29 noviembre 2011
Sir Walton
"Y cada día te das cuenta de lo perfectamente que habría encajado ahí, ¿no crees?"-preguntó Sir Walton a Abrahm Elmore que miraba un pequeño espacio en la habitación. Se limitó a asentir, en una respuesta silenciosa.
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25 noviembre 2011
Cuentos 12 (El Cuenta-Cuentos y la Princesa I)
Esta historia va a ser contada en pequeños capítulos. A continuación tenéis el que será el primero. Espero que os guste.
Edgard Hakemberg era un joven contador de historias, un juglar de la ciudad de Grauburg y, en resumen, un don nadie a pesar de que no podía quejarse de que las cosas le fueran mal, mal en absoluto. De hecho, en la corte era bastante apreciado, pero no tenía linaje, no tenía familia, no tenía nombre, así que para aquellos nobles no era más que un objeto de diversión en los grandes banquetes, en las grandes fiestas... Pero no para todos era así.
Elberet, hija del rey Etuarnos II de los Brisamar, amos de Grauburg y las tierras del este, siempre le trataba con dulzura, le miraba como si estuviera allí otra persona y le sonreía con franca alegría. Nunca habían hablado, nunca jamás, salvo por lo que se decían por medio de las miradas, hasta aquella noche bajo "el árbol de rosas" del jardín del palacio de Grauburg. Allí se confesaron, por vez primera, por medio de sus labios, su mutuo amor. Y a la palabras siguieron besos dulces y caricias cálidas.
Pasó un mes desde que Elberet y Edgard se confesaran aquel amor imposible, desde aquella primera vez de besos y caricias, hasta que el rey decidiera que había llegado la hora de casar a su hija. Para averiguar quien era digno de la mano de su hermosa hija propuso que a partir de aquel día, durante todo un año,todo hombre que se considerara digno de la mano de la princesa, debía llevar ante el rey una proeza tal que conmoviera a toda la corte.
Aquella noticia causó amargas lágrimas en los dos amantes. ¿Qué podría hacer Edgard, el cuenta cuentos, el contador de historias? Una semana después del anuncio del rey se despidió de Elberet entre lágrimas y partió en busca de una hazaña que le hiciera digno de la mano de la princesa.
Un mes después de abandonar Grauburg se encontraba en una posada, deprimido porque no encontraba nada que hacer que pudiera producir aquello que el rey deseaba, cuando escuchó a unos tertulianos hablar sobre una bestia de ojos brillantes que atacaba durante la noche y se comía las ovejas. Se informó donde era aquello y encaminó sus pasos hacia allí, sin preocuparse de su poca pericia con las armas, dispuesto a derrotar a la bestia si era necesario con sus propias manos. Pero cuando llego a la aldea indicada por los hombres de la taberna se encontró con que la terrible bestia no era más que un enorme lobo y que el brillo de los ojos era símplemente producido por el reflejo de la luna sobre los del animal. Cuando se dió cuenta de esto en un intento de cacería ideó la forma, por medio de una trampa de atrapar a la bestia, ya que los aldeanos, llenos de supersticiones no se atrevían a adentrarse en el bosque para acabar con la "temible criatura" que se comía sus animables. La estratagema de Edgard tuvo éxito y el lobo gigante cayó en la trampa. En el fondo del agujero se revolvía, aullaba de desesperación, e intentaba salir, pero era imposible. Cansado por la tensión de la caza, Edgard decidió esperar al alba antes de ir en busca de los aldeanos y enseñarles a aquella criatura que tanto los había asustado.
Los hombres de la aldea no dieron tregua al animal atrapado y lo mataron. Edgard no pudo hacer nada por evitarlo. Con los ojos cargados de lágrimas, se marchó de allí, triste por el lobo y porque no había conseguido su historia. Los rumores no habían resultado más que ser humo. Y sólo le quedaban once meses.
Edgard Hakemberg era un joven contador de historias, un juglar de la ciudad de Grauburg y, en resumen, un don nadie a pesar de que no podía quejarse de que las cosas le fueran mal, mal en absoluto. De hecho, en la corte era bastante apreciado, pero no tenía linaje, no tenía familia, no tenía nombre, así que para aquellos nobles no era más que un objeto de diversión en los grandes banquetes, en las grandes fiestas... Pero no para todos era así.
Elberet, hija del rey Etuarnos II de los Brisamar, amos de Grauburg y las tierras del este, siempre le trataba con dulzura, le miraba como si estuviera allí otra persona y le sonreía con franca alegría. Nunca habían hablado, nunca jamás, salvo por lo que se decían por medio de las miradas, hasta aquella noche bajo "el árbol de rosas" del jardín del palacio de Grauburg. Allí se confesaron, por vez primera, por medio de sus labios, su mutuo amor. Y a la palabras siguieron besos dulces y caricias cálidas.
Pasó un mes desde que Elberet y Edgard se confesaran aquel amor imposible, desde aquella primera vez de besos y caricias, hasta que el rey decidiera que había llegado la hora de casar a su hija. Para averiguar quien era digno de la mano de su hermosa hija propuso que a partir de aquel día, durante todo un año,todo hombre que se considerara digno de la mano de la princesa, debía llevar ante el rey una proeza tal que conmoviera a toda la corte.
Aquella noticia causó amargas lágrimas en los dos amantes. ¿Qué podría hacer Edgard, el cuenta cuentos, el contador de historias? Una semana después del anuncio del rey se despidió de Elberet entre lágrimas y partió en busca de una hazaña que le hiciera digno de la mano de la princesa.
Un mes después de abandonar Grauburg se encontraba en una posada, deprimido porque no encontraba nada que hacer que pudiera producir aquello que el rey deseaba, cuando escuchó a unos tertulianos hablar sobre una bestia de ojos brillantes que atacaba durante la noche y se comía las ovejas. Se informó donde era aquello y encaminó sus pasos hacia allí, sin preocuparse de su poca pericia con las armas, dispuesto a derrotar a la bestia si era necesario con sus propias manos. Pero cuando llego a la aldea indicada por los hombres de la taberna se encontró con que la terrible bestia no era más que un enorme lobo y que el brillo de los ojos era símplemente producido por el reflejo de la luna sobre los del animal. Cuando se dió cuenta de esto en un intento de cacería ideó la forma, por medio de una trampa de atrapar a la bestia, ya que los aldeanos, llenos de supersticiones no se atrevían a adentrarse en el bosque para acabar con la "temible criatura" que se comía sus animables. La estratagema de Edgard tuvo éxito y el lobo gigante cayó en la trampa. En el fondo del agujero se revolvía, aullaba de desesperación, e intentaba salir, pero era imposible. Cansado por la tensión de la caza, Edgard decidió esperar al alba antes de ir en busca de los aldeanos y enseñarles a aquella criatura que tanto los había asustado.
Los hombres de la aldea no dieron tregua al animal atrapado y lo mataron. Edgard no pudo hacer nada por evitarlo. Con los ojos cargados de lágrimas, se marchó de allí, triste por el lobo y porque no había conseguido su historia. Los rumores no habían resultado más que ser humo. Y sólo le quedaban once meses.
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15 noviembre 2011
Diario
El almirante Karel Ereis, noveno de la flota de Tirarlank se sentó sobre el butacón de cuero viejo en su camarote. Con un gesto invocó el holograbador y comenzó una nueva entrada en su diario personal.
En mi vida he tenido pocas cosas claras y jamás habría imaginado que, una de las que para mi es así, pase lo que pase, una de las que más convencido estoy, fuera a ser un problema...
Aquella fue la última anotación.
En mi vida he tenido pocas cosas claras y jamás habría imaginado que, una de las que para mi es así, pase lo que pase, una de las que más convencido estoy, fuera a ser un problema...
Aquella fue la última anotación.
14 noviembre 2011
Nemotron
Era el último de su clase, y había sido el primero de ella. Su nombre, en aquel momento, era Gaurios, aunque había tenido otros muchos, y no había olvidado de ninguno de ellos.
Sobre su piel sintética golpeaban los rayos de Ebelia, el sol del planeta Ularos. Sus ojos artifiales le permitían mirar directamente la luz. Llevaba allí, absorto, varias horas. Tras él, en esos momentos, se acercaba Alidio, su copiloto, uno de los pocos humanos en aquella parte del universo.
-Es la hora.-dijo Alidio pesadamente, se notaba que estaba cansado. Su cuerpo humano se resentía de la falta de sueño de aquellos últimos días.
-Lo sé.-contestó Gaurios sin moverse aún.-Aquí fue donde empezó todo.
-¿Todo el qué?
-Mi existencia.
-No tenía ni idea. Entonces, es bonito volver a casa, ¿no?
-No lo sé, no sé si esto es mi casa ya.
-Bueno, para mi mi casa es la Cometa Estelar.
-Alidio, he de confesarte que estoy cansado.
-No sabía que los androides os cansarais.
-No en ese sentido, pero noto algo, algo que no sé clasificar.
-¿Qué quieres decir?
-¿Sabes qué modelo soy?
-Umm-se rascó la barbilla.-Netron.-contestó dubitativo.
-Nemotrón.-corrigió, sin sentirse ofendido.-el último de ellos.
-¡Ah!
-¿Y sabes para qué fuimos creados inicialmente?
-Lo cierto es que no, Gaurios, no me he puesto a investigar a mi capitán. Y los androides no son mi fuerte.
-Nos crearon para almacenar datos, para "recordar", ¿y sabes qué? Lo recuerdo todo, incluso cosas que ni tan siquiera llegaron a suceder y aún así, están tan nítidas en mi cerebro.
-A eso los humanos los llamamos, "fantasmas".
-Entonces, no soy más que un ser lleno de "fantasmas..."
Sobre su piel sintética golpeaban los rayos de Ebelia, el sol del planeta Ularos. Sus ojos artifiales le permitían mirar directamente la luz. Llevaba allí, absorto, varias horas. Tras él, en esos momentos, se acercaba Alidio, su copiloto, uno de los pocos humanos en aquella parte del universo.
-Es la hora.-dijo Alidio pesadamente, se notaba que estaba cansado. Su cuerpo humano se resentía de la falta de sueño de aquellos últimos días.
-Lo sé.-contestó Gaurios sin moverse aún.-Aquí fue donde empezó todo.
-¿Todo el qué?
-Mi existencia.
-No tenía ni idea. Entonces, es bonito volver a casa, ¿no?
-No lo sé, no sé si esto es mi casa ya.
-Bueno, para mi mi casa es la Cometa Estelar.
-Alidio, he de confesarte que estoy cansado.
-No sabía que los androides os cansarais.
-No en ese sentido, pero noto algo, algo que no sé clasificar.
-¿Qué quieres decir?
-¿Sabes qué modelo soy?
-Umm-se rascó la barbilla.-Netron.-contestó dubitativo.
-Nemotrón.-corrigió, sin sentirse ofendido.-el último de ellos.
-¡Ah!
-¿Y sabes para qué fuimos creados inicialmente?
-Lo cierto es que no, Gaurios, no me he puesto a investigar a mi capitán. Y los androides no son mi fuerte.
-Nos crearon para almacenar datos, para "recordar", ¿y sabes qué? Lo recuerdo todo, incluso cosas que ni tan siquiera llegaron a suceder y aún así, están tan nítidas en mi cerebro.
-A eso los humanos los llamamos, "fantasmas".
-Entonces, no soy más que un ser lleno de "fantasmas..."
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Cuento (11)
Hace tiempo me contaron una historia, una corta, pero por ello no penséis que no es una buena, porque para decir si una historia es buena o no, no importa lo larga o breve que sea, sino lo que cuenta. Y así, si queréis, prestadme atención, os prometo que no os llevará demasiado tiempo y que no os dejará indiferentes.
Fue un día, hablando sobre el tiempo, que me preguntaron si yo sabía lo que era el presente. Y claro, respondí con un sí rotundo. "El ahora", dije. El otro sonrió, entre enigmático y conmovido por mi ignorancia. Ante aquel gesto pregunté, un poco ofendido: "¿Entonces qué es?".
"Un trágico momento", contestó. Mi cara se transformó en un claro: "¿Qué dices?", pero el otro siguió. "No me pongas esa cara, sólo presta atención". Y eso os digo yo ahora, prestad atención.
"Sí, es un trágico momento porque es testigo mudo de una maldición que no se sabe cuando acabará. Una maldición que existe desde que el tiempo nació y se dividió en dos, el mañana y el ayer. Dos mitades de un todo que se buscan con anhelo, como amantes, condenados a no poder encontrarse jamás, hasta que el tiempo se acabe. Y es en el presente donde logran rozar sus manos, sentir sus labios sobre los del otro, o cruzar sus miradas, todo menos que un instante, pero lo suficiente para creer que algún día podrán encontrarse y unirse, de nuevo, en uno solo. Por eso se dice que el tiempo de amar es ahora, ni mañana ni ayer..."
Fue un día, hablando sobre el tiempo, que me preguntaron si yo sabía lo que era el presente. Y claro, respondí con un sí rotundo. "El ahora", dije. El otro sonrió, entre enigmático y conmovido por mi ignorancia. Ante aquel gesto pregunté, un poco ofendido: "¿Entonces qué es?".
"Un trágico momento", contestó. Mi cara se transformó en un claro: "¿Qué dices?", pero el otro siguió. "No me pongas esa cara, sólo presta atención". Y eso os digo yo ahora, prestad atención.
"Sí, es un trágico momento porque es testigo mudo de una maldición que no se sabe cuando acabará. Una maldición que existe desde que el tiempo nació y se dividió en dos, el mañana y el ayer. Dos mitades de un todo que se buscan con anhelo, como amantes, condenados a no poder encontrarse jamás, hasta que el tiempo se acabe. Y es en el presente donde logran rozar sus manos, sentir sus labios sobre los del otro, o cruzar sus miradas, todo menos que un instante, pero lo suficiente para creer que algún día podrán encontrarse y unirse, de nuevo, en uno solo. Por eso se dice que el tiempo de amar es ahora, ni mañana ni ayer..."
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07 noviembre 2011
Cuento (10)
Mi memoria ya no alcanza a recordar el nombre de aquella estación, pero aún recuerdo el enorme reloj de bronce pulido colgado de una de las columnas de la marquesina, su cristal quebrado, sus agujas de filigranas de meteal y, sobre todo la fecha grabada en la esfera: 1851. Me quedé mirando las paredes del pequeño edificio de la estación, las vigas, las columnas, el techo, los bancos, los andenes y los raíles. ¿Cuántos trenes habrían pasado por allí? Aquella pregunta acudió a mi mente rápido.
Tras perder el tren al no llegar a tiempo para hacer trasbordo, me enfadé mucho, pero tras darme cuenta de la antigüedad de aquel lugar se me pasó. Mi imaginación vagó hacia atrás, intentando dar respuesta a la pregunta que había llegado a mi cabeza instantes antes.
El sol descencía por el horizonte, eran nada más que las ocho de la tarde de un otoño que parecía resistirse a llegar, pero en los últimos días empezaba a coger fuerza y al irse el sol, comenzaba a hacer frío. Saqué de mi bolsa de viaje un jersey burdeos al que tenía mucho cariño, fue un regalo de una antigua novia, y pronto comencé a sentir un calorcillo reconfortante.
El tic-tac del enorme reloj me acompañó hasta que al fin, a las once de la noche, quedó apagado por el sonido grave, monótono y rítmico del tren que se acercaba. Aquel tren nocturno era mi salvación para poder llegar a mi destino. Me costaría estar toda la noche viajando pero al menos llegaría.
Subí a bordo en el vagón más cercano, que resultó ser el de mi compartimento. Estaba vacío. Dejé mis cosas mientras miraba la estación desplazarse con el avance del tren. Fui al servicio antes de echarme a dormir en uno de los asientos para tres del compartimento, aprovechando que no tenía compañeros de viaje. Mientras recorría el pasillo me di cuenta de que el silencio que noté al subir no es porque los demás viajeros, en los otros sitios, estuvieran durmiendo, sino porque no había nadie. De nuevo mi imaginación hizo acto de presencia, mostrándome imágenes terribles sobre mi destino en aquel vagón. Sonríe ante tanta tontería que era capaz de pensar.
Me tumbé de lado y encogí las piernas para entrar entero sobre el asiento. Cuando di con la postura me eché el abrigo por encima para no pasar frío.
No debía de hacer ni quince minutos que me había dormido cuando un sonido, una voz, me despertó. Un poco soñoliento me incorporé y rebusqué entre mis bolsillos el billete de tren, pensando que la voz habría sido la del revisor. Pero no era así, ante mi había tres pasajeros más y en el pasillo, en la puerta un cuarto que me preguntaba si podía sentarse, con una sonrisa. El billete se me escapó de la mano y la chica frente a mi, lo recogió y me lo dio con una sonrisa. Tardé en reaccionar y dar las gracias al tiempo que me apartaba para dejar sitio al hombre en el pasillo.
Miré por la ventana unos segundos --¿Cuándo había entrado toda esa gente?-- De reojo, saltándome las normas de educación, observé a la mujer frente a mi y al hombre que se sentaba a su derecha. Tenían algo raro, algo que no conseguía identificar. Cuando dejé de darle tanta importancia a aquel pensamiento, me di cuenta: sus ropas no eran normales, su aspecto era un poco viejo. Al principio había dado por hecho que sería un poco por ser de pueblo, pero no, era algo más.
Un escalofrío recorrió mi espalda cuando parpadeé un momento y al volver a abrir los ojos mis acompañantes eran otros. ¡Qué estaba pasando allí? ¿Lo estaba soñando? Pero no, me sentía muy despierto. Mi respiración se volvió rápida, nerviosa. Necesitaba serenarme. Miré a la ventana de nuevo y sentí aún más miedo. ¡La luna! La luna seguía en el mismo sitio, con las mismas nubes rodeándola. ¿Cómo era posible aquello? ¿Cómo?
-¿Se encuentra bien?-Escuché que me preguntaba una señora, de cara regordeta y coloretes, con una amplia sonrisa.
-No, no lo sé.
Si aquello era una ilusión de mi mente debía de haberme vuelto loco.
-Debería comer algo.-Sacó un poco de pan y jamón serrano de su bolsa y me lo ofreció.
-Gracias-la confusión en mi voz era vidente mientras tomaba lo que me ofrecía, olía excelente.
Cuando le hinqué el diente al pan y al jamón no esperaba percibir ningún sabor, pero me encontré con que sí que sabía. Y más aún, hasta el día de hoy no he probado un jamón como aquel. Me sentí extraño, pero me lo comí. Aquello pareció relajarme un poco, tanto que apoyé la cabeza sobre el cristal y entrecerré los ojos con sueño. De nuevo, al abrirlos, mis compañeros de viaje eran otros. En esta ocasión todos hombres de mirada seria, barba recortada. Era como una foto de mi tatarabuelo.
Desde luego que aquello no era ya producto de mi imaginación. Algo estaba pasando allí. Salí del compartimento dispuesto a ir a otro vagón. El pánico se apoderó de mi cuando descubrí que ambas estaban cerradas. ¡Tenía que ser un sueño! ¡Despierta! Me dije, pero nada. Estaba paralizado por el pavor ante la puerta.
Cuando sentí una mano encima de mi hombro y escuché un "por favor", el corazón casi se me salió de la boca. Me giré, pálido, me encontré cara a cara con el revisor.
-Su billete, por favor.- solicitó afable.
De forma casi automática le entregué el billete, guardado en mi bolsillo. Con eficacia lo picó y me lo devolvió. Se detuvo un momento y con gesto de sincera preoucpación, preguntó:
-¿Se encuentra usted bien?
-No-respondí.-Algo pasa en este vagón.
Me miró extrañado, como sopesando si estaba loco o no. Luego, algo parecido a la comprensión se dibujó en su rostro.
-¡Ah! Claaaro, usted se refiere a los "otros" pasejeros.
Miré desoncertado al hombre, casi creía que me estaba tomando el pelo.
-No debe preocuparse por ellos.
-¿Pero como que no debo preocuparme por ellos?
-¿Acaso le están molestando?
-No.-"¿Pero qué me está diciendo este hombre?"-No es eso, es que...
-Es su primera vez en este tren, ¿verdad?
No estaba entendiendo nada, pero todo era tan extraño que me resultaba imposible salir corriendo o gritar. Me limité a asentir.
-Entonces es que sienten curiosidad.
-¿Pero qué dice?
-Es normal que esté desconcertado, acompáñeme a su compartimento, por favor.
No sé ni como le seguí. Supongo que la curiosidad me pudo. No era normal que aquel hombre estuviera tan tranquilo, porque tenía que ver lo que yo veía. Era evidente que sabía de qué le estaba hablando.
En el compartimento descansaban en aquel momento un matrimonio con dos niños, una niña y un niño. Me miraron y saludaron con un gesto de cabeza. Los niños se quedaron un poco parados, pero a los pocos segundos continuaron con su juego.
-¿Uno nuevo?-preguntó el padre.
-Así es.-contestó el revisor mientras anotaba algo en un cuadernillo.
Yo estaba de pie, en la entrada al compartimento, entre aquellos extraños y el revisor.
-Por favor, siéntese.-solicitó la señora.-Niños, dejad espacio a este hombre.
Me senté, abrumado, pensando que estaba teniendo el sueño más extraño de mi vida.
-No se preocupe.-me dijo el revisor mientras se marchaba.-disfrute del viaje.
Asomé la cabeza rápidamente para decirle algo, pero del hombre no quedaba ni rastro, ahora era una joven revisora de cabellos rizados y dorados, que pedía el billete a mis fantasmales compañeros.
La noche transcurrió por completo de aquella manera. Casi cada vez que cerraba los ojos un momento, las personas que me acompañaban cambiaban.
Debía de haberme quedado dormido unos instantes cuando los primeros rayos del sol me despertaron. Abrí los ojos y me encontré solo. El revisor entró en esos momentos. Aquel hombre no tenía nada que ver con el que me había encontrado por la noche. Saqué el billete aún en el bolsillo y se lo entregué. Lo miró confuso durante unos segundos y me lo devolvió.
-No recordaba haberlo picado ya.-admitió con dudas.-Llegaremos en treinta minutos.
Tras decir aquello continuó su camino.
"¿Había sido real?" Tenía que serlo, mi billete estaba picado, y estaba seguro de no haber visto a aquel hombre hasta ese mismo momento. "¿Qué había pasado aquella noche?"
La respuesta a aquella pregunta la tuve en mi siguiente viaje nocturno. De nuevo volvieron a visitarme aquellos pasajeros itinerantes de diferentes aspectos. Me atreví a entablar conversación con uno de ellos y me contó muchas cosas, muchas.
Y así, desde entonces, nunca jamás viajo solo en el tren, puesto que todos aquellos pasajeros que hicieron aquel trayecto antes que yo, me acompañan. Sí, tú también puedes verlos, porque están ahí, pero tienes que dejarte llevar por algo más que un simple viaje. Aunque tú no los veas, ahí están, esperando que te dignes a mirarlos para tener un viaje ameno en tu compañía.
Dedicado... Aún me quedan un par de temas ;)
Tras perder el tren al no llegar a tiempo para hacer trasbordo, me enfadé mucho, pero tras darme cuenta de la antigüedad de aquel lugar se me pasó. Mi imaginación vagó hacia atrás, intentando dar respuesta a la pregunta que había llegado a mi cabeza instantes antes.
El sol descencía por el horizonte, eran nada más que las ocho de la tarde de un otoño que parecía resistirse a llegar, pero en los últimos días empezaba a coger fuerza y al irse el sol, comenzaba a hacer frío. Saqué de mi bolsa de viaje un jersey burdeos al que tenía mucho cariño, fue un regalo de una antigua novia, y pronto comencé a sentir un calorcillo reconfortante.
El tic-tac del enorme reloj me acompañó hasta que al fin, a las once de la noche, quedó apagado por el sonido grave, monótono y rítmico del tren que se acercaba. Aquel tren nocturno era mi salvación para poder llegar a mi destino. Me costaría estar toda la noche viajando pero al menos llegaría.
Subí a bordo en el vagón más cercano, que resultó ser el de mi compartimento. Estaba vacío. Dejé mis cosas mientras miraba la estación desplazarse con el avance del tren. Fui al servicio antes de echarme a dormir en uno de los asientos para tres del compartimento, aprovechando que no tenía compañeros de viaje. Mientras recorría el pasillo me di cuenta de que el silencio que noté al subir no es porque los demás viajeros, en los otros sitios, estuvieran durmiendo, sino porque no había nadie. De nuevo mi imaginación hizo acto de presencia, mostrándome imágenes terribles sobre mi destino en aquel vagón. Sonríe ante tanta tontería que era capaz de pensar.
Me tumbé de lado y encogí las piernas para entrar entero sobre el asiento. Cuando di con la postura me eché el abrigo por encima para no pasar frío.
No debía de hacer ni quince minutos que me había dormido cuando un sonido, una voz, me despertó. Un poco soñoliento me incorporé y rebusqué entre mis bolsillos el billete de tren, pensando que la voz habría sido la del revisor. Pero no era así, ante mi había tres pasajeros más y en el pasillo, en la puerta un cuarto que me preguntaba si podía sentarse, con una sonrisa. El billete se me escapó de la mano y la chica frente a mi, lo recogió y me lo dio con una sonrisa. Tardé en reaccionar y dar las gracias al tiempo que me apartaba para dejar sitio al hombre en el pasillo.
Miré por la ventana unos segundos --¿Cuándo había entrado toda esa gente?-- De reojo, saltándome las normas de educación, observé a la mujer frente a mi y al hombre que se sentaba a su derecha. Tenían algo raro, algo que no conseguía identificar. Cuando dejé de darle tanta importancia a aquel pensamiento, me di cuenta: sus ropas no eran normales, su aspecto era un poco viejo. Al principio había dado por hecho que sería un poco por ser de pueblo, pero no, era algo más.
Un escalofrío recorrió mi espalda cuando parpadeé un momento y al volver a abrir los ojos mis acompañantes eran otros. ¡Qué estaba pasando allí? ¿Lo estaba soñando? Pero no, me sentía muy despierto. Mi respiración se volvió rápida, nerviosa. Necesitaba serenarme. Miré a la ventana de nuevo y sentí aún más miedo. ¡La luna! La luna seguía en el mismo sitio, con las mismas nubes rodeándola. ¿Cómo era posible aquello? ¿Cómo?
-¿Se encuentra bien?-Escuché que me preguntaba una señora, de cara regordeta y coloretes, con una amplia sonrisa.
-No, no lo sé.
Si aquello era una ilusión de mi mente debía de haberme vuelto loco.
-Debería comer algo.-Sacó un poco de pan y jamón serrano de su bolsa y me lo ofreció.
-Gracias-la confusión en mi voz era vidente mientras tomaba lo que me ofrecía, olía excelente.
Cuando le hinqué el diente al pan y al jamón no esperaba percibir ningún sabor, pero me encontré con que sí que sabía. Y más aún, hasta el día de hoy no he probado un jamón como aquel. Me sentí extraño, pero me lo comí. Aquello pareció relajarme un poco, tanto que apoyé la cabeza sobre el cristal y entrecerré los ojos con sueño. De nuevo, al abrirlos, mis compañeros de viaje eran otros. En esta ocasión todos hombres de mirada seria, barba recortada. Era como una foto de mi tatarabuelo.
Desde luego que aquello no era ya producto de mi imaginación. Algo estaba pasando allí. Salí del compartimento dispuesto a ir a otro vagón. El pánico se apoderó de mi cuando descubrí que ambas estaban cerradas. ¡Tenía que ser un sueño! ¡Despierta! Me dije, pero nada. Estaba paralizado por el pavor ante la puerta.
Cuando sentí una mano encima de mi hombro y escuché un "por favor", el corazón casi se me salió de la boca. Me giré, pálido, me encontré cara a cara con el revisor.
-Su billete, por favor.- solicitó afable.
De forma casi automática le entregué el billete, guardado en mi bolsillo. Con eficacia lo picó y me lo devolvió. Se detuvo un momento y con gesto de sincera preoucpación, preguntó:
-¿Se encuentra usted bien?
-No-respondí.-Algo pasa en este vagón.
Me miró extrañado, como sopesando si estaba loco o no. Luego, algo parecido a la comprensión se dibujó en su rostro.
-¡Ah! Claaaro, usted se refiere a los "otros" pasejeros.
Miré desoncertado al hombre, casi creía que me estaba tomando el pelo.
-No debe preocuparse por ellos.
-¿Pero como que no debo preocuparme por ellos?
-¿Acaso le están molestando?
-No.-"¿Pero qué me está diciendo este hombre?"-No es eso, es que...
-Es su primera vez en este tren, ¿verdad?
No estaba entendiendo nada, pero todo era tan extraño que me resultaba imposible salir corriendo o gritar. Me limité a asentir.
-Entonces es que sienten curiosidad.
-¿Pero qué dice?
-Es normal que esté desconcertado, acompáñeme a su compartimento, por favor.
No sé ni como le seguí. Supongo que la curiosidad me pudo. No era normal que aquel hombre estuviera tan tranquilo, porque tenía que ver lo que yo veía. Era evidente que sabía de qué le estaba hablando.
En el compartimento descansaban en aquel momento un matrimonio con dos niños, una niña y un niño. Me miraron y saludaron con un gesto de cabeza. Los niños se quedaron un poco parados, pero a los pocos segundos continuaron con su juego.
-¿Uno nuevo?-preguntó el padre.
-Así es.-contestó el revisor mientras anotaba algo en un cuadernillo.
Yo estaba de pie, en la entrada al compartimento, entre aquellos extraños y el revisor.
-Por favor, siéntese.-solicitó la señora.-Niños, dejad espacio a este hombre.
Me senté, abrumado, pensando que estaba teniendo el sueño más extraño de mi vida.
-No se preocupe.-me dijo el revisor mientras se marchaba.-disfrute del viaje.
Asomé la cabeza rápidamente para decirle algo, pero del hombre no quedaba ni rastro, ahora era una joven revisora de cabellos rizados y dorados, que pedía el billete a mis fantasmales compañeros.
La noche transcurrió por completo de aquella manera. Casi cada vez que cerraba los ojos un momento, las personas que me acompañaban cambiaban.
Debía de haberme quedado dormido unos instantes cuando los primeros rayos del sol me despertaron. Abrí los ojos y me encontré solo. El revisor entró en esos momentos. Aquel hombre no tenía nada que ver con el que me había encontrado por la noche. Saqué el billete aún en el bolsillo y se lo entregué. Lo miró confuso durante unos segundos y me lo devolvió.
-No recordaba haberlo picado ya.-admitió con dudas.-Llegaremos en treinta minutos.
Tras decir aquello continuó su camino.
"¿Había sido real?" Tenía que serlo, mi billete estaba picado, y estaba seguro de no haber visto a aquel hombre hasta ese mismo momento. "¿Qué había pasado aquella noche?"
La respuesta a aquella pregunta la tuve en mi siguiente viaje nocturno. De nuevo volvieron a visitarme aquellos pasajeros itinerantes de diferentes aspectos. Me atreví a entablar conversación con uno de ellos y me contó muchas cosas, muchas.
Y así, desde entonces, nunca jamás viajo solo en el tren, puesto que todos aquellos pasajeros que hicieron aquel trayecto antes que yo, me acompañan. Sí, tú también puedes verlos, porque están ahí, pero tienes que dejarte llevar por algo más que un simple viaje. Aunque tú no los veas, ahí están, esperando que te dignes a mirarlos para tener un viaje ameno en tu compañía.
Dedicado... Aún me quedan un par de temas ;)
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02 noviembre 2011
Cuentos 9 (Noche de Difuntos)
"Una, dos, tres", así hasta doce campanadas sonaron desde la torre de la iglesia, indicando que, la media noche del día de difuntos acababa de comenzar. Algunos pensaréis: "puff, como cualquier otra noche", "una tontada de los vendedores de caramelos", "ni siquiera es nuestra fiesta, sólo la hemos importado" y cosas similares, cargados de desdén; pero no os confundáis, mi historia no va sobre monstruos de máscara de látex, diablesas de diadema con cuernecillos o brujas de botines y medias de rejilla, no...
Ahora, ¡si os creéis capaces, prestad atención!
Esa noche, la de Difuntos, no es la única a lo largo del año, pero es de las más importantes. Cuando el velo de la oscuridad se apodera del día y lo convierte en noche, entonces, la realidad comienza a volverse menos sólida, más permeable y la separación entre los distintos mundos se vuelve casi inexistente. Y es, en la media noche, cuando es más fácil abrir alguna puerta "al otro lado".
Veo en tu cara que piensas que estoy loco... Pero no, mis ojos lo vieron hace mucho tiempo, antes de que se volvieran blancos, el horror plasmado en un rostro después de cruzar puertas que un ser humano jamás debería cruzar. Y más aún: he visto esos otros mundos...
Eran la una de la madrugada cuando recibí la llamada de la policía, habían encontrado un cadáver en un piso y se le tenía que hacer la autopsia ya que su muerte no estaba clara. Noté al agente más alterado de la cuenta y se lo dije a mi mentor, Juan Manuel Jaldó, por aquel entonces yo no era más que un novato. La respuesta de aquel hombre sesentón, de rostro contráido por la edad, pero de gestos siempre relajados, fue que seguramente estarían a tope con las "bromas" de los jóvenes y los no tan jóvenes. Pero aún así, no conseguí calmarme. La voz del policía tenía algo que me erizó los pelillos de la nuca.
Cuando llegaron los de la funeraria con el cuerpo, uno de ellos estaba blanco. El otro no parecía tan afectado. Más tarde me enteré de que sólo uno de ellos había visto el cuerpo antes de meterlo en la bolsa. La cara del conductor hizo que el corazón me diera un vuelco. Ya estaba seguro de que la voz del policía no era por tonterías de chavales. ¡Para nada! Había algo con aquel cadáver. Mi imaginación vagó pensando que tal vez sería alguna macabra mutilación ritual, pero ni siquiera aquello era tan inquietantemente horrible.
Antes de ponernos a trabajar mi mentor leyó el informe:
"Varón, 55 años, encontrado de pie, completamente desnudo y rígido ante un espejo de cuerpo completo".
La letra con la que estaba escrito era casi indescifrable, por eso tardó bastante, parecía que hubiera sido redactado aquel informe por alguien muy alterado o con alguna enfermedad que afectara a su pulso.
Juan Manuel echó sobre una bandeja el reporte y, tras ponerse los guantes de látex e indicarme que hiciera lo mismo, se acomdó la mascarilla y abrió la cremallera de la bolsa. El hombre estaba de lado, por lo que yo estaba a su espalda y no pude ver su cara de primeras, pero mi mentor si lo hizo. Aún recuerdo como su piel palideció y sus ojos se abrieron de par en par al tiempo que dejaba escapar un: "Dios nos guarde". Incluso podría jurar que su cabello se volvió aún más blanco. El cuerpo estaba rígido, casi en posición de firmes salvo por los brazos semiextendidos a la altura del pecho. Pasé al otro lado de la mesa para ver lo mismo que había visto Juan Manuel. Una parte de mi no quería verlo, pero otra se sentía irremediablemente atraído. Aquel hombre no tenía cara, por así decirlo. Su rostro estaba compuesto por una serie de arrugas en una mueca grotesca, con la boca abierta hasta límites insospechados, posiblemente con la mandíbula desencajada, en un claro gesto de dolor. Tenía los párpados abiertos, por lo que se veían claramente sus ojos y, eran lo más terrible de todo. Estaban vidriosos, pero parecían acarrear un peso enorme y tenían una fuerza de atracción terrible. De alguna forma podría decirse que eran dos pequeños agujeros negros. Nos costó un enorme esfuerzo de voluntad dejar de mirar aquellos ojos sobre una mueca de dolor, que parecía haber sido congelada en el punto más alto del sufrimiento.
Ambos estábamos jadeando y un sudor frío nos caía por la frente y la espalda.
-¿Qué le ha pasado a este hombre, Juan?-conseguí articular casi jadeando. Me sentía muy, muy agotado y mi mentor, parecía estar muy nervioso: el pulso le temblaba. Era, la primera vez que veía a aquel hombre alterado. Y aquello me dió aún más miedo.
-No lo sé.- me contestó también entrecortadamente, pero algo me hizo dudar de su respuesta. No podría explicar el porqué, pero sabía que me estaba mintiendo. Juan sabía más sobre la muerte de aquel hombre. Insensato de mi volví a preguntar y ojalá no lo hubiera hecho, ojalá aquel día hubiera seguido siendo un ignorante, pero no, tuve que volver a preguntar.
Recuerdo como Juan me miró mientras se sentaba en su taburete, acercándose a la jarra calentadora de agua y se servía una enorme taza de té a la que echó una ingente cantidad de azúcar. Recuerdo su mirada asustada mientras me preguntaba si estaba seguro de querer saberlo. Y no olvidaré jamás mi asentimiento.
Suspiró lentamente después de darle un sorbo al líquido casi hirviente antes comenzar a hablar.
-"Ha muerto de agotamiento, de pena, de miedo, de terror... Ha muerto, símplemente, de viejo, de cansancio, de sufrimiento...".
-¿Qué estás diciendo?-Le pregunté sin entender.
-¿Qué noche es hoy?-en aquella pregunta retórica había miedo.
-La noche de difuntos.-contesté.-No me vas a decir que ha visto un fantasma.-casi me reí al hacer aquella pregunta, pero la mirada de Juan fulminó por completo cualquier atisbo de sonrisa o risa.
-Uno no, muchos.
-Venga ya, te estás quedando conmigo, ¿verdad?
-En absoluto, ojalá fuera una broma, pero no, ese hombre ha sido víctima de la magia.
-¿Seguro que sólo es té lo que estás tomando?
-La magia existe-continuó diciendo, y sacó un Ankh que llevaba colgado al cuello.-Muchos lo llevan sin saber nada sobre este símbolo, sin atender a lo que representa, pero en ciertos círculos, esto identifica a los magos.
-Ya, claro.
-En el informe no lo podía, pero seguro que había una vela entre el espejo y el hombre. Llama a la policía y que te pasen con los agentes que lo redactaron.
-Está bien.
Y así lo hice. Tras varios minutos conseguí contactar con ellos y, efectivamente, había una vela, pero no lo consideraron importante.
-¿Cómo lo sabías?-pregunté atónito, si aquello era una broma desde luego estaba muy elaborada, pero ojalá hubiera sido eso.
-Porque es necesario para el hechizo.
-¿Qué hechizo?
-No quieres saberlo.
-Venga, si ya me has contado todo esto, ¿qué mas da un poco más?
Aspiró con resignación.
-Ese hombre a intentado cruzar una puerta.-en mi rostro se debió dibujar algo a la incompresión.-Una puerta a otro mundo, a otra dimensión.-no puede evitar una risilla de incredulidad, igual que las vuestras.-Por eso, la pose extraña, la vela, el espejo y el día en el que ha ocurrido todo.
-Entonces, ¿se puede ir a otros mundos? ¿Existen otros mundos?
-¿Por qué preguntas si te lo tomas a broma?
-No, perdona, es que... Es difícil de creer.
-Eso es cierto, lo es. La primera vez que me lo contaron me pasó lo mismo.
-Pero eso no explica qué le ha pasado.
-Le ha ocurrido, lo más terrible que puede pasarle a una persona, la desesperación y el engaño. Cruzar las puertas no es gratis, siempre hay quién te cobra un peaje.
-¿Pero para qué querría cruzar las puertas?
-Eso lo sabrás con el tiempo...
Y de aquella manera mi mentor en la medicina forense se convirtió en algo más. Durante cinco años disfruté de sus enseñanzas en ambos campos hasta que la muerte le sobrevino a los sesenta y ocho años.
Un lustro después de su muerte empleé mis conocimientos para lo mismo que aquel hombre que llegó muerto a nuestro laboratorio, diez años atrás. Tras la muerte de Juan una serie de malas decisiones me llevaron a echar a perder toda mi vida, mi trabajo, mis amigos, mi mujer... Asi que caí presa de aquella desesperación que me había comentado una vez y sobre la que me había advertido, pero la voz del anciano quedó silenciada sin remedio tras un tiempo.
Era la noche precedente a la de difuntos, estaba en mi casa, desnudo, ante un espejo con la vela preparada, y esperaba la media noche. Recuerdo nítidamente las campanadas de la iglesia no demasiado lejos de mi piso. Cuando terminó la última, encendí la vela y la pequeña llama iluminó debilmente todo mi cuerpo desde el suelo. Mi figura quedó envuelta en semisombras danzantes. Estiré los brazos hasta que las palmas de mis manos tocaron la helada superficie del espejo. Mi reflejo me devolvía mi imagen distorsionada por el baile de la llama. Comencé a pronunciar las palabras que debían de abrirme la puerta. Cuando terminé, sentí como mis manos se hundían, lentamente en el espejo. Era como si se hubiera transformado en una especie de gelatina de plata. Tras mis manos siguieron mis brazos y después todo mi cuerpo. Entonces, comencé a caer y caer en una oscuridad que a veces era rota por pequeños fragmentos de luz. De vez en cuando atravesaba alguno de ellos y entonces me era mostrado, en un segundo lo que buscaba con anhelo y desperación.
Allí, al otro lado, en un instante se me mostraba una vida completa. Una vida que podría haber sido mía de haber tomado otras decisiones. Pero aquel conocimiento, lejos de acabar con mi desperación, la hacía crecer, crecer hasta tal punto de que el dolor se hizo físico. Sé que comencé a gritar aunqueno me oía. Noté como mi cara se transformaba en una mueca irreconocible, llena de angustia y pavor.
No sé como, logré reunir fuerzas para tirar de mi mismo, detener el descenso y remontar. En algún momento debí tirar del espejo y arrojarlo al suelo. La luna cayó delante mía, de frente contra el suelo y se quebró ante mi en cientos de pedazos. Caí al suelo exhausto, magullado. Me es imposible saber cuantas horas pasé sobre el suelo helado. Me levanté aterido de frío. Abrí los ojos pero no veía nada, no al principio. Creí que me había quedado ciego, pero no, la realidad era mucho más horrenda que eso. Mi vista seguía allí dentro, en algún lugar al otro lado del espejo. Y hay días que no veo nada, nada en absoluto y los tomo como una bendición, porque cuando veo cosas, el dolor es, insoportable. Sí, aunque no te veo sé que lo tú lo estás pensando, "¿por qué no se quita la vida, si es tan horrible como dice, "? Pues muy sencillo, porque la muerte no me reclamará hasta que esté completo. Y así he pasado los últimos treinta años, intentando alcanzar mi vista perdida entre los mundos más allá, los mundos al otro lado...
Ahora, ¡si os creéis capaces, prestad atención!
Esa noche, la de Difuntos, no es la única a lo largo del año, pero es de las más importantes. Cuando el velo de la oscuridad se apodera del día y lo convierte en noche, entonces, la realidad comienza a volverse menos sólida, más permeable y la separación entre los distintos mundos se vuelve casi inexistente. Y es, en la media noche, cuando es más fácil abrir alguna puerta "al otro lado".
Veo en tu cara que piensas que estoy loco... Pero no, mis ojos lo vieron hace mucho tiempo, antes de que se volvieran blancos, el horror plasmado en un rostro después de cruzar puertas que un ser humano jamás debería cruzar. Y más aún: he visto esos otros mundos...
Eran la una de la madrugada cuando recibí la llamada de la policía, habían encontrado un cadáver en un piso y se le tenía que hacer la autopsia ya que su muerte no estaba clara. Noté al agente más alterado de la cuenta y se lo dije a mi mentor, Juan Manuel Jaldó, por aquel entonces yo no era más que un novato. La respuesta de aquel hombre sesentón, de rostro contráido por la edad, pero de gestos siempre relajados, fue que seguramente estarían a tope con las "bromas" de los jóvenes y los no tan jóvenes. Pero aún así, no conseguí calmarme. La voz del policía tenía algo que me erizó los pelillos de la nuca.
Cuando llegaron los de la funeraria con el cuerpo, uno de ellos estaba blanco. El otro no parecía tan afectado. Más tarde me enteré de que sólo uno de ellos había visto el cuerpo antes de meterlo en la bolsa. La cara del conductor hizo que el corazón me diera un vuelco. Ya estaba seguro de que la voz del policía no era por tonterías de chavales. ¡Para nada! Había algo con aquel cadáver. Mi imaginación vagó pensando que tal vez sería alguna macabra mutilación ritual, pero ni siquiera aquello era tan inquietantemente horrible.
Antes de ponernos a trabajar mi mentor leyó el informe:
"Varón, 55 años, encontrado de pie, completamente desnudo y rígido ante un espejo de cuerpo completo".
La letra con la que estaba escrito era casi indescifrable, por eso tardó bastante, parecía que hubiera sido redactado aquel informe por alguien muy alterado o con alguna enfermedad que afectara a su pulso.
Juan Manuel echó sobre una bandeja el reporte y, tras ponerse los guantes de látex e indicarme que hiciera lo mismo, se acomdó la mascarilla y abrió la cremallera de la bolsa. El hombre estaba de lado, por lo que yo estaba a su espalda y no pude ver su cara de primeras, pero mi mentor si lo hizo. Aún recuerdo como su piel palideció y sus ojos se abrieron de par en par al tiempo que dejaba escapar un: "Dios nos guarde". Incluso podría jurar que su cabello se volvió aún más blanco. El cuerpo estaba rígido, casi en posición de firmes salvo por los brazos semiextendidos a la altura del pecho. Pasé al otro lado de la mesa para ver lo mismo que había visto Juan Manuel. Una parte de mi no quería verlo, pero otra se sentía irremediablemente atraído. Aquel hombre no tenía cara, por así decirlo. Su rostro estaba compuesto por una serie de arrugas en una mueca grotesca, con la boca abierta hasta límites insospechados, posiblemente con la mandíbula desencajada, en un claro gesto de dolor. Tenía los párpados abiertos, por lo que se veían claramente sus ojos y, eran lo más terrible de todo. Estaban vidriosos, pero parecían acarrear un peso enorme y tenían una fuerza de atracción terrible. De alguna forma podría decirse que eran dos pequeños agujeros negros. Nos costó un enorme esfuerzo de voluntad dejar de mirar aquellos ojos sobre una mueca de dolor, que parecía haber sido congelada en el punto más alto del sufrimiento.
Ambos estábamos jadeando y un sudor frío nos caía por la frente y la espalda.
-¿Qué le ha pasado a este hombre, Juan?-conseguí articular casi jadeando. Me sentía muy, muy agotado y mi mentor, parecía estar muy nervioso: el pulso le temblaba. Era, la primera vez que veía a aquel hombre alterado. Y aquello me dió aún más miedo.
-No lo sé.- me contestó también entrecortadamente, pero algo me hizo dudar de su respuesta. No podría explicar el porqué, pero sabía que me estaba mintiendo. Juan sabía más sobre la muerte de aquel hombre. Insensato de mi volví a preguntar y ojalá no lo hubiera hecho, ojalá aquel día hubiera seguido siendo un ignorante, pero no, tuve que volver a preguntar.
Recuerdo como Juan me miró mientras se sentaba en su taburete, acercándose a la jarra calentadora de agua y se servía una enorme taza de té a la que echó una ingente cantidad de azúcar. Recuerdo su mirada asustada mientras me preguntaba si estaba seguro de querer saberlo. Y no olvidaré jamás mi asentimiento.
Suspiró lentamente después de darle un sorbo al líquido casi hirviente antes comenzar a hablar.
-"Ha muerto de agotamiento, de pena, de miedo, de terror... Ha muerto, símplemente, de viejo, de cansancio, de sufrimiento...".
-¿Qué estás diciendo?-Le pregunté sin entender.
-¿Qué noche es hoy?-en aquella pregunta retórica había miedo.
-La noche de difuntos.-contesté.-No me vas a decir que ha visto un fantasma.-casi me reí al hacer aquella pregunta, pero la mirada de Juan fulminó por completo cualquier atisbo de sonrisa o risa.
-Uno no, muchos.
-Venga ya, te estás quedando conmigo, ¿verdad?
-En absoluto, ojalá fuera una broma, pero no, ese hombre ha sido víctima de la magia.
-¿Seguro que sólo es té lo que estás tomando?
-La magia existe-continuó diciendo, y sacó un Ankh que llevaba colgado al cuello.-Muchos lo llevan sin saber nada sobre este símbolo, sin atender a lo que representa, pero en ciertos círculos, esto identifica a los magos.
-Ya, claro.
-En el informe no lo podía, pero seguro que había una vela entre el espejo y el hombre. Llama a la policía y que te pasen con los agentes que lo redactaron.
-Está bien.
Y así lo hice. Tras varios minutos conseguí contactar con ellos y, efectivamente, había una vela, pero no lo consideraron importante.
-¿Cómo lo sabías?-pregunté atónito, si aquello era una broma desde luego estaba muy elaborada, pero ojalá hubiera sido eso.
-Porque es necesario para el hechizo.
-¿Qué hechizo?
-No quieres saberlo.
-Venga, si ya me has contado todo esto, ¿qué mas da un poco más?
Aspiró con resignación.
-Ese hombre a intentado cruzar una puerta.-en mi rostro se debió dibujar algo a la incompresión.-Una puerta a otro mundo, a otra dimensión.-no puede evitar una risilla de incredulidad, igual que las vuestras.-Por eso, la pose extraña, la vela, el espejo y el día en el que ha ocurrido todo.
-Entonces, ¿se puede ir a otros mundos? ¿Existen otros mundos?
-¿Por qué preguntas si te lo tomas a broma?
-No, perdona, es que... Es difícil de creer.
-Eso es cierto, lo es. La primera vez que me lo contaron me pasó lo mismo.
-Pero eso no explica qué le ha pasado.
-Le ha ocurrido, lo más terrible que puede pasarle a una persona, la desesperación y el engaño. Cruzar las puertas no es gratis, siempre hay quién te cobra un peaje.
-¿Pero para qué querría cruzar las puertas?
-Eso lo sabrás con el tiempo...
Y de aquella manera mi mentor en la medicina forense se convirtió en algo más. Durante cinco años disfruté de sus enseñanzas en ambos campos hasta que la muerte le sobrevino a los sesenta y ocho años.
Un lustro después de su muerte empleé mis conocimientos para lo mismo que aquel hombre que llegó muerto a nuestro laboratorio, diez años atrás. Tras la muerte de Juan una serie de malas decisiones me llevaron a echar a perder toda mi vida, mi trabajo, mis amigos, mi mujer... Asi que caí presa de aquella desesperación que me había comentado una vez y sobre la que me había advertido, pero la voz del anciano quedó silenciada sin remedio tras un tiempo.
Era la noche precedente a la de difuntos, estaba en mi casa, desnudo, ante un espejo con la vela preparada, y esperaba la media noche. Recuerdo nítidamente las campanadas de la iglesia no demasiado lejos de mi piso. Cuando terminó la última, encendí la vela y la pequeña llama iluminó debilmente todo mi cuerpo desde el suelo. Mi figura quedó envuelta en semisombras danzantes. Estiré los brazos hasta que las palmas de mis manos tocaron la helada superficie del espejo. Mi reflejo me devolvía mi imagen distorsionada por el baile de la llama. Comencé a pronunciar las palabras que debían de abrirme la puerta. Cuando terminé, sentí como mis manos se hundían, lentamente en el espejo. Era como si se hubiera transformado en una especie de gelatina de plata. Tras mis manos siguieron mis brazos y después todo mi cuerpo. Entonces, comencé a caer y caer en una oscuridad que a veces era rota por pequeños fragmentos de luz. De vez en cuando atravesaba alguno de ellos y entonces me era mostrado, en un segundo lo que buscaba con anhelo y desperación.
Allí, al otro lado, en un instante se me mostraba una vida completa. Una vida que podría haber sido mía de haber tomado otras decisiones. Pero aquel conocimiento, lejos de acabar con mi desperación, la hacía crecer, crecer hasta tal punto de que el dolor se hizo físico. Sé que comencé a gritar aunqueno me oía. Noté como mi cara se transformaba en una mueca irreconocible, llena de angustia y pavor.
No sé como, logré reunir fuerzas para tirar de mi mismo, detener el descenso y remontar. En algún momento debí tirar del espejo y arrojarlo al suelo. La luna cayó delante mía, de frente contra el suelo y se quebró ante mi en cientos de pedazos. Caí al suelo exhausto, magullado. Me es imposible saber cuantas horas pasé sobre el suelo helado. Me levanté aterido de frío. Abrí los ojos pero no veía nada, no al principio. Creí que me había quedado ciego, pero no, la realidad era mucho más horrenda que eso. Mi vista seguía allí dentro, en algún lugar al otro lado del espejo. Y hay días que no veo nada, nada en absoluto y los tomo como una bendición, porque cuando veo cosas, el dolor es, insoportable. Sí, aunque no te veo sé que lo tú lo estás pensando, "¿por qué no se quita la vida, si es tan horrible como dice, "? Pues muy sencillo, porque la muerte no me reclamará hasta que esté completo. Y así he pasado los últimos treinta años, intentando alcanzar mi vista perdida entre los mundos más allá, los mundos al otro lado...
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Y de nuevo...
"Aquí estoy, en el mismo punto". Tal vez, únicamente sean palabras al azar o puede que signifiquen algo. Es posible que sólo anticipe algo que no pasará, o puede que, "sin quererlo", acierte de lleno. Como sea, hoy volvemos, durante un instante, al principio de todo. De ahí, el Aurin, "mi nueva imagen en el perfil"... "Nueva, no tanto".
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Información al Navegante:
Quiero pedir al lector que pueda visitarme arrastrado por la fuerza de la espiral, que cuando lea algo en este blog sea consciente de que muchas entradas son escritas rápidamente y no realizo sobre ellas un minucioso examen de corrección ortográfica o gramátical. Aunque sin duda intento, dentro de lo posible, escribir sin errores de este tipo. Por ello estaré muy agradecido a todo aquel que se tome la molestia de indicarme cuando ha detectado algún fallo y también le pido, que por favor, no tome nada de lo que aquí se lea como lo correcto. Muchas gracias y ahora: ¡Disfruta perdiéndote entre Espirales!