gran señor y capitán del norte, Aldos Teriodor.
Aconteció que en la batalla de los Lirios, de la cual tampoco sabréis ya, los caballeros cargaron contra el enemigo, cruzaron el puente de piedra sobre Ríointranquilo, pero sin motivo, se derrumbó tras su paso al galope. Así se encontraron los hombres del Pico del Águila contra el enemigo, solos. Todos y cada uno de los caballeros lucharon valerosamente. Sus armaduras de brillante plata se tornaron poco a poco rojo carmesí, por la sangre de los enemigos que abatían, pero poco a poco iban sucumbiendo. Sin ayuda, se vieron superados inexorablemente.
Los escuderos, al otro lado, incrédulos veían las piedras de puente caer sobre el agua. Después observaban impotentes como sus señores, sus maestros, perdían una batalla y morían. Fueron espectadores de una masacre. Entre ellos se encontraba Goriel, que no pudo resistir lo que ocurría y se arrojó al agua en un intento de llegar a nado hasta su señor y proveerlo de ayuda. Aunque desde luego, aquello fue una locura, ¿qué podrían aportar sus dos flacuchos brazos? ¿qué podría hacer un simple muchacho de no más de catorce años? Pero nada de eso le importaba. El joven escudero tuvo su lucha con las corrientes salvajes del río y, contra todo pronóstico logró alcanzar la otra orilla, pero ya era tarde: sobre el campo de batalla sólo quedaban cuerpos inertes o moribundos.
Empapado, agotado, con el rostro lleno de lágrimas y tiritando de frío, buscó a su señor entre gemidos, manos que buscaban apoyo, miradas vacías en busca de un último consuelo, rostros blancos y el hedor de la muerte. Al fin lo encontró, boca arriba, con la armadura atravesada por una lanza que lo clavaba al suelo, a la altura del hígado. Resbalando el guante metálico sobre el hasta de madera intentaba zafarse, entre jadeos doloroso, de la presa que lo mantenía atrapado. Cuando vió a su escudero tragó saliva. El joven muchacho, sin ocultar sus lágrimas, corrió hacia él tomó la lanza, con un fuerte tirón intentó sacarla del cuerpo de su señor, pero estaba bien anclada al suelo. Aldos Teriodor se mordió el labio para evitar un gemido de dolor. Goriel, con desesperanza, buscó entre el suelo una espada, la vió, la cogió y cortó el hasta casi a la altura del cuerpo de su señor y le ayudó a incorporarse.
Libre, tras una agonía inmensa, de la madera fatal, la herida comenzó a sangrar y sangrar. Nada había que pudieran hacer para detener la hemorragia. El capitán pidió varias veces al muchacho que se detuviera y escuchara sus últimas palabras.
-La espada.-pidió, cada movimiento, cada bocanada de aire para articular un susurro le dolía atrozmente, pero su voluntad aún no se había quebrado y mantenía a la parca a cierta distancia, pero era evidente que la dama blanca aguardaba cerca.
-Pero mi señor...-replicó el muchacho viendo como su señor se moría por momentos.
-Calla y escucha.-se tuvo que detener un momento.-no hay nada que puedas hacer. Así que dame la espada.
Con lentitud el muchacho se la tendió por la empuñadura. La mano de Aldos se aferró aún con fuerza sobre ella.
-Arrodíllate.
La confusión se apoderó del joven Goriel.
-Yo... Aldos Teriodor, señor de los hombres del Pico del Águila, te nombro caballero. Levántate sir Goriel, ya no eres un muchacho, ahora eres un caballero, el último de nuestra orden y como tal, debes cumplir el "último juramento".
-Así se hará.-las piernas le temblaban, aún no sabía exactamente lo que había ocurrido, pero se sentía mucho más mayor, con un peso tremendo sobre los hombros. Tomó la espada que ahora le tendía su señor y la clavó en el suelo. Se sentó a su lado y esperó lo inevitable.
Cuando Aldos Teriodor emitió su último estertor ya no quedaba nadie más vivo allí, salvo el caballero Goriel. Cerró con cariño los ojos de su señor, construyó una balsa de madera, la impregnó de aceite caído de un carro y puso el cuerpo sobre ella. Con el pedernal prendió fuego y la empujó río abajo. No tardó en perderla de vista engullida por las salvajes aguas del río.
Y así empezó la gesta del caballero niño, el último de los del Pico del Águila. Su misión no fue otra más que la de recoger el pergamino sellado de cada caballero con su última voluntad. Cada caballero hacía el juramento solemne de llevar a cabo cuando un hermano muriera, la última voluntad escrita en el pergamino depositado en el muro de hierro, en la fortaleza del Águila. Y así fue como empezó la leyenda del caballero niño... Y otro día ya os contaré más sobre sus hazañas.
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11 octubre 2011
La Piedra, por GSN
Nunca había entendido porqué Francis llevaba siempre aquella piedra consigo. Era una
piedra no más grande que el tapón de una botella de refrescos, redondeada y pulida por el mar y de un color azulado verdoso. Vamos, un tipo de piedra del que te encuentras a cientos en la playa. Siempre la tenía entre las manos y jamás la perdía de vista. Era como un amuleto, por eso creo nunca se me ocurrió preguntar el motivo, la razón. Ni siquiera cuando los años pasaron y se convirtieron en lustros y, estos a su vez en lustros y después décadas. Tal vez es posible que jamás preguntara porque esperaba que la respuesta llegara por sí sola en algún momento. Y así lo hizo.
Era una mañana lluviosa de noviembre, aunque por suerte no demasiado fría, cuando
recibí una llamada que me despertó. Por eso tenía que ser domingo. Era el único día que podía dormir hasta tarde. Al otro lado del teléfono estaba Francis.
Recuerdo montarme en el coche, que me esperaba al otro lado de la calle, completamente empapado. El paraguas había sido por completo ineficaz. En el asiento
del conductor estaba Francis, con sus manos viejas, arrugadas y llenas de pecas, sobre el volante. Le miré con gesto inquisitivo pero como respuesta únicamente obtuve el sonido del motor al volver a ponerse en marcha.
Alcanzamos la salida a la autovía unos pocos cientos de metros después. Allí
recorrimos, en silencio, los setenta kilómetros que nos separaban de nuestro destino. En aquel lugar, un pueblo perdido, el tiempo era bastante peor: lluvia y frío. Nos detuvimos ante la puerta de una iglesia y bajamos.
En vez de entrar en el edificio principal rodeamos un murete y entramos, por una
pequeña puerta de rejas metálicas, a un enorme jardín. Ante nosotros se abría un
cementerio lleno de lápidas de piedra. No hacía demasiado que había tenido que visitar uno de aquellos lugares, aunque ni por asomo tan bonito y bucólico como aquel, para dar sepultura a mi difunta esposa.
Recorrimos varias filas de tumbas, incluso sobrepasamos una pequeña colina. Luego
torcimos por uno de los pasillos a la izquierda y unos metros más adelante, a la derecha.
Allí, en aquella hilera, se detuvo Francis ante una de las tumbas: una de lápida sencilla, de piedra, sin adornos, sólo una inscripción que no alcancé a leer completa. Me detuve en el nombre: Catalina.
Permaneció varios minutos de pie, frente a la fría piedra, con la vista fija en las flores marchitas que se torcían hacia abajo, sumisas, en un pequeño florero de acero. Yo estaba en mitad del camino entre tumbas, parado a unos cinco metros. En silencio, esperando.
Unos minutos después, Francis se agachó y dejó caer aquella piedra redonda, que le
había visto entre las manos tanto tiempo, al lado del florero. Se incorporó despacio y se volvió hacia mi. Tenía lágrimas en los ojos.
-Nunca preguntaste por esa piedra.-dijo con tristeza en la voz. Me encogí de hombros. Ahora sabía la respuesta y no tenía nada que decir.-Y sé que te morías de curiosidad.- Cuando estuvo cerca lo abracé.
-Sí.-le dije mientras golpeaba con afecto su espalda.
piedra no más grande que el tapón de una botella de refrescos, redondeada y pulida por el mar y de un color azulado verdoso. Vamos, un tipo de piedra del que te encuentras a cientos en la playa. Siempre la tenía entre las manos y jamás la perdía de vista. Era como un amuleto, por eso creo nunca se me ocurrió preguntar el motivo, la razón. Ni siquiera cuando los años pasaron y se convirtieron en lustros y, estos a su vez en lustros y después décadas. Tal vez es posible que jamás preguntara porque esperaba que la respuesta llegara por sí sola en algún momento. Y así lo hizo.
Era una mañana lluviosa de noviembre, aunque por suerte no demasiado fría, cuando
recibí una llamada que me despertó. Por eso tenía que ser domingo. Era el único día que podía dormir hasta tarde. Al otro lado del teléfono estaba Francis.
Recuerdo montarme en el coche, que me esperaba al otro lado de la calle, completamente empapado. El paraguas había sido por completo ineficaz. En el asiento
del conductor estaba Francis, con sus manos viejas, arrugadas y llenas de pecas, sobre el volante. Le miré con gesto inquisitivo pero como respuesta únicamente obtuve el sonido del motor al volver a ponerse en marcha.
Alcanzamos la salida a la autovía unos pocos cientos de metros después. Allí
recorrimos, en silencio, los setenta kilómetros que nos separaban de nuestro destino. En aquel lugar, un pueblo perdido, el tiempo era bastante peor: lluvia y frío. Nos detuvimos ante la puerta de una iglesia y bajamos.
En vez de entrar en el edificio principal rodeamos un murete y entramos, por una
pequeña puerta de rejas metálicas, a un enorme jardín. Ante nosotros se abría un
cementerio lleno de lápidas de piedra. No hacía demasiado que había tenido que visitar uno de aquellos lugares, aunque ni por asomo tan bonito y bucólico como aquel, para dar sepultura a mi difunta esposa.
Recorrimos varias filas de tumbas, incluso sobrepasamos una pequeña colina. Luego
torcimos por uno de los pasillos a la izquierda y unos metros más adelante, a la derecha.
Allí, en aquella hilera, se detuvo Francis ante una de las tumbas: una de lápida sencilla, de piedra, sin adornos, sólo una inscripción que no alcancé a leer completa. Me detuve en el nombre: Catalina.
Permaneció varios minutos de pie, frente a la fría piedra, con la vista fija en las flores marchitas que se torcían hacia abajo, sumisas, en un pequeño florero de acero. Yo estaba en mitad del camino entre tumbas, parado a unos cinco metros. En silencio, esperando.
Unos minutos después, Francis se agachó y dejó caer aquella piedra redonda, que le
había visto entre las manos tanto tiempo, al lado del florero. Se incorporó despacio y se volvió hacia mi. Tenía lágrimas en los ojos.
-Nunca preguntaste por esa piedra.-dijo con tristeza en la voz. Me encogí de hombros. Ahora sabía la respuesta y no tenía nada que decir.-Y sé que te morías de curiosidad.- Cuando estuvo cerca lo abracé.
-Sí.-le dije mientras golpeaba con afecto su espalda.
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10 octubre 2011
Miedo...
El chaman miró con los ojos desorbitados al hombre que avanzaba hacia él. Aquella era la primera vez que sentía miedo desde que su cara quedara oculta por las pinturas rituales, desde que se convirtiera en un chaman. Presa del pánico volvió a atravesar la figurilla, que se parecía a aquel hombre que iba hacia él, con un alfiler. Justo en el pecho, donde estaba el corazón, pero nada. Nadie debería poder moverse bajo aquel influjo del Vudú, nadie a menos que... a menos que estuviera muerto. El chamán dejó caer la figura cuando los dedos del hombre muerto se aferraron sobre su garganta y apretaron hasta ahogarlo.
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De vuelta...
Un saludo a todos.
Preguntas...
Me pregunto, me pregunto que haces de nuevo entre mis sueños. Quién te ha dejado entrar de nuevo y porqué. Como siempre, es un reflejo nítido de lo que fue, un sueño que no palia la realidad helada, sino que la trae aún cuando intento alejarme de ella lanzándome de cabeza "al mar de Morfeo".
Son noches en las que caminas, bailas, saltas, sonríes... Pero para mi sólo existe el silencio. En todo eso es tan sólo un pequeño encuentro, un cruce fortuito en el que no existe ni tan siquiera un gélido saludo. Y entonces viene la pregunta, ¿por qué?
Son noches en las que caminas, bailas, saltas, sonríes... Pero para mi sólo existe el silencio. En todo eso es tan sólo un pequeño encuentro, un cruce fortuito en el que no existe ni tan siquiera un gélido saludo. Y entonces viene la pregunta, ¿por qué?
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Información al Navegante:
Quiero pedir al lector que pueda visitarme arrastrado por la fuerza de la espiral, que cuando lea algo en este blog sea consciente de que muchas entradas son escritas rápidamente y no realizo sobre ellas un minucioso examen de corrección ortográfica o gramátical. Aunque sin duda intento, dentro de lo posible, escribir sin errores de este tipo. Por ello estaré muy agradecido a todo aquel que se tome la molestia de indicarme cuando ha detectado algún fallo y también le pido, que por favor, no tome nada de lo que aquí se lea como lo correcto. Muchas gracias y ahora: ¡Disfruta perdiéndote entre Espirales!